domingo, 1 de junio de 2014

COMENTARIOS SOBRE ESPAÑA. II

Hay ocasiones en que las cosas van tan absolutamente mal que es difícil que empeoren; contrariando a los pesimistas, que piensan que todo siempre puede ir a peor. A veces, digo, surge alguien providencial, alguien dispuesto a no dejarse avasallar por las circunstancias; y entonces ocurre que todo da un vuelco inesperado y rápido. Esto ocurrió con Alfonso VIII de Castilla entre finales del Siglo XII y principios del Siglo XIII.
El Siglo XII había sido nefasto para los reinos cristianos de la Península Ibérica. Alfonso VI había estado a punto de resolver la cuestión de la Reconquista definitivamente, pero la invasión de los almorávides desbarató esta posibilidad. Es cierto que el final de su reinado no fue tan desastroso desde el punto de vista militar como puede pensarse; fue capaz de detener la avalancha norteafricana y no perdió ningún territorio que hubiera conquistado previamente; incluso retuvo la ciudad de Toledo, punto crítico de toda la estrategia del Sur de la Meseta. Otra cuestión es que no dejó herederos varones, cosa que en aquella época era fuente de conflictos, porque según las leyes del Reino de León una mujer no podía reinar sola, y por esta razón su hija Urraca, viuda, se desposó por segunda vez para poder ceñir la corona. Contrajo matrimonio con su primo lejano Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Navarra, que como su apodo indica, dedicó buena parte de sus esfuerzos en combatir a los almorávides, que continuaban belicosos, aunque cada vez más acomodados al lujo de las ciudades hispanomusulmanas.

Moneda de Alfonso I el Batallador acuñada en Castilla.

Alfonso I el Batallador tuvo la oportunidad de unificar todos los reinos cristianos de la Península a comienzos del Siglo XII, pero la situación aún no estaba suficientemente madura y la nobleza de León, celosa de sus privilegios, se sublevó contra el enérgico rey aragonés, que entregaba castillos y dominios a los señores aragoneses y navarros. Finalmente, tras muchos enfrentamientos, el Papa anuló el matrimonio con la excusa de no haberse consumado y la nobleza del Reino de León se impuso, consiguiendo que fuese nombrado heredero del trono Alfonso VII, hijo del primer matrimonio de Urraca con un príncipe borgoñón.
Alfonso VII ciñó las coronas de León y Castilla en 1126, cuando el Imperio almorávide daba señas de cansancio. Antes de hacer la guerra a los norteafricanos impuso su autoridad a la nobleza, llegó a un acuerdo sobre las fronteras entre Castilla y Aragón e intentó extender su influencia al Norte de los Pirineos; por todos estos éxitos en 1135 se hizo coronar "Emperador de toda Hispania" en la catedral de León.
                       Moneda de Alfonso VII con el título de Emperador.

Sin embargo, y de forma un tanto semejante a lo que le ocurrió a su abuelo Alfonso VI, sus logros iniciales se cerraron al final de su reino con una serie de reveses que poco después conducirían a la Hispania cristiana al borde de la catástrofe. Confiado en la debilidad de los almorávides, realizó varias campañas militares en territorio musulmán; entre 1146 y 1149 ocupó la ciudad de Córdoba; por estas fechas el Imperio almorávide se desmoronaba y surgían de nuevo los reinos de taifas. Sin embargo, esta situación fue poco duradera, porque casi simultáneamente llegan a la Península los primeros ejércitos almohades, llamados por los débiles reyes de las taifas, que temían ser aniquilados por los castellano-leoneses.
Los almohades (al-muwahhidun, "defensores de la unidad religiosa") eran una secta islámica surgida en las montañas del Atlas que propugnaba una versión más compleja y mística del Islam, en lugar de la religión simple que predicaban los almorávides. Hacia 1147 se habían adueñado de Marruecos y habían comenzado a intervenir en la Península Ibérica; en 1172 ejercían ya un firme control sobre las nuevas taifas.



 En 1157 Alfonso VII murió demostrando que sus ambiciones imperiales corrían parejas a su sentido patrimonial de la Corona; tuvo la ruinosa idea de repartir sus reinos entre sus hijos; al primogénito, Sancho III, entregó Castilla, mientras que al menor, Fernando II, entregó León. Ambos reinos permanecieron separados durante casi tres cuartos de siglo, hasta que Fernando III el Santo los reunió en 1230.
Esta división puso fin a las ambiciones leonesas de establecer un imperio sobre toda la Hispania cristiana. Durante mucho tiempo, León había sido el mayor y más importante de los Estados hispanocristianos, pero la Reconquista del Siglo XI había permitido la expansión de Castilla hasta casi igualar las dimensiones de aquel.
Sancho III solo sobrevivió un año a su padre y al morir dejó el trono en manos de un niño de tres años de edad, Alfonso VIII.
Alfonso VIII
     
Este rey niño era la ocasión que estaban esperando los nobles castellanos para imponer su voluntad y socavar la autoridad real. Se formaron dos bandos rivales en torno a las familias de los Castro y los Lara; durante diez años los nobles usurparon la autoridad real e incrementaron sus dominios señoriales. Aumentaron los tributos y se expandieron los derechos señoriales; el pueblo sufrió toda clase de arbitrariedades y abusos.
Si no hubiera sido por la resistencia desesperada de los concejos establecidos a lo lago del río Tajo, dirigidos por la pequeña nobleza de los caballeros, los almohades hubieran hecho retroceder la Reconquista a los tiempos de Almanzor, pero las fronteras aguantaron, a pesar de los enfrentamientos civiles que padecían Castilla y León.
¿Quién iba a pensar que aquel niño tendría años después el necesario carácter para devolver a la nobleza al sitio que le correspondía, recuperar lo perdido cuando, por su corta edad, no podía defenderse y asestar un golpe mortal al Islam que acabaría con más de un siglo de invasiones norteafricanas.
Verdaderamante, aunque los siglos XI y XII fueron una sucesión de contratiempos para el nuevo proyecto de un Estado español unido, hay que reconocer que también hubo una sucesión de grandes reyes que lucharon sin descanso. Sin figuras como las de Alfonso VI, Alfonso I el Batallador, Alfonso VII y Alfonso VIII no hubiera sido posible la expulsión de los norteafricanos y el avance del proyecto español.
Como hemos afirmado, la minoría de edad de Alfonso VIII fue una calamidad para Castilla, no solo porque la nobleza intentase una feudalización total del reino, sino también porque los reyes de León y Aragón aprovecharon para arrebatarle tierras al rey niño e intervenir en las disputas de los nobles castellanos.
Finalmente, quienes acudieron en ayuda del joven rey fueron los concejos de las villas de Castilla. Los caballeros de las ciudades y el pueblo llano entendían que su único protector era el rey; debían, por tanto, preservarlo de peligros y acrecentar su autoridad; en caso contrario, se verían todos en manos de la gran nobleza, sometidos a los abusos feudales.
Ávila fue la más empeñada en dar protección y refugio al rey. En torno al joven monarca se reunieron hombres fieles que lo apartaron de las garras de los Lara y los Castro, y de esta manera en 1170 fue proclamado rey de Castilla en las Cortes de Burgos.
Podemos ver con asombro cómo el pueblo llano toma la iniciativa en fechas muy tempranas en el reino de Castilla, y cómo la nobleza feudal retrocede en sus exigencias ante aquel monarca, paso previo en la consolidación de la autoridad del Estado. La idea de España se concreta, el camino hacia la unidad peninsular parece más firme y abierto. Este camino hacia la unidad de los reinos hispanos comienza con la desaparición del Califato de Córdoba y termina con los Reyes Católicos.
El joven rey tomó la iniciativa y ajustó cuentas con Sancho VI, rey de Navarra, que aprovechando su minoría de edad le había arrebatado parte de La Rioja. También obligó a su tío Fernando II, rey de León a devolverle la ciudad de Burgos, de la que se había apoderado tiempo atrás. Para llevar a cabo estas hazañas se alió con Alfonso II el Casto, rey de Aragón, con el cual acabó firmando el tratado de Cazorla en 1179, por el que se repartían las respectivas influencias en la Península y las zonas de Reconquista en territorio musulmán.
Los almohades provenían de una sociedad más urbana y desarrollada que los almorávides y Al-Ándalus les ofrecía un nivel cultural y económico elevado. Establecieron su capital peninsular en Sevilla y desde sus dominios continuaron durante todo el Siglo XII la mayor amenaza para los territorios fronterizos de Castilla y Aragón. Alfonso VIII se propuso someter el valle del Guadiana y repoblarlo, paso indispensable para detener las ofensivas almohades. Conquistó la ciudad de Cuenca en 1177 e hizo retroceder a los musulmanes a la margen Sur del río. No obstante, sufrió una grave derrota en 1195, en Alarcos, villa recién fundada, que quedó totalmente destruida. La causa de la batalla fue la respuesta almohade a las expediciones militares que habían llevado a cabo poco antes las gentes de Alfonso VIII en el Valle del Guadalquivir.

                             Ruinas del Castillo de Alarcos en la provincia de Ciudad Real.

La derrota fue catastrófica, porque los castellanos se batieron en retirada y los almohades llegaron hasta las mismas puertas de Toledo; retrocedió de esta manera la Reconquista en todo el Sur de La Mancha y todas las plazas que tenía Alfonso VIII en aquella zona se perdieron.
Podríamos pensar que en aquellas fechas el rey castellano había recibido tal golpe que abandonaría el proyecto de devolver a los almohades a África; pero no fue así.
Hemos dicho al principio que en ocasiones, cuando las cosas se ponen difíciles, un carácter basta para dar la vuelta a la situación; pues bien, este era el carácter de Alfonso VIII.
Diecisiete años después, casi al final de su reinado Alfonso VIII se vengo de la derrota de Alarcos. En lugar de caer en la desesperación, se dedicó insistentemente a recuperar lo perdido, dando protagonismo a las órdenes militares de Alcántara, Calatrava y Santiago, buscando el apoyo del Papa y urdiendo una coalición con todos los reinos cristianos de la Península.
Inocencio III, Papa desde 1198, declaró la cruzada contra los almohades; en ello colaboró fervientemente Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo, hombre partidario de la lucha sin tregua contra el Islam. Enterado de estos acontecimientos Muhammad An-Nasir, califa almohade conocido como Miramamolín por los cristianos, tomó la determinación de cruzar el estrecho y dirigirse a Al-Ándalus para enfrentarse a la ofensiva de los cruzados. Alfonso VIII había alcanzado un acuerdo con los reyes de Aragón, Navarra, León y Portugal para, todos unidos, derrotar definitivamente a los almohades. Esto ocurrió el Lunes 16 de Julio de 1212 en las Navas de Tolosa, provincia de Jaén.
La batalla de Las Navas de Tolosa supuso la derrota total de los almohades en la Península Ibérica y el comienzo de la descomposición de su imperio en el Norte de África. Al-Ándalus se dividió de nuevo en taifas que volvieron inmediatamente a pagar tributos a los reinos cristianos y el Valle del Guadalquivir quedó abierto a la Reconquista y posterior repoblación castellana. El fin de la lucha secular entre cristianos y musulmanes se acercaba, pero no era inminente; las dificultades de la repoblación y el rebrote de los conflictos señoriales y dinásticos en Castilla permitió la supervivencia del último reducto del Islam en la Península: el reino de Granada, última taifa.
Navas de Tolosa, provincia de Jaén.

      Alfonso VIII solo fue rey de Castilla, pero su importancia en el proceso de unificación peninsular y formación de España es inmensa. Como hemos afirmado anteriormente, en tiempos difíciles surgen personalidades dispuestas a no ceder una vez decidida la empresa. Durante el reinado de AlfonsoVIII se producen tres fenómenos sin los cuales la unidad peninsular hubiera sido imposible.
En primer lugar el sometimiento de la alta nobleza, que se ve obligada a abandonar sus pretensiones feudales y a aceptar la autoridad real. Los nobles volverían a las andadas, pero en este momento especialmente importante la Corona quedó afirmada.
En segundo lugar la aparición del pueblo llano como actor principal de los acontecimientos históricos a través de los concejos, forma de organización de las comunas urbanas.
En tercer lugar el fin del dominio norteafricano sobre la Península Ibérica gracias a la gran victoria obtenida en Las Navas de Tolosa.
En la siguiente entrada de esta serie comentaremos detalladamente los acontecimientos previos a esta batalla, su desarrollo y sus consecuencias.                                                                                                                                                  

viernes, 30 de mayo de 2014

COMENTARIOS SOBRE ESPAÑA. I

Solo en una ocasión anterior a la actual, se debatió tanto sobre la sustancia y el ser de España; esto ocurrió tras la pérdida de las colonias de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas en 1898. En aquella ocasión un grupo de intelectuales y escritores, conocidos como la Generación del 98, se dedicó a reflexionar sobre los españoles, su Historia, su forma de entender la vida y la construcción política que habían llevado a cabo durante siglos.
Hoy en día el instrumento que agita las aguas del concepto de España no es la reflexión intelectual, sino la ambición descarnada, la demagogia más tosca y un torbellino de odios y rencillas alimentados día tras día, año tras año.
Veo conveniente, por tanto, que la reflexión se imponga al elemento irracional o a los argumentos interesados. Por ello me referiré en este Comentario a un tema que ha surgido últimamente en la prensa y en ciertos debates públicos; se trata del momento en que fue fundado el Estado Español, concepto que creo que hay que diferenciar del de Nación Española.
Porque el concepto de nación siempre ha sido difuso; ¿ qué vincula a los individuos que pertenecen a una nación?, ¿la genética?, ¿la lengua?, ¿las tradiciones? Y la hipotética existencia de estos vínculos, ¿tiene como consecuencia necesaria que todos los individuos que participan de ellos deban organizarse políticamente en una sola entidad?
El concepto de nación es absolutamente escurridizo por consistir en una abstracción cuyos trazos recuerdan muy lejanamente un fugitivo objeto.
Otra cosa es el Estado. El Estado es algo que se afirma sobre la tierra, posee herramientas y reglas muy precisas, tiene voluntad de mando y no permite agresiones. El Estado existe sin lugar a dudas, utiliza símbolos que lo representen y es susceptible de adjudicársele una fecha de nacimiento y otra de muerte.
Alfonso VI de León y Castilla se hacía llamar "Emperador de Hispania". Como argumento a favor de este título exponía que, excepto Navarra, Aragón y los condados catalanes, todos en la Península le pagaban tributos. De esta manera se convirtió en el rey más rico de su tiempo. La mayor parte de estos ingresos procedían de los tributos que pagaban anualmente los reinos musulmanes de la Península; estos pagos se denominaban parias.
Aunque Alfonso VI encontrase placer en ser conocido como "Emperador de Hispania", estaba muy lejos de su intención anexionarse los reinos musulmanes, conocidos con el nombre de taifas. Prefería obligarles a pagar, ofreciéndoles su protección; en caso contrario, los amenazaba con hacer incursiones de saqueo, arrasar sus campos y apresar a centenares de cautivos. Otra amenaza que se podía esgrimir era apoyar a la facción contraria a la familia reinante en aquel momento. Tanto es así, que cuando conquistó Toledo, lo hizo solamente porque pensó que no le quedaba otra alternativa, pues la situación social y política de aquella taifa era tan explosiva que peligraba el cobro de tributos. No tenía, por tanto, intención de crear un proyecto de Estado que abarcase toda la Península Ibérica, aunque no dudó en hacer toda la propaganda posible tras la conquista de Toledo el 25 de Mayo de 1085, afirmando que al recuperar para la cristiandad la antigua capital del reino visigodo, se establecía un vínculo entre aquella desaparecida monarquía y su corona.
El conflicto radicaba en que en la Península había otro rey que tenía también pretensiones de grandeza; éste era Al-Mutamid, rey de la taifa de Sevilla. Al-Mutamid pagaba de muy mala gana las parias a Alfonso VI, sobre todo porque se veía a sí mismo como un rey tan poderoso o más que aquel. La Taifa de Sevilla había ido incorporando extensos territorios a su dominio, en especial la ciudad de Córdoba, antigua capital del Califato, conquista que cubría de prestigio a Al-Mutamid y lo presentaba como posible emir de todo Al-Andalus.

Taifa de Sevilla y su expansión en el Siglo XI.

En resumidas cuentas, la taifa de Sevilla era un reino rico y poderoso que había aumentado su territorio extraordinariamente en solo cincuenta años. Era, por tanto, natural que Al-Mutamid desease dejar de pagar el tributo a Alfonso. Sin embargo, las dudas asaltaban a Al-Mutamid; aunque conocía perfectamente los acontecimientos que habían desembocado en la conquista de Toledo por parte de Alfonso, y que éste no tenía intención de conquistar Sevilla, dudó de las intenciones del rey cristiano y se sintió amenazado. Así pues, Al-Mutamid se movía entre el miedo y la ambición.

Que Alfonso tuviera previsto conquistar Córdoba era bastante probable, pero que tuviese intención de hacer lo mismo con Sevilla ya no lo era tanto. En principio porque le interesaba más cobrar las parias que un reino tan rico le pagaba desde hacía mucho tiempo, pero también porque carecía de recursos humanos para mantener en su poder un reino tan extenso y poblado en el que habitaban pocos cristianos en relación al número de ellos que residían en la ciudad de Toledo. Mantener sometida a una población tan numerosa y mayoritaria de musulmanes parecía difícil en unos tiempos en los que los Estados tenían escasos instrumentos de control. Más bien lo que Alfonso contemplaba era debilitar al reino de Al-Mutamid troceándolo, ya que en los últimos años había experimentado una gran expansión a costa de otras pequeñas taifas.

En 1086 Al-Mutamid creía que había llegado el momento de dejar de pagar las parias y devolver a los cristianos al otro lado del Sistema Central, pero como sabía que la empresa no era fácil hizo una solicitud formal para que los almorávides entraran en la  Península Ibérica, y estos aceptaron la invitación.
Aquí cometió Al-Mutamid una gran equivocación que a la postre le costaría el trono. Esta fue la segunda ocasión en que desde la Península se solicitó ayuda a los amos del Norte de África. En ambas ocasiones y en las que siguieron después el resultado fue siempre letal para los solicitantes. La primera vez fue cuando la nobleza visigoda del partido de los hijos de Witiza llamó en su ayuda a Muza, emir de África, hombre que debía todos los honores de que disfrutaba a la familia de los Omeyas. El asunto se saldó con la desaparición del reino visigodo y el sometimiento de Hispania a los nuevos señores venidos de Oriente. Sin embargo, la masa de invasores, los que realmente llevaron a cabo la conquista fueron los bereberes, es decir, norteafricanos.
                 Caballería musulmana dirigiéndose al combate.

En 1086 fueron los almorávides los que oyeron la llamada de auxilio que procedía de la Península Ibérica. 

Los almorávides, nombre que significa “unidos para la guerra santa” eran una secta islámica que tenía su origen entre las tribus de tuaregs del Sahara occidental; allí el faqih Ibn Yasin había predicado una versión simple, ascética y militante del Islam y en unas décadas los almorávides habían creado un estado teocrático que abarcaba todo el Sahara occidental, el norte de Senegal, oeste de Argelia y Marruecos. Ese mismo año de 1086 el emir Yusuf Ibn Tasufin cruzó el estrecho de Gibraltar y desembarcó en Algeciras acompañado del temible ejército almorávide. Poco después se reunieron con las tropas de los reinos de taifas y se dirigieron a Extremadura, donde el día 23 de octubre de 1086 derrotaron en la batalla de Sagrajas al ejército de Alfonso VI.

En este momento es cuando Alfonso VI decide verdaderamente cambiar de estrategia orientando la cruzada hacia la zona del levante. Repuesto de la derrota de Sagrajas, y con el apoyo papal, toma el castillo de Aledo, en Murcia, desde donde acosa a las Taifas andalusíes con renovado empeño.

Al-Mutamid y los otros reyes de taifas sintieron miedo con estas novedades, pues sabían bien que Alfonso buscaba ahora la venganza y no pararía hasta destronarlos. Por esa razón el rey de Sevilla llamó de nuevo a Yufuf Ibn Tasufin para que le acompañase en una campaña contra los cristianos. Tasufín ya había empezado a hacerse un concepto muy negativo de los reyes de Al-Andalus, los consideraba poco piadosos y nada cumplidores con los preceptos del Islam; aún así acudió.

En 1088 Ibn Tasufin cruzó de nuevo el estrecho con su ejército de almorávides y en unión de los reyes de taifas se dirigió a la fortaleza de Aledo, bastión fronterizo de Alfonso desde donde amenazaba a los andalusíes. El asedio del castillo de Aledo fue largo y frustrante para los ejércitos musulmanes porque los cristianos no se rendían y combatían a la desesperada. De Murcia vinieron técnicos en poliorcética que construyeron máquinas e ingenios de asalto, pero todo fue inútil, los asediados resistían y la moral de los musulmanes decaía rápidamente dando lugar a disputas entre ellos. Lo que más daño hizo al bando asaltante fue la deserción de los reyes andalusíes que veían como se prolongaba la campaña sin resultados, mientras ellos estaban ausentes de sus dominios. En esas circunstancias Alfonso VI se presentó ante el castillo con un poderoso ejército y los almorávides viéndolo todo perdido se retiraron.
Sin embargo en el año 1090 las cosas se torcieron de forma irremediable cuando Yusuf Ibn Tasufin desembarcó por tercera vez en la Península Ibérica dispuesto a destituir a todos los reyes de taifas y anexionarse todo el territorio de Al-Andalus. El emir almorávide pensaba que las taifas eran incapaces de defenderse a sí mismas, debido a su corrupción, su abandono de la recta religión y su falta de ánimo combativo. Creía que la pérdida de los territorios de Al-Andalus en manos de los cristianos era cuestión de poco tiempo y que su deber como buen musulmán era preservarlos en la verdadera fe.
Al-Mutamid fue destronado y enviado al exilio y los almorávides se hicieron dueños de todas las taifas. Con ello la suerte da un cambio definitivo para Alfonso VI ya que se verá obligado a permanecer a la defensiva durante el resto de su reinado y sufrirá varias derrotas en múltiples enfrentamientos con los africanos; la más dolorosa, la de Uclés, en el año 1108, durísima batalla en la que murió Sancho Alfonsez, hijo de Alfonso VI y heredero de las coronas de León y Castilla. A principios del verano del año siguiente moría el rey Alfonso, cansado de guerrear, con el reino amenazado por un enemigo implacable y sin un descendiente masculino al que entregar la corona. 
Aún así, el balance de su reinado no fue totalmente negativo. Es cierto que los almorávides sometieron a los reinos cristianos de la Península Ibérica a una época de violencia y lucha frenética que no se recordaba desde los tiempos de Al-Mansur, pero a cambio la Reconquista se orientó hacia levante, donde en el siglo venidero se pondrían las bases para la definitiva conquista del valle del Guadalquivir; por otra parte, Al-Andalus entraría con la invasión africana en una fase de inevitable decadencia cultural marcada por la imposición del fanatismo religioso.
Por otra parte hay que considerar que la llegada de los almorávides a la Península Ibérica tuvo grandes consecuencias que hicieron que los acontecimientos históricos se orientasen en un sentido concreto. Podemos decir que esta invasión norteafricana retrasó la Reconquista durante unos 130 años; de hecho, sin la intervención de los almorávides y los almohades, los reinos musulmanes podrían haber sido anexionados en conjunto a principios del Siglo XII. Castilla no hubiera tenido rival entre el resto de los reinos cristianos y hubiese acaudillado la reunificación del territorio peninsular. Pero esto último pertenece al terreno de la especulación, no de la Historia.

domingo, 18 de mayo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. VI

En un lugar cercano a las minas de plata de Riotinto, conocido con el nombre de Cerro Salomón, se levantaba en el S. VII a. C. un poblado minero cuyos habitantes trabajaban la mena de plata en sus propios domicilios. Allí se han encontrado escorias, residuos de fundición, piedras-martillo y moldes de arcilla; objetos relacionados con la actividad metalúrgica. Las casas, aunque construidas con piedra, carecían de cimientos, y  los techos eran frágiles.
En la misma provincia de Huelva, en San Bartolomé de Almonte, junto al camino que iba de las minas de Aznalcóllar a Gadir, había otro poblado de metalúrgicos semejante al anterior, aunque en este caso las viviendas eran sencillas chozas. En ambos lugares, y en otros próximos a Riotinto, se producía el metal con las técnicas anteriores a la fundación de Gadir. El asentamiento de la actual ciudad de Huelva también era un centro metalúrgico donde se trabajaba el metal extraído de las minas de Riotinto.
Con la llegada de los fenicios a la Península Ibérica la producción de metales aumentó considerablemente. El aumento que experimentó la demanda de metales estimuló a las poblaciones indígenas a extraer mayores cantidades de plata y cobre y se fueron introduciendo mejoras tecnológicas que trajeron consigo los colonizadores del Mediterráneo Oriental. La fundación de Gadir supuso un enorme impulso al desarrollo de la actividad metalúrgica y el comercio, ya que los mercaderes fenicios utilizaron aquel puerto como base desde la que acceder a las rutas del estaño y gran centro comercial al que afluía gran parte de la producción de plata y cobre de las sierras de Huelva.
Esta nueva situación trajo consigo cambios en la vida de los tartesios. En las colinas de Huelva y junto a los estuarios de los ríos Tinto y Odiel se puede observar cómo en esta época los tartesios adoptan técnicas de construcción propias de los fenicios. Estos fenómenos de penetración de la cultura fenicia también pueden comprobarse en el Bajo Guadalquivir y en el estuario del río Guadalete, frente a Gadir. Los asentamientos tartésicos más importantes del Siglo VII a. C. son los de Asta Regia, Cerro del Carambolo, Cerro Macareno, Carmona, Montemolín, Mesa de Setefilla, Los Alcores, Huerto Pimentel (Lebrija) y Alhonoz, todos ellos en la provincia de Sevilla. En la provincia de Córdoba destacan Colina de los Quemados, Llanete de los Moros (Montoro), Ategua y Torreparedones.
Uno de los primeros poblados que se fortificó tras la llegada de los fenicios fue Tejada la Vieja, en Huelva, que se convirtió en centro de distribución del metal procedente de Riotinto, tanto para los tartesios como para los fenicios. Otros asentamientos siguieron el ejemplo y se fortificaron.
Los fenicios cargaban sus naves con unas grandes vasijas decoradas con bandas en las que transportaban aceite de oliva y vino; estos productos eran intercambiados por metales y grano de los tartesios.
Más tarde, desde Gadir y otras colonias, los fenicios introdujeron artículos de lujo como joyas, cajas y peines de marfil, botellas de cerámica o vidrio con perfume, platos y jarras de bronce, utensilios de hierro y telas finas.
         Anillo fenicio encontrado en la ciudad de Cádiz con el emblema de los dos delfines.

Estos artículos fenicios eran caros y exclusivos, por lo que solo un número reducido de personas tendría medios suficientes para adquirirlos. Estos consumidores de artículos de lujo eran fundamentalmente los miembros de la aristocracia tartesia, que se enorgullecían de poder distinguirse llevándose a la tumba valiosos objetos parecidos a los de los colonizadores.
Los grupos sociales en el mundo tartésico estaban claramente diferenciados. Destacaban los príncipes guerreros; armados con una variada panoplia de bronce, que en aquel tiempo debía ser muy cara. Otro de los objetos que los distinguían del resto de la población era la posesión de un carro de guerra, tirado por un par de caballos y conducido por un auriga. Controlaban la explotación de los recursos mineros, las vías de transporte del metal y los tratos comerciales con los fenicios. Ellos fueron los que más se aprovecharon de los contactos con los colonizadores del Mediterráneo Oriental y, sin duda, colaboraron con ellos en beneficio de los intereses mutuos. Imitaron desde muy pronto el modo de vida de los extranjeros y con los abundantes recursos que obtenían de los intercambios comerciales adquirieron multitud de objetos. Aquel grupo social dirigente comenzó a construirse viviendas al estilo del Mediterráneo Oriental y amuralló los poblados donde residían los príncipes y régulos. Adoptaron el sistema de escritura fenicio cuando les fue necesario llevar una incipiente contabilidad y registrar contratos, títulos y hacer inscripciones.
Estos aristócratas del Suroeste fueron los primeros en rendir culto a las divinidades de los fenicios, erigirles altares y santuarios. Melkart, Astarté, Reshef y Baal pasaron en poco tiempo a formar parte del panteón de los habitantes del Bajo Guadalquivir.
Un claro ejemplo de la riqueza acumulada por estos grupos dirigentes es el denominado Tesoro del Carambolo, encontrado en el interior de una tosca vasija en el asentamiento del cerro de El Carambolo, cercano a Sevilla. Las piezas de este tesoro probablemente tuvieron una función ritual y fueron elaboradas en talleres de artesanos fenicios.
Tesoro de El Carambolo.

Otra muestra impresionante de la riqueza de aquellos príncipes tartesios es el Tesoro de la Aliseda, encontrado en La Aliseda, Cáceres. Se trata del ajuar funerario de una dama, probablemente una princesa, compuesto por 194 prendas de vestir, una diadema, pendientes, brazaletes, collares con amuletos y un cinturón. Artesanos tartesios trabajaron en la elaboración de las piezas de oro siguiendo las técnicas orientales de orfebrería. La dama llevaba ocho anillos con sellos fenicios de importación.
Pulsera del Tesoro de Aliseda.

En el entierro de aquella princesa se practicó un ritual para el que fue necesario el uso de un jarro de vidrio sirio con inscripciones jeroglíficas, vasos de plata, un plato, un espejo de bronce y ánforas fenicias. En la liturgia funeraria, el plato y el jarro se usaron para servir comida y bebida.
            Jarra de vidrio del Tesoro de Aliseda.

Las escenas que aparecen en el cinturón de oro del ajuar de Aliseda representan magníficamente el gusto de aquel estilo y aquella época: el grifo con las alas abiertas y el héroe combatiendo con un león.
Detalle del cinturón del Tesoro de Aliseda.

La tumba de Aliseda nos sorprende no solo por la riqueza y la calidad de su ajuar, sino también por encontrarse muy al Norte del río Guadiana, en el interior de Extremadura; signo inequívoco de que la cultura tartésica se difundió por una amplia zona septentrional, siguiendo la ruta del estaño. Los fenicios fundaron varias colonias comerciales en la costa portuguesa, en la desembocadura del Tajo y en la del Mondego (https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/colonizacion-fenicia-y-griega); su influencia llegó a estos territorios y se prolongó durante mucho tiempo. Los habitantes de la zona de Extremadura adquirieron los gustos y las costumbres que eran comunes en el Bajo Guadalquivir y la Ría de Huelva. En pocas palabras, todo el cuarto Suroccidental de la Península Ibérica caminaba a finales del Siglo VII a. C. hacia una uniformidad cultural que podríamos denominar Civilización Tartésica, uno de cuyos componentes más importantes era el orientalismo sirio-fenicio.
Es bastante probable que el deseo de controlar las ricas zonas agrícolas, las minas y las rutas comerciales, desencadenara guerras constantes entre los numerosos monarcas de aquella región, lo que propició la llegada de grupos armados procedentes de la Meseta para intervenir en los litigios. Esto puede ser algo más que una mera sospecha. Ejemplo de ello es que el único rey tartesio del que tenemos constancia documental, mitología aparte, tenía un nombre de origen indoeuropeo, concretamente celta: Argantonio. Es casi seguro que se trataba de un pseudónimo, que significaba "El de la Plata"; es decir, el rey que manejaba la plata. Podemos imaginar como estos grupos de guerreros procedentes de la Meseta acabaron instalándose en las prósperas zonas mineras del Sur, llegando en algunos casos a ocupar una posición dirigente en aquella sociedad que se había desarrollado con gran rapidez en los últimos dos siglos. Los navegantes focenses, que arribaban a las costas atlánticas a principios del Siglo VI a. C., encontraron comunidades que recibían el nombre de célticos; de la misma manera, el valle del río Guadalete estaba habitado por gentes de lengua celta.
El mundo tartésico evolucionó y se transformó a finales del Siglo VI a. C.; la pérdida de la independencia de Tiro y el resto de las ciudades fenicias como consecuencia de la invasión de los persas dejó paso al nuevo colonialismo de Cartago, mucho más agresivo y pendiente de la necesidad de reclutar mercenarios entre los habitantes de la Península Ibérica. El hierro sustituyó definitivamente al bronce en la fabricación de armas y una nueva época fue abriéndose camino. Los que fueron conocidos como tartesios serían llamados ahora turdetanos.

sábado, 10 de mayo de 2014

¿HACIA DÓNDE NOS LLEVA LA UE?. V

En la tercera entrada de esta serie me preguntaba a mí mismo si la sociedad francesa era una sociedad en espera, una sociedad que podía sorprendernos en cualquier momento. Trataré de aclarar este punto un poco más.
Sin duda la nación francesa fue la primera que elaboró una serie de principios alrededor de los cuales se podía construir la unidad de Europa. Estos principios eran los de la Revolución Francesa, que proclamaban la libertad de los ciudadanos frente a los poderosos, la igualdad de todos ante la ley y la fraternidad necesaria entre los iguales. El encargado de difundir estas ideas por toda Europa fue Napoleón Bonaparte, de quien hemos dicho en otro Comentario que fue el primer hombre que quiso unificar el continente. Napoleón tenía un programa político que consistía en poner de su parte a todos los burgueses de Europa, atraídos por la perspectiva de acabar con las viejas aristocracias, que vivían instaladas en la enorme telaraña de sus privilegios. En principio la propuesta era sugerente, pero el espíritu de la Revolución Francesa llevaba adherido el concepto de la Nación, es decir, el nacionalismo, y como todo el mundo sabe, el nacionalismo lo mismo que une a unos individuos, separa a otros. Napoleón no esperaba encontrar en Rusia ningún ánimo nacionalista, pero se equivocó, pues los rusos estaban dispuestos a morir por su patria y por su rey, algo difícil de comprender por un hijo de la Revolución. El caso es que Napoleón sufrió una terrible derrota en la llanura rusa y esto dio la oportunidad a los ingleses para rematarlo.
Inmediatamente antes de 1914 los franceses creían ser la nación más importante del mundo; habían transformado la política y la sociedad de todo el mundo civilizado con sus ideas liberales y democráticas; habían creado un enorme imperio colonial y el arte y la cultura miraba constantemente a París buscando un reflejo de luz que indicase el camino a seguir.
Sin embargo, como afirmamos en la tercera entrada de esta serie, Francia a principios del Siglo XX no tenía un proyecto para Europa, era un Estado a la defensiva y carcomido por el revanchismo tras la derrota de Sedán frente a Prusia. Hay que decir a favor de Francia que en aquel tiempo nadie tenía un proyecto global para Europa, todo eran iniciativas parciales: Inglaterra solo pensaba en defender su imperio colonial, Rusia en unir a todos los eslavos bajo su tutela, Austria-Hungría en sobrevivir a pesar de todas las dificultades y todos los cambios.
Las dos guerras mundiales afectaron a Francia de manera importante, pero cada una de ellas de modo diferente. En la primera Francia mostró un comportamiento heroico y ganaron la guerra, aunque después perdieron la paz. Con esto último quiero decir que a los franceses les faltó generosidad, nobleza e inteligencia con los vencidos; no se dieron cuenta de que a una nación como Alemania no se la puede humillar deliberadamente sin pagar las consecuencias. Quisieron hacer retroceder a Alemania doscientos años en el tiempo y fracasaron, como era de esperar. En ello también colaboró Gran Bretaña, que no se quería enterar de que la época victoriana había pasado para no volver.
 En la Segunda Guerra Mundial Francia fue vencida totalmente por el Tercer Reich y liberada posteriormente por los aliados, es decir, Estados Unidos y Gran Bretaña; pero no estuvo en el grupo de los vencedores en la Conferencia de Potsdam, donde se hizo el reparto de las influencias y se abrió la etapa de la Guerra Fría y la Política de Bloques.
Como dije en aquel Comentario al que me he referido en varias ocasiones, Francia, después de 1945 aceptó el papel de pieza importante en la estrategia antisoviética de los aliados; por esa razón firmó los diversos tratados que la vinculaban económica y políticamente con su antigua adversaria, Alemania. Afirmé entonces que las elites de la sociedad francesa colaboraron en aquel frente común contra la propaganda y el expansionismo soviéticos; a cambio, los ciudadanos franceses obtuvieron unas garantías sociales y unos derechos que los colocaban en un primerísimo puesto en la denominada sociedad del bienestar. El envoltorio político e ideológico de todo aquello era la socialdemocracia, es decir, un capitalismo nada salvaje y siempre preocupado por lo políticamente correcto en el que el Estado actuaba como el principal motor de la economía y el primer guardián de los derechos de las clases trabajadoras.
El proyecto político de la Unión Europea siempre se ha basado desde un principio en la premisa de una sociedad desarrollada y rica que valora más la colaboración que la lucha de intereses. Una vez extinta la Unión Soviética, la función que tuvo la alianza entre los Estados de Europa Occidental como muro de contención contra las intenciones agresivas de Moscú dejó de tener sentido; la idea de unidad europea tomó otro aspecto. El problema es que esta nueva idea aún no ha sido definida; sobre todo porque los encargados de modelarla, de materializarla, son los miembros de una casta política cuyo origen está en las ruinas humeantes de la destruida Europa de 1945. Esta clase política es incapaz de elaborar un nuevo proyecto de unión porque solo piensa en sus intereses particulares, en mantenerse en el poder, en preservar sus privilegios y en actuar a espaldas de los gobernados, que son todos los ciudadanos de la Unión Europea.
Y aquí ocurre que Francia, la sociedad más dócil ante este juego político, el ejemplo de Estado socialdemócrata, gobierne quien gobierne, la más culta, la más sofisticada de las naciones europeas, aparece ante nuestros ojos como la mayor incógnita del continente. Porque en Francia se han ido produciendo una serie de cambios de manera silente, pero profunda, y esa sociedad rica, bienpensante, confiada, correcta y teatralmente rebelde ha cambiado.
El mayor cambio que se ha producido ha sido la deriva ideológica hacia los extremos. La confianza en el Estado socialdemócrata ha sido abandonada por amplias capas de la sociedad; se trata de ciudadanos que piensan que son necesarias reformas importantes en la estructura del Estado y en las leyes básicas. El espíritu de concordia ya no es tan mayoritario, no tantos están de acuerdo en tantas cosas. La pérdida de importancia económica de Francia es causa en buena parte de este nuevo ambiente; el Estado tiene dificultades para asegurar la igualdad de los ciudadanos, las diferencias sociales se acentúan, y esto es un golpe durísimo al sistema que permitía que los ciudadanos franceses hubiesen permanecido al pairo durante casi setenta años. El problema es que muchos ciudadanos ven como esas garantías sociales, esos derechos se esfuman. Otras sociedades más dinámicas de otras partes del mundo evolucionan y se desarrollan, mientras Francia, espejo de civilización, queda estancada.
Si la Unión Europea enarbolase un proyecto que fuese capaz de generar ilusión, probablemente encontraría la adhesión de los franceses. Lo penoso es que nada de esto ocurre, constituyendo, a la vez, un gran peligro, porque Francia es uno de los dos puntales en que se apoya toda la construcción de la unidad europea desde 1945, es decir, desde el principio.

Actualmente en Francia el euroescepticismo es más bien un rechazo frontal a la Unión Europea, y es bipolar, procede de ambos extremos del espectro político. Además, es consecuencia de la ausencia de hombres y mujeres de valor en la burocracia europea.

sábado, 26 de abril de 2014

LEJANO OCCIDENTE. V

"Al contar historias de la siguiente clase sobre la fundación de Gades, los gaditanos recuerdan cierto oráculo, que, según dicen, realmente se dio a los tirios, ordenándoles que mandaran una colonia a las Columnas de Hércules: los hombres a quienes enviaron a reconocer la región, según cuenta la historia, creyeron, al llegar cerca del estrecho en Calpe, que los dos cabos que formaban el estrecho eran extremos del mundo habitado y de la expedición de Hércules, y que los cabos mismos eran lo que el oráculo llamó Columnas; y, por tanto, desembarcaron en un lugar dentro del estrecho, a saber, donde ahora está la ciudad de los exitanos; y allí ofrecieron sacrificios, pero, como los sacrificios no resultaron favorables, pusieron proa a casa otra vez; pero los hombres a los que enviaron en un período posterior salieron del estrecho, unos mil quinientos estadios, hasta una isla consagrada a Hércules, situada cerca de la ciudad de Onoba en la Península Ibérica, y, creyendo que era el lugar donde estaban las Columnas, ofrecieron sacrificios al dios, pero, como de nuevo los sacrificios no resultaron favorables, volvieron a casa; pero los hombres que llegaron en la tercera expedición fundaron Gades, y colocaron el templo en la parte oriental de la isla, pero la ciudad en la occidental: por este motivo algunos opinan que los cabos del estrecho son las Columnas; otros, Gades; y otros, que están todavía más lejos del estrecho que Gades."
Estrabón 3, 5, 5. 
 La ciudad de Cádiz en la actualidad.

A la tercera va la vencida; para la fundación de Cádiz se cumplió este lugar común. Dos veces buscaron los exploradores de Tiro las Columnas de Hércules, pero los sacrificios no fueron favorables, y, por tanto, dedujeron que aquel no era el lugar indicado por el oráculo. En la tercera expedición creyeron haber encontrado las misteriosas columnas en unas islas que estaban frente a la costa, en el lugar donde desemboca el río Guadalete. Sea como fuere, lo cierto es que, como afirma Estrabón, los antiguos nunca llegaron a ponerse de acuerdo sobre el lugar donde estaban las Columnas de Hércules. Este es uno de los grandes misterios de la Historia, porque, además, nadie puede asegurar con certeza qué eran aquellas "Columnas". La versión con más éxito en la actualidad es aquella que dice que se trata de las dos puntas del Estrecho de Gibraltar. Sin embargo, como dice Estrabón, ya en la primera expedición los tirios desecharon el lugar por parecerles que no era al que se refería el oráculo.
Hay que tener en cuenta que la expresión "Columnas de Hércules" es una interpretatio graeca, es decir, la forma en la que los antiguos griegos interpretaban los contenidos culturales de otras civilizaciones, sobre todo en lo referente al aspecto religioso, y en concreto a la identificación de los dioses extranjeros con los dioses griegos.
En este caso los griegos identificaron al héroe Hércules con el dios fenicio Melkart. Se trataba de una divinidad que los tirios, a su vez, identificaban con Baal, dios sirio-cananeo de la fecundidad y la vegetación. En Tiro se le consideraba patrón y protector de la ciudad, además de guía de las expediciones marítimas. Debido a este carácter de protector de los navegantes, cuando los tirios llegaron al lugar donde finalmente fundarían el puerto de Gadir, construyeron un santuario consagrado al dios Melkart en el extremo Sur de la isla más grande del archipiélago de las Gadeiras.
                                  Dios Melkart.

La isla mayor, en cuyo extremo se encontraba el citado templo se llamaba Kotinoussa. El islote situado al Norte de la anterior, conocido con el legendario nombre de Eritia, fue el lugar elegido por los exploradores tirios para fundar el puerto de Gadir. Según los documentos antiguos en aquel islote se encontraba desde mucho antes una ciudadela fortificada conocida con el nombre de Arx Gerontis (castillo de Gerión). También construyeron allí los fenicios un templo dedicado a Astarté, que ocupaba una posición dominante en el acantilado occidental de la isla, conocido como Punta del Nao. Se ha sugerido que la isla pequeña y sagrada estaba separada de la principal, Kotinoussa, por un canal muy estrecho llamado Bahía-Caleta, en cuya entrada se alzarían el templo de Astarté por un lado y el de Baal-Cronos al otro. Se han recuperado notables artefactos del lecho del mar, cerca de donde se encontraban supuestamente los templos. Se han encontrado figurillas de bronce de dioses fenicios del tipo Reshef-Baal-Melkart cerca del cabo de Sancti Petri, en un yacimiento que indica claramente la ubicación real del templo de Hércules y algunos objetos de culto y exvotos cerca del acantilado de Punta del Nao. También se ha encontrado un capitel de piedra de tipo protoeólico que se cree perteneció al templo de Baal-Cronos. Según las fuentes escritas, este templo ocupaba el cabo occidental de la isla de Kotinoussa y miraría hacia el templo de Astarté, al otro lado del canal.
La tercera isla era conocida con el nombre de Antípolis y se la identifica con la actual zona de San Fernando.


La tradición señalaba una fecha muy temprana para la fundación de Gadir. El geógrafo Mela, nacido en Tingitera, cerca de Gadir, afirma lo siguiente:
"El templo de Heracles... lo construyeron los tirios. Es sagrado porque contiene las cenizas de Heracles. Su edad se cuenta desde la guerra de Troya"
Así pues, tradicionalmente se ha considerado que la fundación de Gadir tuvo lugar hacia el año 1100 a. C. No obstante, hasta el momento la arqueología no ha encontrado ninguna prueba que atestigüe esta fecha. En el más cercano de los asentamientos, el Castillo de doña Blanca, enfrente de la bahía, no se han encontrado objetos fenicios anteriores al Siglo VIII a. C.
Otro de los puntos oscuros de la fundación de Cádiz es la referencia al Arx Gerontis o Fortaleza de Gerión. La pregunta que nos hacemos es ¿existió en la isla de Eritia un recinto fortificado anterior a la fundación de Gadir? En caso de que así hubiera sido, cuando los fenicios llegaron allí ya debía estar en ruinas o abandonado, porque en los relatos antiguos no se hace referencia a él en el acto de la fundación. Solo en el mito del combate de Hércules con Gerión se menciona que éste último tenía allí su residencia. ¿Qué significado tiene Gerión en toda esta historia?¿lejano recuerdo de un antiguo rey de la Edad del Bronce?¿Invención mitológica de orígenes inalcanzables? Probablemente nunca lo sabremos. 

domingo, 20 de abril de 2014

EL ORIGEN DE LA NACIÓN RUSA.

Cuando a Europa Occidental llegan inquietantes noticias desde el Norte del Mar Negro, muchos se esfuerzan por entender lo que ocurre en aquellas lejanas tierras. En verdad que esto no es fácil, aunque los medios de comunicación estén reduciendo la enorme complejidad de la situación a un esquema excesivamente simple. Desde luego, quien pretenda ver aquí una película de buenos y malos se equivoca; más bien se trata de una historia de astutos e incautos, como otras tantas que han sido a lo largo de los tiempos; en general los astutos se llevan la presa, mientras que los incautos lo pierden todo. Así es el mundo, aunque reneguemos de él.
Hubo un tiempo en que las tierras que se extendían al Este del Báltico eran conocidas con el nombre de Suecia la Grande. Aquellos desolados e inmensos parajes, según se decía, estaban habitados por gigantes y enanos, por animales extraños y toda clase de terribles fieras. Sin embargo, había unos hombres que no conocían el miedo y se aventuraron a explorar aquellos bosques y pantanos. La mayoría de ellos eran suecos, pero tampoco faltaban noruegos y daneses. Se les conoció al principio con el nombre de varegos, que quiere decir “hombres de palabra”, o sea, hombres de negocios. Aquellos varegos buscaban ansiosamente las materias primas que ofrecía aquella tierra: pieles, resina, cera, miel y, sobre todo, esclavos. Llevaban una vida dura, porque los inviernos en Suecia la Grande eran terriblemente fríos y los bosques impenetrables y salvajes. Aún así, en el Siglo IX los suecos se establecieron a orillas del lago Ladoga, comerciando con los pueblos fineses, y más tarde fundaron el establecimiento comercial de Novgorod, nombre que significa “Ciudad Nueva”. Novgorod estaba construida enteramente de madera; las casas eran de este material, sobre el barro de las calles se montaron pasarelas de tablones; incluso los documentos donde se recogían los contratos comerciales eran de corteza de abedul. El poblado se asentaba junto a la desembocadura del río Volhov en el lago Ilmen. Durante todo el siglo IX Novgorod había sido el mercado de pieles y esclavos más importante de Suecia la Grande; desde allí los varegos alcanzaron el curso del río Dniéper y fueron fundando diversos puertos comerciales a lo largo de las orillas del río. Los eslavos, habitantes de aquellas tierras, al verlos remar incansablemente río abajo y río arriba los llamaron rus, que significa “remeros”, es decir, rusos.
Dniéper abajo los rus llegaron al Mar Negro, y navegando a modo de cabotaje, a Constantinopla, a la que llamaban Miklagard, la ciudad grande, tan asombrados quedaron por su tamaño y lujo. Sin saberlo en un principio, habían abierto una ruta comercial que conectaba el Báltico con la ciudad más importante del mundo conocido. De entre todos los puertos fluviales que habían surgido a lo largo de la corriente pronto destacó Kiev, campo fortificado sobre una colina junto al río. Otros varegos, mostrando una gran audacia, alcanzaron la corriente del Volga y navegaron en sus barcas río abajo, hasta encontrar la desembocadura en las aguas del mar Caspio.
La vida de los varegos era peligrosa, pues los fineses y eslavos entre los que habitaban miraban con deseo los almacenes llenos de mercancías de los puertos fluviales del Dniéper y el Volga; por esa razón todos los establecimientos comerciales estaban fortificados con empalizadas y sus habitantes manejaban con igual destreza los remos y las armas. El tráfico de esclavos era una actividad que acrecentaba la inseguridad de la zona, ya que los jefes eslavos emprendían constantes guerras con el objetivo de capturar prisioneros que luego eran vendidos como esclavos en  Novgorod, Kiev o cualquier otro punto de las rutas fluviales. Como consecuencia de este clima de inseguridad los varegos se organizaron desde muy pronto y eligieron príncipes y caudillos que garantizasen el buen desarrollo de la actividad comercial. Esta situación atrajo muy pronto a mercenarios y gente de armas; venían sobre todo de Suecia, pero también de Noruega y Dinamarca. A veces eran grupos de eslavos los que prestaban servicios de armas en estos recintos fortificados o se encargaban de proteger las flotillas de barcas que navegaban por el Dniéper o el Volga. Cualquiera que supiese manejar las armas y tuviese suficiente ambición era bienvenido en aquellos puertos fluviales o en los fortines más alejados del río.
Según la Crónica de Nestor, un varego llamado Oleg fundó en 880 el puerto comercial de Kiev a orillas del Dniéper y sometió a los eslavos que habitaban en los alrededores. En 907, actuando como un auténtico vikingo, atacó Constantinopla, asunto del que supo sacar partido, pues en 911 firmó un tratado comercial con el Imperio Bizantino en igualdad de condiciones. A partir de este momento el poder del principado de Kiev crecería sin pausa gracias a la cercanía de los puertos del mar Negro y a los derechos comerciales concedidos por Constantinopla. Dicha posición dominante aumentó cuando los demás recintos fortificados del Dniéper terminaron por reconocer su autoridad; incluso el más antiguo y poderoso de ellos Novgorod acabó sometiéndose a la hegemonía de Kiev. A mediados del siglo X los varegos de Kiev derrotaron a los jázaros y los búlgaros, lo que convirtió al puerto fluvial del Dniéper en el estado más grande y poderoso de toda la región.
El primer rey de Kiev que podría llamarse señor de Rusia fue Vladimir el Grande, que sometió a su dominio a todas las poblaciones entre el Dniéper y el Volga; su reino llegaba desde el Báltico hasta el Mar Negro y el Caspio. Sin embargo, tras su muerte en 1015, sus hijos se enfrentaron en una serie de guerras que asolaron la tierra de los rus. En 1031 ya solo quedaban dos de los hermanos, Yaroslav que controlaba el norte de Rusia y Mstislav que dominaba el sur. En 1036 Mstislav murió y sus posesiones pasaron a manos del último de los hermanos, Yaroslav, que de esta forma volvió a reunir todas las tierras que poseyera su padre. Por su inteligencia y habilidad en las cuestiones de la guerra y el gobierno Yaroslav comenzó a ser conocido con el sobrenombre de “El Sabio”.
El rey sabio hizo todo lo posible para que Kiev tomase como modelo a Constantinopla; adoptó el ritual y las formas bizantinas y contrató a artistas de aquella admirada ciudad para que construyesen la iglesia de Santa Sofía de Kiev.

Santa Sofía de Kiev.
Si el lector desea obtener más información sobre aquellos remotos orígenes de Rusia puede conseguirla en https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/harald-hardrada-el-ultimo-vikingo.
Es comprensible, por tanto, que el actual conflicto de Ucrania tenga muchas caras, cada una de las cuales es necesario conocer. Los rusos siempre han considerado a Ucrania como la zona Sur de su territorio, Kiev fue la ciudad más importante de su Estado en los primeros siglos de su existencia. Es difícil que cedan con facilidad en el asunto de romper lazos definitivamente con este territorio, por la sencilla razón de que también tendrían que romper con una parte importante de su pasado.

La Unión Europea lleva años practicando una expansión hacia el Este, sobre territorios que estuvieron en la órbita de influencia de la Unión Soviética. Esta política pudo llevarse a cabo por la debilidad de Rusia tras la descomposición del bloque soviético y por casi dos décadas de supremacía mundial de Estados Unidos. Pero los cambios en la economía mundial que han tenido lugar en los últimos años y la desastrosa política de Estados Unidos en Próximo Oriente han removido la situación de poderes, y Rusia, una vez superados los peores momentos, está dispuesta a recomponer parte de lo perdido. Es, por tanto, una ilusión pretender que la situación vuelva al estado anterior, y, desde luego, los burócratas de la UE deberían andarse con pies de plomo antes de embarcarse en aventuras sin tener un ejército competente que los respalde. 

sábado, 29 de marzo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. IV

El hombre que más empeño puso en encontrar la ciudad de Tartessos fue el arqueólogo alemán Adolf Schulten. Durante años estuvo buscando de manera obsesiva la legendaria ciudad en la desembocadura del Guadalquivir, sin encontrarla. Escribió algunas obras defendiendo sus tesis sobre Tartessos, pero todo ello basado en demasiadas conjeturas y escasísimas pruebas.
Schulten afirmaba que la ciudad de Tartessos existió realmente y fue una gran urbe que poseía un alto nivel cultural u urbanístico, además de una fabulosa riqueza. Daba por entendido que el reino de Tartessos prosperó desde finales del segundo milenio hasta el Siglo VI a. C. Por supuesto que según él la monarquía tartésica fue una institución que extendió su poder en el valle del Guadalquivir durante siglos. Todo ello argumentaba Schulten basándose en los textos de los escritores antiguos de Grecia y Roma. Por desgracia jamás encontró nada que se pareciese a un asentamiento de mediano tamaño. Encontró algunos restos de época romana, pero no mucho más; sin embargo, defendió sus posiciones hasta el final, manteniendo viva la idea de una alta civilización del extremo Occidente en tiempos en que Atenas era una población todavía sin importancia y Roma aún no había sido fundada.
Su argumento principal fue que los tartesios eran el mismo pueblo que los etruscos o tirsenos, resaltando la semejanza entre ambos vocablos. Según Schulten, tartesios y tirsenos no eran otros que los turush, uno de los "pueblos del mar" a los que se refieren los textos egipcios de finales del segundo milenio, que en compañía de otras gentes del Egeo y Anatolia destruyeron el Imperio Hitita y la civilización Micénica. (https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/grecia-antigua )
Schulten aseguraba que aquellos turush, tras largas correrías por el Mediterráneo Oriental, emigraron a la parte Occidental de este mar; un grupo se estableció en Toscana, dando lugar a la civilización etrusca, y otro se estableció en la desembocadura del Guadalquivir, dando lugar a la civilización tartésica.
                             El arqueólogo alemán Adolf Schulten.
El objetivo de Schulten era mezclar la importancia de los mitos antiguos con datos arqueológicos verificables con el fin de construir una Historia de Tartessos digna de confianza; pero no lo consiguió, porque como hemos dicho su apasionada búsqueda por el Bajo Guadalquivir no obtuvo resultados. A Schulten no le quedó más remedio que inclinar la balanza hacia el lado de los textos antiguos, donde el creía que se encontraban recuerdos desdibujados de aquella, según él, grandiosa civilización.
En los Diálogos de Platón creyó ver reflejada una imagen de Tartessos, en concreto en los titulados Timeo y Kritias. El segundo de estos libros dice lo siguiente:
"Habían acumulado los reyes de la Atlántida riquezas en tal cantidad, que seguramente nunca antes de ellos, una casa real las poseyó en número tan grande ni las poseerá fácilmente en el porvenir. Disponían de todo aquello que la ciudad y los campos eran capaces de producir. Pues aunque era mucho lo que recibían del exterior, merced a su imperio, la mayor parte de los productos necesarios para la vida los suministraba la isla por sí sola. En primer lugar, todos los metales duros y maleables que se pueden extraer de las minas y, entre ellos, aquel que en la actualidad sólo de nombre se conoce: el oricalco (literalmente, cobre de montaña). Existía entonces, además del nombre, la substancia propia de este metal, que se extraía de la tierra en muchos lugares de la isla y que después del oro, era el metal más apreciado en aquel tiempo."
Según Schulten, los datos de este pasaje se amoldan a la estampa de Tartessos, pues la fuente principal de su riqueza eran los metales, el oro, la plata y un bronce peculiar que Pausanias conoció en el tesoro de Mirón de Olimpia con el nombre de tartéssios chalkós.
El arqueólogo alemán encontró muchas coincidencias entre la Atlántida descrita por Platón y la idea que él tenía de la ciudad y el reino de Tartessos; algunas tan peregrinas como el hecho de que en la capital de la Atlántida había dos pozos, exactamente igual que en la Cádiz histórica. Al final imagina que la civilización tartésica desaparece como consecuencia de una guerra con Cartago; muertos o desaparecidos los tartesios/ atlantes, solo quedaron sus súbditos, los turdetanos.
Tanta imaginación inclina un tanto a la sonrisa; aunque es posible que Schulten no se equivocase en todo, pues es bastante probable que a mediados del Siglo VI a. C., Cartago, viéndose heredera del imperio marítimo de Tiro, llevase a cabo una feroz campaña bélica para tomar el control de las minas de Sierra Morena y las rutas del Atlántico. Aunque quizás nunca lleguemos a saberlo con certeza, es posible que el rey Argantonio fuese el último monarca de un Estado denominado Tartessos, que a la sazón se extendería por todo el bajo Guadalquivir, la ría de Huelva, el Algarve portugués y la zona occidental de Sierra Morena, un territorio muy amplio.
                    Muralla tartésica de Ibros. Jaén.

Otro texto antiguo que utiliza Schulten para argumentar sus teorías es la Ora Marítima del poeta romano Rufo Festo Avieno. Se trata de un poema escrito en el Siglo IV d. C. que recoge información de antiguas navegaciones de los griegos en el Siglo VI a. C. En la Ora Marítima se afirma lo siguiente:
"Las tierras del extenso orbe se despliegan a lo largo y ancho, mientras el oleaje se derrama una y otra vez en torno al orbe terrestre. Pero allí donde el hondo mar salado se desliza procedente del océano, de tal suerte que el abismo de Nuestro Mar se despliega ampliamente, se encuentra el golfo Atlántico.
Aquí se halla la ciudad de Gadir, llamada antes Tarteso. Aquí están las Columnas del tenaz Hércules, Ábila y Calpe." 
El poema de Avieno continúa así:
 "Después sigue la prominencia de un santuario y, en lontananza, la fortaleza de Geronte, que lleva un antiguo nombre griego, pues hemos oído decir que en tiempos pasados a partir de ella se dio nombre a Gerión.
Aquí se encuentran las amplias costas del golfo travesío y desde el río Ana, ya nombrado, hasta estos territorios las naves tienen un día de trayecto. Aquí se halla la ciudadela de Gadir, ya que en la lengua de los cartagineses se llamaba Gadir a un lugar vallado. Esta misma ciudad fue denominada primero Tarteso, ciudad importante y rica en tiempos remotos".
Más adelante podemos leer lo siguiente:
Pero el río Tarteso, fluyendo desde el lago Ligustino, a campo traviesa, envuelve una isla de pleno con el curso de sus aguas. No corre adelante por un cauce único, ni es uno solo en surcar el territorio que se le ofrece al paso, pues, de hecho, por la zona en que rompe la luz del alba, se echa a las campiñas por tres cauces; en dos ocasiones, y también por dos tramos, baña el sector meridional de la ciudad."
El texto continúa así:
Por su parte, el monte Argentario se recorta sobre la laguna; así llamado en la Antigüedad a causa de su belleza, pues sus laderas brillan por la abundancia de estaño y, visto de lejos irradia más luminosidad aún a los aires, cuando el sol hiere con fuego las alturas de sus cumbres. Este mismo río, además, arrastra en sus aguas raeduras de estaño pesado y transporta este preciado mineral a la vera de las murallas."
El periplo continúa diciendo:
"A la ciudadela de Geronte y al cabo del santuario, como hemos explicado antes, los separa la salada mar por medio; y entre altos acantilados se recorta una ensenada. Junto al segundo macizo desemboca un río caudaloso. Luego se yergue el monte de los tartesios, cubierto de bosques.
Enseguida se encuentra la isla Eritía, de extensas campiñas, y en tiempos pasados, bajo jurisdicción púnica; de hecho, fueron colonos de la antigua Cartago los primeros en asentarse en ella. Un estrecho separa Eritía de la ciudadela del continente en tan sólo cinco estadios"
Con estos mimbres construyó Schulten su teoría sobre Tartessos y la gran civilización del Atlántico. Como carecía de pruebas, a pesar de haberlas buscado afanosamente durante años, dio por cierto muchas cosas que aparecían en los textos de Platón, Estrabón, Avieno y otros. También puso mucho de su propia imaginación. Esperaba encontrar los restos de una gran ciudad anterior a la aparición de las ciudades-estado del Mediterráneo, y una civilización anterior a la Micénica.
En cierto modo, Schulten pertenece a ese grupo de románticos anglosajones y franceses que cuando llegaban a España quedaban deslumbrados por su paisaje, sus gentes y su Historia; de alguna forma es un romántico que persigue una intuición, un sueño, sin llegar a alcanzarlo.
La civilización tartésica existió, pero no fue ni mucho menos lo que Schulten deseaba que fuese, no fue tan brillante, pero aún guarda grandes tesoros que ignoramos. Schulten trabajó mucho por encontrar su sueño, pero su esfuerzo no cayó totalmente en saco roto, como puede imaginarse. En su afán por describir con detalle lo que fue Tartessos, creó una imagen que adquirió una enorme fuerza, y a partir de ella se abrió paso un mito, muchos de cuyos elementos, han sido asumidos por la imaginación de las masas: la legendaria ciudad de Tartessos. El mito que erigió Schulten es tan potente, que continuamente aparece de forma más o menos velada en los escritos de los investigadores contemporáneos, en los libros de texto y la literatura, y en el imaginario del hombre común.