lunes, 8 de septiembre de 2014

MONARQUÍAS MICÉNICAS. I

Pausanias, el gran viajero, escribió una “Descripción de Grecia” (Periégesis tes Helládos) en la que nos relata su visita a Micenas, conjunto de ruinas ya en aquel tiempo, y nos cuenta lo siguiente:
“Quedan trozos de muralla y la puerta, sobre la que hay unos leones. Todo esto se dice que es obra de los Cíclopes, que también construyeron para Preto la muralla de Tirinto.”
Esto lo escribía Pausanias en el siglo II d. C. y aquellas murallas no le parecían obra humana. Al menos esto es lo que había oído decir a los lugareños, que aquellos muros habían sido construidos por los Cíclopes, hijos de Urano, o quizás de Poseidón.
 En realidad, los griegos hacía mucho tiempo que suponían que aquellas construcciones de Micenas y Tirinto eran obra de los dioses. Ya en el siglo VIII a. C. creían que las murallas de Troya habían sido construidas por Poseidón, y que todas estas grandes obras se habían llevado a cabo en un tiempo impreciso, varios siglos atrás, en una época conocida como “Edad de los Héroes”. Aquel tiempo ya había acabado, los antiguos héroes habían muerto y había sobrevenido una nueva edad de violencia e injusticia conocida como “Edad del Hierro” que era en la que vivía la humanidad contemporánea. Los héroes estaban dominados por las pasiones y por ello eran imperfectos, pero eran descendientes de los dioses y estaban mucho más cerca de la divinidad. La humanidad posterior, aquella que vivía en la “Edad del Hierro”, carecía de virtudes y era incapaz de llevar a cabo semejantes construcciones.
Seguidamente Pausanias nos cuenta esto otro:
“También hay en las ruinas de Micenas una fuente llamada Persea y las construcciones subterráneas de Atreo y otras de los que al regreso de Ilión fueron muertos por Egisto después del banquete… Hay otra de Agamenón, otra de Aurimedón, su auriga, otra de Telédamo y Pélope, hijos gemelos de Casandra, a quienes mató de niños Egisto, junto con sus padres, y de Electra, casada por Orestes con Pílades…Clitemnestra y Egisto están sepultados un poco apartados de la muralla, pues no se creyó que merecieran serlo dentro, donde yacen Agamenón y los que con él fueron muertos.”
                               Murallas de Tirinto.


En este último párrafo Pausanias menciona a varios miembros de la familia real de Micenas, entre ellos al rey Agamenón, héroe que conocemos por la Ilíada, poema épico compuesto por Homero en el siglo VIII a. C. Según Pausanias, Agamenón estaba enterrado dentro del recinto de las murallas de Micenas, mientras que su padre, Atreo, yacía afuera, en una construcción subterránea.


Por supuesto que Pausanias carecía de pruebas contrastadas cuando afirmaba lo anteriormente expuesto; se basaba exclusivamente en informaciones que había recogido de unos y otros durante su viaje. Sin embargo, la lectura de aquella guía para viajeros encendió la imaginación de Heinrich Schliemann, un rico hombre de negocios que lo había abandonado todo para dedicarse a la arqueología. No obstante, Schliemann, practicaba un método muy peculiar, pues se basaba en tomar como absolutamente cierto lo que se narraba en los textos antiguos, sobre todo, lo que podía leerse en la Ilíada y en la Odisea. Aquello era arriesgado, pero a Schliemann le había dado resultado, pues guiándose por los versos de Homero en 1870 había descubierto las ruinas de Troya. El audaz alemán puso entonces su mirada en el texto de Pausanias y decidió viajar al Peloponeso para excavar la ciudad de Micenas, en la que esperaba encontrar grandes tesoros, pues homero la llamaba “la rica en oro”. Cuando llegó a Micenas solo estaban a la vista una gran tumba conocida como “Tesoro de Atreo” y la Puerta de los Leones. 
                      Puerta de los Leones de Micenas.

Tras conseguir un permiso para realizar su búsqueda Schliemann volvió a tener suerte y en el verano de 1876 descubrió junto a la Puerta de los Leones, dentro de las murallas, un recinto circular de tumbas que se conoce como círculo A En aquel lugar excavó cinco de las seis tumbas que allí se encontraban, dotadas de espléndidos ajuares dignos de una estirpe principesca. Entre los objetos encontrados destacaban dagas de bronce con empuñaduras de oro y damasquinados, vasos de oro y plata labrados, máscaras de oro que cubrían el rostro de los difuntos y otras muchas joyas de gran valor. Cuando Schliemann exhumó la tumba número cinco encontró tres cuerpos de varón, todos ellos con ricos ajuares y con los rostros cubiertos por una máscara de oro; cuando levantó la tercera máscara, comprobó que los rasgos de su portador se habían conservado extraordinariamente bien durante los siglos. Se cuenta que Schliemann, emocionado, besó la mejilla del cadáver y después telegrafió al rey de Grecia lo siguiente: “He contemplado el rostro de Agamenón”.

    La llamada Máscara de Agamenón del círculo de tumbas A de Micenas.


Schliemann había leído a Homero desde niño porque su padre, un pastor protestante prusiano, le introdujo en la épica del poeta griego. Su pasión por los antiguos héroes de la guerra de Troya como Agamenón, Aquiles o Ulises no se apagó con el paso de los años, más bien al contrario, se convirtió en una obsesión que le hizo creer en la veracidad absoluta de todo lo que se narraba en la Ilíada. Obtuvo, por tanto, una gran satisfacción al excavar la ciudad de Micenas y encontrar las tumbas de aquellos que él creía eran el rey Agamenón y su familia. La riqueza de los ajuares le hizo creer que efectivamente era verdad lo que se decía en la Ilíada, que Micenas era la ciudad más importante de la Grecia de aquel tiempo y que efectivamente Agamenón acaudilló a todos los reyes griegos en la heroica empresa de la guerra de Troya.

                                  Ryton de oro y plata de la tumba IV del círculo A de Micenas.




Schliemann fue un gran hombre, pero se precipitó al identificar aquel rostro con el de el rey Agamenón, pues posteriormente el círculo de tumbas A de Micenas fue datado cronológicamente entre los años 1600 y 1500 a. C., es decir, en el período que se denomina Heládico Medio Final, en el siglo XVI a. C., mientras que el reinado de Agamenón, si es que fue un personaje histórico realmente y no un héroe legendario, tuvo lugar en el siglo XIII, cuando la civilización micénica corría hacia su violento final.
¿Quiénes eran entonces aquellos que yacían en las tumbas de fosa del círculo A? Lo más probable es que perteneciesen todos a una misma familia que había alcanzado un gran poder en Micenas; al menos sabemos que eran muy ricos por los objetos con que se enterraron, muchos de ellos importados de Creta, de magnífica factura. El ajuar de la tumba más rica, la número IV, era impresionante; incluía puntas de obsidiana, joyas y adornos de oro, vasos de alabastro, de plata y de oro, máscaras de oro y armas de lujo. Entre los vasos destacaba un Rytón con forma de cabeza de toro hecho de plata y con los cuernos de oro, en el testuz lucía una bella roseta también de oro.
Los que habían sido enterrados en el círculo A pertenecían a una elite aristocrática que mantenía relaciones comerciales con Creta y Próximo Oriente, un grupo de personas emparentadas entre sí y que, gracias a la acumulación de riqueza que habían alcanzado, gustaban de importar objetos valiosos y bienes de prestigio.


Pero lo que verdaderamente nos aclara la significación de las tumbas del círculo A fue el descubrimiento de otro grupo de tumbas extramuros de Micenas al que se ha denominado Círculo B.  Fue excavado en 1951 y contiene 26 tumbas más pequeñas y provistas de ajuares más pobres. Todos los materiales que se encontraron en estas tumbas eran más antiguos que los del círculo A, aunque es posible que ambos círculos funerarios se utilizasen simultáneamente durante algún tiempo. Según las investigaciones arqueológicas el círculo B fue usado entre 1650 y 1550 a. C.; se trata, por tanto de enterramientos más antiguos que los del círculo A.

                 Círculo A de tumbas e Micenas.

Las tumbas del círculo B representan a una aristocracia más amplia y menos poderosa que la del círculo A; también menos rica, con menos relaciones internacionales, con una menor capacidad para controlar los intercambios a larga distancia. Es posible que en un momento concreto a principios del siglo XVI a. C. una estirpe perteneciente a esta aristocracia se desgajase del resto en virtud de su mayor riqueza e influencia y comenzase a enterrar a sus difuntos en un lugar aparte, en el círculo A. Con el tiempo el antiguo y más amplio grupo aristocrático sería olvidado; tanto es así que las tumbas del círculo B no fueron respetadas y sobre ellas se construyó en el siglo XIII un gran mausoleo de cámara circular con falsa cúpula conocido con el nombre de Tumba de Clitemnestra. El círculo A, por el contrario, corrió mejor suerte y, también en el Siglo XIII a. C., quedó en el interior de la nueva muralla que rodeaba la ciudadela de Micenas. 
Por tanto, con las tumbas del círculo A asistimos al nacimiento de una realeza en Micenas. Schliemann, después de aquel sensacional descubrimiento perdió el interés por aquel lugar y continuó sus excavaciones en Tirinto, donde obtuvo otro gran éxito. Sin embargo Micenas todavía guardaba una inmensa riqueza arqueológica. Animados por el ejemplo del alemán, otros arqueólogos excavaron en la ciudadela con métodos más rigurosos y sacaron a la luz un complejo palacial dotado de habitaciones reales, salón del trono, dependencias de funcionarios y oficiales, archivos y almacenes. Era este el centro del poder de la monarquía micénica, lugar desde el que administraba el territorio del reino, en el que se podían encontrar otros asentamientos de menor importancia y subordinados al palacio. El edificio más importante de la ciudad palacial era elmégaron o salón del trono, alrededor del cual se disponían las demás dependencias. En otras ciudadelas de Grecia encontramos otros ejemplos de mégaron, así en Tirinto y Pilos; y en todos los casos las estructuras, el diseño y las medidas de este tipo de edificio son semejantes.

                      Plano esquemático del complejo de un megaron. 1: Vestíbulo, 2: Sala principal, 3: Columnas del                       pórtico y de la sala principal.

Tras el vestíbulo se entraba en la sala principal en cuyo centro había un hogar rodeado por cuatro columnas que sostenían el techo, donde se abría un lucernario para que entrase la luz y saliesen los humos; el trono real se encontraba siempre a la derecha de la entrada, adosado a la pared. El mégaron era el edificio más rico y decorado del palacio micénico, el de Tirinto poseía un vestíbulo con zócalo revestido de placas de alabastro, con relieves de palmetas y rosetas resaltadas sobre un fondo azul de pasta vítrea, y pinturas al fresco en las paredes.

Plano de la ciudad e Micenas.


Plano de la ciudadela de Tirinto.


Otros edificios importantes en las ciudades micénicas eran los almacenes. Allí se guardaba una parte importante de todo lo que producían los campos del reino; reservas de grano, aceite, vino, metales, tejidos, cerámica y otros muchos objetos manufacturados. Con estos productos se hacían intercambios a corta y larga distancia y se financiaban todos los gastos de un complejo aparato administrativo. Buena parte de estos productos procedían de los tributos que estaban obligados a pagar todos los habitantes del reino, pero también tenían su origen en las grandes propiedades agrarias del rey y en los beneficios obtenidos gracias al comercio marítimo que practicaba la hacienda real. La contabilidad de estos intercambios, del tesoro real y del movimiento de bienes de los almacenes reales la llevaban a cabo un nutrido grupo de escribas y los oficiales de palacio. Efectivamente el número de estos debió ser grande, lo que nos proporciona una idea del poder y la riqueza del rey, pues la mayoría de ellos poseían habitaciones privadas en el complejo palacial y eran remunerados por sus servicios. Los escribas anotaban cuidadosamente todos los movimientos de las cuentas reales gracias a un tipo de escritura que se ha denominado lineal B. Se trata de una escritura que presenta una estrecha afinidad con la escritura minoica del lineal A. Es, por tanto, una escritura silábica, pero que también utiliza ideogramas para expresar palabras enteras, o bien conceptos. Esta escritura fue descifrada en 1952 por Michael Ventris, joven arquitecto inglés, e inmediatamente se identificó la lengua de tales textos con un dialecto arcaico del griego. Los textos recuperados en las excavaciones están escritos sobre tablillas de arcilla y contienen apuntes transitorios, destinados al uso interno de la administración del palacio que muy raramente podrían ser comprensibles para los no iniciados.

                          Lineal B

Los textos del lineal B que conservamos están escritos en tablillas de barro arcilloso, que primero eran simplemente secadas al aire y luego duraban por breve tiempo; solo el incendio de los palacios, en los que aquellas se custodiaban, las ha conservado durante milenios. Presumiblemente, además del económico y frágil barro se disponía de otros soportes de escritura en los que se anotaría aquello que debía perdurar. Todo aquello pereció con la catástrofe, y no hubiera tampoco sobrevivido al paso del tiempo; mas las tablillas fueron salvadas por el incendio para la posteridad. La mayor parte de estas tablillas proceden del palacio de Pilos, al sur del Peloponeso, y del palacio de Cnosos, en la isla de Creta. El número de tablillas encontradas en Micenas ha sido inferior.
En las tablillas del reino de Pilos aparece el rey con el nombre de Wanaks; esta palabra aparece todavía en Homero designando al monarca. Para él trabajaba una nube de funcionarios de palacio que cobraban los tributos y organizaban la contabilidad, anotando las entradas y salidas en especie; todos ellos tenían asignadas las raciones de víveres que les correspondían.
En los textos, junto al rey aparece el Law-agetas, término confuso que podía denominar al heredero del trono o al comandante del ejército. En todo caso debía ser alguien muy importante, pues era la única persona que, además del rey, recibía un temenos, es decir, una porción del terreno público.  
Otro personaje de importancia en la administración del territorio que también aparece en las tablillas de Pilos es el gobernador de distrito que recibía el nombre de Korete. El reino de Pilos se hallaba dividido en varios distritos que se agrupaban en dos provincias; cada distrito era administrado por un Korete, que a su vez, era auxiliado por un lugarteniente denominado Prokorete. Todos ellos rendían cuentas ante el rey.
Como podemos ver la organización y la administración de los reinos micénicos alcanzó un alto grado de complejidad y la solidez de la autoridad real debió de ser grande. Al menos esto debió ser así desde finales del siglo XVI a. C. y alcanzó su punto culminante en el siglo XIII, como lo demuestran las grandes tumbas de corredor y cámara funeraria circular de falsa cúpula, denominadas tholos, que se encuentran en las afueras de Micenas.  
La más monumental de ellas, a poca distancia de la Puerta de los Leones, es conocida con el nombre de Tesoro de Atreo; Pausanias ya habla de ella y Schliemann la excavó durante su campaña en Micenas. Todo en ella impresiona; sus dimensiones son imponentes, su interior tiene un diámetro de 14,5 m y una altura máxima que sobrepasa los 13 m. Se accede a la cámara a través de un corredor a cielo abierto de 36 m de largo por 6 de ancho, que tiene al fondo una puerta, en fachada monumental, con un vano de 5,4 m de altura; le sirve de dintel un solo bloque gigantesco de 120 toneladas, protegido de las presiones verticales mediante un triángulo de descarga. Debió ser construido en el siglo XIII, es decir, poco antes de la desaparición de la civilización micénica.

                    Tesoro de Atreo.

                          Alzado, planta y sección del Tesoro e Atreo.

El Tesoro de Atreo es la mejor expresión del poder que alcanzó la monarquía a finales del período micénico, capaz de exigir el trabajo de muchos en una faena no productiva, capaz de organizar una sociedad que produzca enormes excedentes para dedicarlos a sustentar a la ingente mano de obra que era necesaria para construir estas tumbas monumentales, capaz de disponer de los mejores arquitectos de la época y traerlos de donde fuera.
Pero, como hemos apuntado anteriormente, esta capacidad para organizar a grandes masas humanas y esta compleja organización administrativa debió alcanzarse solo en los últimos tiempos de estas monarquías que se establecieron en Micenas, Tirinto,Argos, Pilos, Orcómeno, Yolco y Cnosos. En realidad en las tablillas de Pilos, por otra parte todas pertenecientes a finales del siglo XIII o principios del XII, aparecen algunos detalles que hacen pensar que los monarcas micénicos no siempre detentaron tanto poder. En concreto se menciona al Damos, es decir la comunidad. Se trata de una entidad corporativa que posee gran cantidad de tierras y que cede una parte de ellas al rey en usufructo. También el Damoscede tierras al lawagetas, aunque en menor cantidad. Estas tierras reciben el nombre de temenos. También Homero llamatemenos a las tierras del rey, lo cual reafirma la existencia prolongada de este concepto. La existencia del Damos y de las tierras públicas que este posee induce a pensar que en los primeros tiempos de las monarquías micénicas la autoridad real estaba limitada por los derechos y prerrogativas de la comunidad. Sin embargo, es evidente que los reyes fueron aumentando su poder progresivamente conforme la administración y la burocracia del palacio creció y se hizo más compleja.
Para comprender cómo fue posible que este sistema administrativo se desarrollase hay que tener en cuenta que la civilización micénica tuvo desde un principio un modelo en el que inspirarse; dicho modelo fue la civilización cretense o minoica, que es como se la conoce. En efecto, los grupos humanos que más tarde formarían la civilización micénica entraron en contacto con los cretenses desde el primer momento y asimilaron con gran rapidez y empeño los contenidos culturales y tecnológicos de aquellas gentes. El aspecto comercial tuvo una importancia de primer orden en este proceso, pues además de ser un medio eficaz para la transmisión de ideas y procedimientos, permitió el enriquecimiento de una elite que poco a poco acabó convergiendo en una aristocracia de la que surgieron los reyes.

martes, 19 de agosto de 2014

EXPANSIÓN ALEMANA, CREPÚSCULO DE LA SOCIALDEMOCRACIA Y ANÁBASIS DE USA.

Desde que Otto Von Bismarck dejase el cargo de Canciller de Alemania en 1890 la política exterior alemana tomó un camino caracterizado por la rudeza y la ausencia de imaginación; la habilidad de Bismarck no hizo escuela y Alemania vivió un Siglo XX muy violento hasta 1945.
Toda la estrategia exterior de Alemania desde finales del Siglo XIX descansaba en el concepto de lebensraum, es decir, el espacio vital. Según esta idea elaborada inicialmente por Friedrich Ratzel, existe una relación proporcional entre espacio y población que en su medida adecuada permite la supervivencia y el desarrollo a esa mencionada población. Hablando claro, el pueblo alemán, en peligro de verse agobiado por la superpoblación, necesitaba más espacio, más tierras en las que habitar.
A comienzos del Siglo XX era lugar común en Alemania que aquel espacio vital debía ensancharse por el Este, por los países eslavos. Según esto, Alemania debía arrebatar territorios a los polacos, checos y rusos si quería sobrevivir como Estado. Estos conceptos parecían naturales a los dirigentes alemanes, sobre todo cuando miraban a Occidente y comprobaban como Gran Bretaña y Francia habían construido sus respectivos imperios coloniales unas décadas antes.
                 Puerta de Brandemburgo.

Durante el período de guerras que fue desde 1914 hasta 1945 la idea del lebensraum inspiró toda la estrategia alemana de aquellos años y actuó en cierto modo como casus belli, como excusa para entrar en guerra. Se planteaba como una cuestión de supervivencia; la nación alemana necesitaba conseguir territorios, o de lo contrario perecería por falta de recursos. Ucrania, al sur de Rusia, era una región que, debido a su riqueza agrícola y sus puertos del Mar Negro, era capaz de proporcionar alimentos y desarrollo comercial a la creciente población alemana. Ucrania siempre fue vista como parte del hinterland, territorio de influencia, de Alemania.
La terrible derrota de Alemania en 1945 tuvo como consecuencia inmediata la división del territorio alemán en dos Estados diferentes y la aparición de sus políticas exteriores respectivas. Alemania Oriental se vio sometida al dictado de la Unión Soviética, mientras que Alemania Occidental hubo de adaptarse a un sistema económico, social y político basado en la socialdemocracia, requisito indispensable, según USA y Gran Bretaña, para evitar que la propaganda comunista se introdujese en todos los resquicios de las sociedades occidentales y provocase la subversión generalizada del sistema.
De toda aquella estrategia surgió primero el Mercado Común Europeo, después la Comunidad Económica Europea y, como consecuencia necesaria, la Unión Europea.
Todo el sistema organizado por los vencedores occidentales de 1945 se basaba en la promoción de la socialdemocracia, idea ya antigua en aquel tiempo, pero que, convenientemente remozada, proporcionaba una estructura política e ideológica en la feroz lucha del sistema mundial de bloques.
Por supuesto que USA no adoptó el sistema de la socialdemocracia, aquello estaba bien para los europeos, cuya incompetencia había quedado manifiesta en dos guerras mundiales, lo más que se llegó fue a coquetear haciendo posturas de salón con el concepto en ciertos ambientes universitarios, donde por algún tiempo quedaba bien hacerse pasar por progresista, socialdemócrata o socialista si cabía, pero nada más.
Gran Bretaña aceptó el sistema porque en buena medida ella había sido la inventora del mismo. Los británicos siempre habían contemplado como un exceso los impulsos radicales y revolucionarios de los franceses y desde finales del Siglo XIX eran partidarios de un capitalismo suavizado, sin abusos.
La socialdemocracia se mostró como un instrumento eficaz durante la denominada Guerra Fría; proporcionaba, sobre todo, una inquebrantable superioridad moral, en la creencia de que se trataba del sistema más humanitario, por encima del capitalismo salvaje y del comunismo totalitario. Además, las clases medias se sentían muy bien con aquel sistema y encontraban un medio adecuado para desarrollarse. Los movimientos obreros tuvieron una edad dorada durante aquellos años de la segunda mitad del Siglo XX; una lluvia de recursos económicos públicos y privados llegó a sus arcas y tomaron parte en la gestión del dinero público y las entidades financieras; las protestas y conflictos con el gran capital fueron pactados y los líderes de las organizaciones políticas y sindicales de los trabajadores comenzaron a hacer posturas de salón, como hacían los intelectuales en USA.
La estrategia funcionó porque en 1991 la Unión Soviética desapareció, y con ella la política de bloques y la Guerra Fría. Aquello fue interpretado en USA como la inequívoca demostración de que el liberalismo capitalista era no solo el mejor sistema económico y social, sino también el más eficiente sistema político. La clase dirigente de los Estados Unidos de América creyó entonces que los acontecimientos históricos la legitimaban para desempeñar el papel de imperio universal.
Como hemos podido comprobar a lo largo de las dos últimas décadas ni el capitalismo sin adornos, ni USA estaban capacitados para organizar el mundo y dirigirlo. La crisis financiera y los últimos fracasos estratégicos de USA, sobre todo el desgaste económico y moral de la más reciente Guerra de Iraq, han convencido a los políticos norteamericanos de que el mundo es demasiado grande e ingobernable por ahora, razón por la que se impone una retirada generalizada, especialmente del Medio y Próximo Oriente.
Esta retirada debía ser ordenada y no tener visos de huída, si bien era evidente que el vacío de poder sería progresivamente ocupado por otras potencias de la zona; en principio Rusia y China, aunque también otras menores como Turquía, Irán y Egipto. Sin embargo la anábasis norteamericana se ha complicado mucho en los últimos tiempos, debido a un agente cuya intervención no estaba prevista: Alemania.
Tras la derrota de 1945, el proyecto de unificación europea y la propia reunificación alemana, el Estado alemán había salido transfigurado, había pasado de hacer política movilizando al ejército a hacerla a través del banco federal, el Bundesbank, y del Banco Central Europeo. Alemania ha demostrado una vez más que su asombrosa capacidad de recuperación no es una fábula; de forma progresiva ha ido ganando importancia en el seno de la UE, hasta convertirse en el líder indiscutible y marcar la agenda de las instituciones europeas. La economía alemana vuelve a ser hoy en día, como lo fue en la primera mitad del Siglo XX, una de las más fuertes del mundo.
¿Qué ocurre entonces? Que la vieja idea de la expansión hacia el Este vuelve como un fantasma a las tierras de Germania. De una manera callada pero metódica la política alemana ha ido encaminada a crear un hinterland dentro de la propia UE; la descomposición de la antigua Yugoslavia favoreció este proceso, y la incorporación de los países del Este de Europa al proyecto europeo aún más. Alemania ha podido comprobar que muchas de las cosas que no consiguió en las dos guerras mundiales las está consiguiendo ahora a través de los pactos, la actividad económica y los manejos financieros.
El drama se desencadena cuando, aprovechando legítimamente la retirada controlada de USA, los dirigentes políticos y económicos alemanes pretenden atraerse a su hinterland a los sectores más proeuropeos de Ucrania, sin percatarse de que aquello suponía un cambio de régimen y una desvinculación de Rusia.
Los intentos de imponer una influencia siempre han traído roces; nadie se deja arrebatar nada por las buenas. Rusia siempre ha considerado a Ucrania como parte de sí misma, y era ingenuo que iba a dejar que se la arrebatasen sin mover un solo músculo. La reacción de Rusia ante las pretensiones de la UE han sido las esperadas por quien conoce la Historia aunque sea de manera superficial. Lo asombroso es que los estrategas alemanes no lo tuvieran previsto; quizás porque, como he afirmado en otros artículos, Europa vive de espaldas a su Historia desde 1945.
Ante tamaño despropósito se necesitan personas inteligentes que desfagan el entuerto. ¿Los hay en la UE?

lunes, 11 de agosto de 2014

AL FINAL LA HISTORIA SIEMPRE VENCE

Muchos son los que opinan que los hechos ocurrieron según quien los cuente; y no están totalmente faltos de razón, porque la Historia está escrita por seres humanos; y como todos sabemos, los seres humanos miran preferentemente hacia sus intereses; es decir, no son objetivos. Por tanto, la Historia sería subjetiva, no habría una Historia, sino muchas historias, dependiendo del punto de vista de cada uno. Esto significaría arrebatarle a la Historia el carácter de ciencia y considerarla simplemente un género literario. La Literatura es una de las artes más elevadas, pero desengáñense ustedes, la Historia es otra cosa distinta. Porque, si yo fui a Jerez y no fui a Antequera, por mucho que alguno presuma que yo fui a Antequera, lo cierto es que no fue así, yo solo fui a Jerez. Es decir, existen los hechos comprobados, que no son presunciones. Así procede la ciencia, todo son presunciones, es decir, hipótesis, hasta que algo se demuestra firmemente, y entonces se convierte en hecho comprobado y verdadero. ¿Qué la verdad es revisable? ¡Por supuesto! La verdad es revisable infinitas veces, pero mientras no se demuestre lo contrario sigue siendo verdad. De esta forma, el historiador actúa de forma semejante a un detective. Observa y tiene intuiciones, después busca pruebas que demuestren sus teorías. La aparición de nuevos datos le hace cambiar de rumbo a menudo; a veces se ve obligado a abandonar presunciones que había intentado demostrar durante mucho tiempo. Un historiador debe estar siempre preparado para al cabo de un tiempo venga otro investigador y demuestre que sus alegaciones eran erróneas; sus construcciones pueden ser efímeras. Pero todo investigador busca siempre la verdad; y como es fácil de comprender, la verdad y su contrario no pueden coexistir. Lo verdadero puede estar formado por distintas partes complementarias, pero nunca por lo uno y su contrario. Pongamos un ejemplo; si decimos que Aníbal venció en Cannas, no podemos decir a la vez que Aníbal fue vencido en Cannas. Hay cosas tan elementales que todos las comprenden al instante. Podemos decir que Aníbal venció por esto o por lo otro, pero eso solo significa que las razones por las que venció Aníbal no están suficientemente demostradas. Tengan ustedes claro que Aníbal venció en Cannas por unos hechos concretos, y solo gracias a ellos.
He recurrido al ejemplo de Cannas no solo por su incontestable claridad, sino también porque la Historia semeja un inmenso campo de batalla. Todos buscan argumentos que apoyen sus teorías, en contra de los argumentos de los otros, mientras una legión de apologistas, tergiversadores, propagandistas, agitadores, oportunistas, buscones y mentirosos proporcionan versiones históricas falsas, a sabiendas que lo son. Cualquiera que conozca un poco el asunto está al corriente de lo fácil que es falsear los hechos históricos o distorsionarlos. Lo más usual y menos comprometido es resaltar ciertos hechos y poner otros en bajorrelieve, cuando no, ocultarlos. Muy eficaz es inventarse hechos de palabra y obra, utilizando falsos testigos. Lo más tosco es manipular documentos, o directamente inventárselos. Pero lo más fino es sobornar gracias a dádivas y beneficios a aquellos que escriben la Historia desde posiciones universitarias o de la alta cultura. En este último caso el daño es mayor, pues el sobornado no parece serlo, sino que su exposición sesgada de los hechos se atribuye a su sensibilidad ideológica; un auténtico fraude.
Ya dije al principio que la Historia está contada por seres humanos y, por tanto, siempre será presa de la subjetividad de quien mira por sus intereses, pero el tiempo nunca pasa en balde y todas las cosas se vuelven lejanas, y con la lejanía somos capaces de verlas más objetivamente; si alguien quiere saber la verdad de lo ocurrido, el tiempo es su aliado, porque aquellos que, cual calamares, arrojan su nube de tinta para hacer borrosa la visión del investigador, van cruzando uno tras otro la laguna que, según Homero, separa el reino de los vivos del reino de los muertos y, como dijo el poeta ciego, los que se encuentran en aquel oscuro lado carecen de voz y de memoria.
Espero que el lector perdone estas referencias clásicas, porque voy a seguir con ellas. De hecho la Historia actúa según una palabra misteriosa que en latín se decía ultor. Su significado es “después”; así, los hechos que se dejan para después se denominan ultiones. En su significado más profundo las ultiones son ajustes de cuentas. Este sentimiento tenía un dios particular en Roma, Mars Ultor, es decir, Marte Vengador. Era el dios al que se encomendaban aquellos que habían sufrido una ofensa o debían reparar una injusticia, repugnante a los dioses.
Y ciertamente la Historia actúa así; pone las cosas en su sitio, da a cada uno lo que merece, llena de luz lo que está oscuro y pulveriza la mentira. Por eso, la Historia, la verdadera, al final siempre vence.


Digo esto porque tengo la presunción, no la certeza, de que la Historia del Siglo XX de España aún no está escrita, pero está a un paso de escribirse. Muchos de los personajes que la protagonizaron han cruzado ya la laguna que los separaba de Hades, reino de los muertos; otros tantos lo irán haciendo después. Sus deseos, sus inquietudes, comienzan a dejar de actuar, la pasión con la que vivieron se diluye. En el Siglo XX se decía que al Siglo XIX español no había quien lo entendiese, pero eso ocurría por falta de perspectiva. Mucho me temo que la gran obra de desbroce de los acontecimientos del Siglo XX está en sus comienzos. En los próximos años conoceremos muchas cosas que se ignoraban, o que estaban ocultas. En España hemos tenido un Siglo XX muy accidentado y lleno de acontecimientos poco claros, a veces poco explicables. En la centuria pasada se ha intentado comprar a todo el mundo y se han torcido muchas plumas; todos han luchado por su versión, con ausencia total de escrúpulos. Pero como ya he dicho, la Historia tiene preferencia por las ultiones; “después” es su palabra favorita, es la ciencia de lo pasado; más concretamente, es la ciencia que trae el pasado hasta el presente y después lo proyecta hacia el futuro, como reza el lema de este blog.

martes, 8 de julio de 2014

COMENTARIOS SOBRE ESPAÑA. III



En Alarcos se derrumbaron los planes de Alfonso VIII de Castilla. En esta breve frase quedan resumidos años de grandes esfuerzos y esperanzas que quedaron defraudadas el 19 de Julio de 1195. Durante los primeros años de su reinado, Alfonso VIII empeñó todas sus energías en someter a la nobleza castellana y ajustar cuentas con Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra, y con Alfonso IX de León. Una vez afirmada su autoridad y recuperados los territorios que le habían sido arrebatados durante su minoría de edad, su objetivo era impedir que los almohades continuasen realizando campañas militares al Norte de los Montes de Toledo. Para conseguir esto último era imprescindible conquistar el valle del Guadiana, y por esta razón emprendió duras campañas militares, gracias a las cuales arrebató a los almohades extensos territorios de la margen derecha del mencionado río. Para tener firmemente sujetos estos territorios, procedió a repoblarlos, asegurando esta tarea con una serie de fortalezas que impedirían a los musulmanes realizar incursiones al Norte de la corriente del Guadiana. En cumplimiento de estos proyectos, comenzó Alfonso VIII a construir la fortaleza de Alarcos; pero aún no estaban levantados por entero sus muros, ni asentados sus pobladores cuando Abu Yusuf Ya´qub al-Mansur, califa almohade, cayó sobre Alarcos, infligiendo una terrible derrota a los castellanos y destruyendo la fortaleza.
Alfonso VIII no se hundió en el desánimo, y desde aquel año de 1195 se dedicó a preparar la revancha. Para ello contó con la inestimable ayuda de Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo. Fue éste último un hombre de sólida formación intelectual, políglota e historiador, entre cuyas obras destaca la Chronica Hispaniae, donde hace un relato de los preparativos y el enfrentamiento bélico de Las Navas de Tolosa. El arzobispo de Toledo conllevaba el cargo de Canciller de Castilla, y así, aquel hombre firmemente comprometido con la Reconquista, realizó durante años una intensa labor diplomática en busca de apoyos para la guerra contra los almohades. Entre las tareas más importantes a que contribuyó, destaca la de obtener del papa Inocencio III la declaración de cruzada para la lucha contra los almohades. Él mismo predicó esta cruzada por Europa, viajando por Francia, Bélgica, Italia y Alemania. En el Sur de Francia esta labor encontró eco y, Arnaldo, arzobispo de Narbona se unió con entusiasmo a la empresa. También la orden del Cister predicó esta cruzada hispánica en las tierras al Norte de los Pirineos.
Otro hombre de gran valor que tuvo Alfonso VIII para llevar a cabo esta empresa fue Diego López de Haro, señor de Vizcaya, Alférez del Reino de Castilla, que ya estuvo en la batalla de Alarcos y que tenía sobradamente demostrada su pericia militar y su fidelidad al rey. Él fue la punta de lanza del ejército cristiano en la batalla de Las Navas de Tolosa, y quién tuvo que soportar la parte más dura del combate.
El tercer gran colaborador de Alfonso VIII en la guerra contra los almohades fue Pedro II de Aragón, gran amigo del rey de Castilla. Cuando, al principio de su reinado, Alfonso VIII se enfrentó con Sancho VII, rey de Navarra, con el objetivo de recuperar los territorios que Sancho VI el Sabio, padre de aquel, le había arrebatado aprovechándose de su niñez, cuando tuvo que enfrentarse con Alfonso IX de León, el rey aragonés siempre estuvo a su lado, en una alianza que solo se rompió en 1213, cuando Pedro II murió en el sitio de Muret. Fue aquella, pues, una fidelidad mutua de toda la vida, que quedó patente en varios acuerdos entre ambos monarcas, gracias a los cuales el reino de Navarra fue cogido entre una férrea tenaza que acabó obligando al rey Sancho VII a entregar a Alfonso VIII La Rioja y la costa vascongada.
Desde finales del Siglo XII, Alfonso VIII lanzó una serie de campañas militares cuyo objetivo era reconquistar el valle del Guadiana, perdido tras la derrota de Alarcos. Para ello se apoyó en la capacidad combativa de las órdenes militares de Santiago y Calatrava, a las cuales hizo grandes concesiones y beneficios, porque llevaban casi todo el peso de la guerra en aquella difícil frontera. No obstante, los conflictos con Navarra y León inclinaron a Alfonso VIII a pactar unas treguas con los almohades para no tener que luchar en varios frentes a la vez. Dichas treguas eran muy inestables y había que recomponerlas a menudo; en 1198 la orden de Calatrava conquistó el castillo de Salvatierra, sitio de gran importancia estratégica, pues junto a él pasaba un abierto camino que comunicaba el valle del Guadiana con los pasos de Sierra Morena. En 1209 las treguas quedaron definitivamente rotas, cuando Alfonso VIII y Pedro II, aliados una vez más, atacaron Ademuz y Castelfabit, dos fortalezas situadas en el extremo Norte de la frontera almohade.
Por aquellas fechas el Imperio Almohade estaba regido por el califa Abu Abd Allah Muhammad Ibn Ya´qub, de sobrenombre al-Nasir, hijo de Abu Yusuf Ya´qub, el que destruyó el castillo de Alarcos. Se trataba de un hombre de carácter templado y prudente que, no obstante, informado de la audacia de los ataques cristianos, tomó la determinación de hacerles frente de forma contundente; empeñado en esto, puso en movimiento su flota y comenzó los preparativos para reunir un gran ejército en la ciudad de Marraquech, con el objetivo de cruzar el Estrecho y hacer la guerra en al-Ándalus. A su llamada acudieron todas las tribus de la cordillera del Atlas y de todo el Norte de África hasta Túnez.
En Mayo de 1211 al-Nasir cruzó el Estrecho de Gibraltar con un enorme ejército y se detuvo en Tarifa, adonde acudieron los caídes y alfaquíes de al-Ándalus para darle muestra de fidelidad; después se dirigió a Sevilla, donde se instaló, dispuesto a dirigir la guerra desde aquella ciudad. En Junio de ese mismo año se dirigió hacia el Norte, atravesó el puerto del Muradal y en Septiembre conquistó el castillo de Salvatierra, cercano a la actual población de Calzada de Calatrava, que en aquel momento estaba en manos de la orden militar del mismo nombre. Terminada esta campaña se retiró a Sevilla, confiado en que la frontera estaba más segura a partir de ese momento. Con este comportamiento al-Nasir demostró que sus intenciones se reducían a mantener la frontera en los Montes de Toledo e impedir que los castellanos bajaran hasta el Guadiana. Como hemos dicho, se trataba de un hombre prudente, que no pensaba en hacer una campaña en el valle del Tajo, ni mucho menos conquistar Toledo.
Pero Alfonso VIII tenía en mente la revancha de Alarcos, y la idea de que Castilla e Hispania entera no estarían seguras si no se derrotaba a los almohades de forma definitiva y se les devolvía al otro lado del Estrecho. En 1211, con la colaboración de Rodrigo Jiménez de Rada desarrolló una actividad diplomática sin precedentes. El arzobispo de Toledo hizo valer su influencia para que el papa Inocencio III enviase misivas a todos los reyes y príncipes de Hispania y Europa, instándoles a participar en la cruzada contra el Califato Almohade. Pedro II de Aragón, aliado y amigo de Alfonso VIII de Castilla no tardó en comprometerse con la empresa. Por el contrario, Alfonso IX de León alegó que solo iría a la guerra si el rey castellano le devolvía las plazas que le había arrebatado contra todo derecho; sin embargo permitió que aquellos caballeros leoneses que lo deseasen, pudieran acudir voluntariamente a la cruzada; esto último lo hizo para evitar desavenencias con el papa.
Tampoco Sancho VII de Navarra aceptó en un principio participar en la cruzada, porque, según él, Alfonso VIII era su enemigo, mientras que mantenía buenas relaciones con los almohades. En el último momento cambió de opinión y a finales de Junio de 1212 se dirigió al encuentro de los cruzados. Es posible que este cambio se debiera a las exhortaciones de Arnaldo, arzobispo de Narbona, que al cruzar los Pirineos camino de Toledo, se desvió hacia Navarra para entrevistarse con el rey Sancho y convencerle de que no podía estar ausente en aquella ocasión. En cualquier caso, no podemos estar seguros de la causa de aquel cambio de opinión. Por otra parte, el rey de Navarra acudió a la cita acompañado de un minúsculo ejército, compuesto por tan solo doscientos hombres; aunque es justo decir que todos ellos eran nobles caballeros, educados desde niños en el oficio de la guerra, al que se habían dedicado toda su vida. Además, iban magníficamente armados, formando una caballería pesada de gran eficacia en combate.
Las órdenes militares del Temple, San Juan, Santiago y Calatrava acudieron con entusiasmo a la cita de Toledo. Santiago y Calatrava ya llevaban muchos años luchando en la frontera Sur de Castilla y poseían una caballería excelente y con gran experiencia en combate con los musulmanes. Además, aquellos caballeros de las órdenes militares vivían la cruzada como un acto de fe y su valor en combate era extraordinario.
De Portugal también acudieron algunos voluntarios deseosos de participar en la cruzada, la mayoría de ellos, si no todos, caballeros.
El grupo más numeroso de voluntarios cruzados procedía del Sur de Francia; desde que cruzaron los Pirineos se les conoció con el nombre de transmontanos. Entre ellos se encontraban varios obispos, destacando el de Narbona, al que nos hemos referido anteriormente. Muchos eran caballeros, pero había gente de toda condición, unidos por el espíritu de cruzada y deseosos de matar infieles. Cuando llegaron a Toledo cometieron algunos abusos y crímenes contra los judíos de la ciudad, sin comprender que la convivencia de los distintos credos en aquella ciudad aún no se había roto. Junto a la gente del Sur de Francia llegaron otros procedentes de varias naciones de Europa, pero en número significativamente menor.
Según Rodrigo Jiménez de Rada, el ejército cristiano salió de Toledo el 20 de Junio de 1212 y se dirigió hacia el Sur. Llegados el 23 de Junio a la fortaleza de Malagón, en poder de los almohades, y la asaltaron con tal ímpetu que la noche del 24 cayó en sus manos, y a la mañana siguiente fueron ajusticiados todos sus defensores. Este acto de crueldad estuvo forzado por la exigencia de los transmontanos que interpretaron aquella guerra desde un primer momento como un exterminio.
El 27 de Junio de 1212 llegaron los cruzados al castillo de Calatrava, custodiado por hábiles militares almohades. Como el asalto parecía difícil hubo partidarios de tomarlo por asedio, a lo cual respondieron otros muchos que permanecer allí mucho tiempo era perjudicial, pues el ejército se agotaría y caería la moral. Finalmente, se optó por probar el asalto, y el día 29 de Junio se produjo el ataque. Al día siguiente, 30 de Junio, los defensores solicitaron conversaciones e inmediatamente después se rindieron. La fortaleza volvió a manos de la orden de Calatrava y Alfonso VIII permitió que los vencidos fuesen tratados de forma humanitaria y pudieran salir de Calatrava sin recibir daño. Esto último hizo montar en cólera a los transmontanos, que aducían que ellos habían venido a luchar contra los infieles, no a pactar con ellos. Acto seguido, el grueso de los transmontanos tomó el camino de regreso, abandonando la empresa. Aquello supuso la pérdida de varios miles de combatientes, lo que redujo considerablemente el ejército cristiano. Solo permanecieron junto a Alfonso VIII el arzobispo de Narbona y un grupo de caballeros del Languedoc. Según las últimas estimaciones, el ejército cristiano que combatió en las Navas de Tolosa debió estar compuesto por 12.000 hombres como mucho, cifra muy alejada del número de combatientes del que hablan las crónicas cristianas.
El día 4 de Julio Alfonso VIII abandonó Calatrava y se dirigió a Alarcos; en los dos días siguientes fueron conquistados los castillos de Piedrabuena, Benavente, Alarcos y Caracuel. En este momento es cuando se incorpora a la cruzada Sancho VII, rey de Navarra, con sus doscientos caballeros.
El 9 de Julio el ejército cristiano desfiló frente al castillo de Salvatierra, en poder de los almohades desde hacía casi un año. Pasaron de largo y no lo asaltaron ni le pusieron sitio, probablemente por considerar aquella fortaleza demasiado difícil de conquistar; actitud que no parece descabellada, teniendo en cuenta el tiempo y los trabajos que invirtió al-Nasir en tomarla meses antes. De esta manera, aquella fortaleza estuvo pasando de unas manos a otras durante décadas, pero siempre como premio que se alcanza tras duros esfuerzos.
La ruta que habían seguido desde su salida de Toledo es la que se conoce con el nombre de Real Cañada de las Merinas. Las etapas de la marcha y el aprovisionamiento estuvieron organizados por Rodrigo Jiménez de Rada, auténtico estratega de esta campaña, una de las más complejas que hicieran los cristianos durante la Edad Media.
El día 11 de Julio de 1212 el alférez del rey de Castilla, Diego López de Haro, que mandaba la vanguardia envió por delante a su hijo López Díaz, a Sancho Fernández y a Martín de la Finojosa, sobrino del arzobispo de Toledo, para que ocupasen las alturas del puerto del Muradal antes de que lo hiciesen los almohades. El 12 de Julio los exploradores cristianos avistaron a la vanguardia almohade que intentaba tomar los puertos de montaña para impedir el paso a los cruzados.
El 13 de Julio de 1212 los tres reyes cristianos subieron a los puertos y tomaron el castillo del Ferral, que fue abandonado por sus defensores cuando avistaron al enemigo.
Según cuenta Rodrigo Jiménez de Rada en su crónica, el califa Miramamolín, que es así como llamaban los cristianos a al-Nasir, se encontraba en Baeza, y conociendo la llegada de los cristianos, envió a su gente para que cortasen el paso a los cristianos en un punto estrecho del puerto de montaña:

donde hay una roca casi inaccesible y un torrente de agua, y para que si los cristianos no se habían apoderado de la cima de la montaña, se apostaran en la cornisa del monte para impedir la subida del ejército cristiano, según confesaron después los que fueron apresados en la batalla”.

Aquel camino, conocido como Paso de la Losa era fácil de defender y el ejército cristiano se vio incapaz de proseguir su marcha a través de Sierra Morena. Sin embargo, según las crónicas, un pastor indicó a los cruzados una ruta alternativa que les permitió sortear el paso y acampar el día 14 de Julio en los cerros de las laderas de la sierra.
Los tres reyes acamparon en una meseta llamada Mesa del Rey, mientras que al-Nasir acampó frente a ellos, en dos cerros, el más cercano a los cruzados conocido como de Los Olivares, y junto a éste y de más altura el de Las Viñas. Ambos ejércitos quedaban separados por una zona suavemente hundida.
Como hemos dicho anteriormente, el ejército cristiano, tras la deserción de los ultramontanos, estaba compuesto por unos 12.000 hombres, mientras que el ejército almohade posiblemente sobrepasaba los 20.000; existía, por tanto, un desequilibrio de fuerzas evidente. No obstante, hay que tener en cuenta que los andalusíes que formaban en las filas de al-Nasir estaban poco motivados para el combate; en realidad, habían acudido forzados a la batalla. Los andalusíes detestaban a los almohades, a los cuales consideraban extranjeros invasores.
El Domingo 15 de Julio de 1212 Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, ante todos reunidos, lanzó una arenga, dando ánimo a los soldados y prometiendo indulgencias para los que se comportasen valientemente en la batalla.
Al día siguiente, Lunes 16 de Julio de 1212, al amanecer, se confesaron los cruzados y formaron para la batalla campal. Lo hicieron en tres cuerpos de ejército; El Rey de Aragón mandó el ala izquierda, que se desplegó, a su vez, en tres líneas, sucesivas: García Romero dirigió la vanguardia y Jimeno Coronel, junto con Aznar Pardo se hicieron cargo del centro, mientras que el propio Rey dirigía la zaga. Según la crónica de Jiménez de Rada, estas fuerzas fueron reforzadas por algunas milicias de las ciudades de Castilla.
El cuerpo central del ejército cristiano lo mandaba Alfonso VIII, con D. Diego López
de Haro, en la vanguardia. El conde Gonzalo Núñez con los frailes del Temple, del Hospital, de Uclés (Santiago) y de Calatrava formaban la segunda línea, cuyo flanco era protegido por Rodrigo Díaz de los Cameros, con su hermano, Álvaro Díaz, y Juan González. La zaga estaba al mando del Rey castellano, rodeado por el Arzobispo de Toledo y los demás obispos, así como por los barones, Gonzalo Ruiz y sus hermanos, Rodrigo Pérez de Villalobos, Suero Téllez y Fernando García.
El tercer cuerpo de ejército situado en el ala derecha, estaba al mando del Rey Sancho el Fuerte de Navarra, reforzado por las milicias de Segovia, Ávila y Medina.
La vanguardia almohade estaba formada por beréberes de las tribus del Atlas y gente de Marrakech. Detrás de ellos formaban los andalusíes a pie y a caballo. Cerrando esta formación estaban los caballos y los infantes almohades, muchos de ellos soldados de fortuna. Al fondo formaban varias líneas de honderos y arqueros. En las alas se encontraban sendas unidades de caballería ligera, algunos de ellos turcos, que sabían disparar el arco mientras cabalgaban.
En la zaga almohade, situada en el cerro de Las Viñas, al-Nasir había plantado su tienda, grande y lujosa. Para protegerla había colocado alrededor un vallado sujeto con cadenas y había apostado a su guardia, compuesta por guerreros subsaharianos de raza negra, armados con picas.


Alfonso VIII tomó la iniciativa y dio orden a Diego López de Haro, alférez del rey, para que avanzase la vanguardia. Ésta estaba compuesta en su mayor parte por gente de a pie armada a la ligera, vasallos y milicias concejiles de Castilla.
Las dos vanguardias trabaron combate en la pendiente que subía al cerro de Los Olivares; a pesar de encontrarse los cristianos en peor posición, pues iban cuesta arriba, desbarataron rápidamente a los beréberes de de la vanguardia de al-Nasir, que en su mayoría eran campesinos de la cordillera del Atlas deficientemente armados. Los beréberes se vieron flanqueados por la caballería costanera de los cristianos y fueron muertos allí mismo casi todos ellos.
La vanguardia de López de Haro, ya en lo alto del cerro de Los Olivares, hubo de enfrentarse con el grueso del ejército almohade, compuesto por jinetes y milicias andalusíes y gran cantidad de mercenarios y voluntarios africanos llamados a la guerra santa. Allí se trabó un feroz combate, tras el cual la vanguardia cristiana comenzó a ceder y muchos corrieron cuesta abajo. Viendo aquello el rey Alfonso VIII, dio la orden a la segunda línea de cruzados para que fuese en ayuda de la maltrecha vanguardia. En esta segunda línea formaban muchísimos caballeros de la pequeña nobleza concejil y otros muchos villanos que combatían a pie. Sin embargo, los soldados de elite de esta línea eran los caballeros de las órdenes militares, a caballo la mayoría y con armadura completa; eran gente muy entrenada en el uso de las armas y una altísima moral de combate.
El choque entre ambos cuerpos de ejército debió ser atronador, y es sabido que ambos se portaron valientemente, mientras el cielo se oscurecía por la nube de flechas que disparaban los arqueros almohades.
En este momento picó espuelas la caballería costanera almohade, compuesta de experimentados jinetes del Norte de áfrica y jinetes turcos armados con arcos y hábiles conocedores de la táctica de torna y fuga. Los caballeros de las órdenes militares encajaron bien los golpes que recibían en varios flancos, pero las milicias concejiles, sufriendo muchas bajas, retrocedieron ante el entusiasmo de los almohades.
Ocurrió entonces lo que suele cuando quién todavía no ha ganado, cree que ya lo ha hecho. Los almohades se desparramaron por la cuesta del cerro de Los Olivares, rompiendo la formación, en persecución de los que creían ya vencidos.
Viendo aquello, el rey Alfonso VIII le dijo delante de todos al arzobispo de Toledo:

¡Arzobispo, muramos, aquí yo y vos!”

A lo que Jiménez de Rada le respondió:

¡De ningún modo; antes bien, aquí os impondréis a los enemigos!”

Entonces, Fernando García, hombre fiel al rey y de gran experiencia en la guerra aconsejó a Alfonso que aún no se lanzase al combate con toda la zaga y esperase a que la caballería almohade estuviese todavía más dispersa. Así lo hizo el rey en aquel momento de gran tensión y esperó la ocasión oportuna, tras de lo cual se dirigió de nuevo al arzobispo:

¡Arzobispo muramos aquí. Pues no es deshonra una muerte en tales circunstancias!”

Y de nuevo Jiménez de Rada le respondió:

¡Si es voluntad de Dios, nos aguarda la corona de la victoria, y no la suerte; pero si la voluntad de Dios no fuera así, todos estamos dispuestos a morir junto a Vos!”

Cruzadas estas palabras el rey dio orden a toda la zaga para que arremetiese contra los almohades; entre todos ellos destacaba Jiménez de Rada, lanzándose a la carga junto a Alfonso.
La zaga cristiana estaba compuesta por caballería pesada en su totalidad; reyes, nobles y caballeros diestros todos en el manejo de grandes caballos acorazados y cubiertos ellos mismos de acero de pies a cabeza.
El impacto debió ser brutal, porque la caballería almohade, descompuesta, volvió grupas y dejó indefensa a la infantería que ya sufría muchas bajas. Aprovechando el momento, los caballeros de las órdenes militares volvieron a subir al cerro de Los Olivares, donde una masa humana, sin espacio para moverse y presa del pánico se agitaba sin encontrar vía de escape. Cruel matanza sufrieron los arqueros almohades, que carecían de escudos y armaduras.
Los cruzados comenzaron entonces a subir la ladera del cerro de Las Viñas, cuya cima estaba repleta de gente que venía huyendo perseguida por la caballería enemiga. En lo alto de aquel cerro tuvieron lugar feroces combates, pues todos luchaban a la desesperada. La última línea defensiva la componían la estacada con cadenas y los soldados de la guardia subsahariana, dispuestos a morir hasta el último.
Verdaderamente así ocurrió, y aquella colina quedó cubierta de cadáveres, de tal manera que no se podía andar por allí. Sancho VII, rey de Navarra, hombre de gran altura y corpulencia, se hizo famoso al ser el primero en romper la línea de las cadenas, motivo por el cual alguno ha interpretado que esta es la causa de que en el escudo de Navarra figuren unas cadenas. Sin embargo, parece ser que no es así y que las cadenas fueron puestas en el escudo en época muy posterior y por otros motivos.
Al-Nasir huyó a Jaén junto a otros muchos almohades, tras de lo cual embarcó de nuevo rumbo a África, adonde murió el 25 de Diciembre de 1213 en Marraquech.
El rey Pedro II de Aragón murió ese mismo año de 1213 y Alfonso VIII poco después, el 6 de Octubre de 1214.
La batalla de las Navas de Tolosa tiene una enorme importancia en la Historia de España. Su primera consecuencia fue que supuso el comienzo del fin del Islam en la Península Ibérica. Además, acabó con el intervencionismo africano en la Península que comenzó en 711 con la invasión de Tarik; todavía hubo un último intento de invasión norteafricana por parte de los benimerines, pero acabó en fracaso.
Es la primera batalla de gran importancia en la que el pueblo llano toma un papel principal, como hemos podido comprobar con la participación de las milicias concejiles formando compañías de caballería e infantería. Durante la minoría de edad de Alfonso VIII, estos concejos de Castilla tomaron parte a favor del rey, lo protegieron y lo defendieron de las ambiciones de la alta nobleza.
Las Navas de Tolosa se convirtieron en un símbolo capaz de trazar un objetivo que uniese a todos los habitantes de la Península. Sé que a muchos no agradará esta idea, pero las cosas son objetivamente como son, no como nos gustaría que fueran. El concepto de España, tan buscado una y otra vez por los intelectuales del 98 y por Ortega y Gasset, es un concepto que se labra en la oposición al proyecto político y cultural de Al-Ándalus. Aquel Estado fracasó en 1031; tan solo unas décadas después un rey de León y Castilla, Alfonso VI, reclamaba el señorío de toda la Península. El fracaso del Estado Omeya fue absoluto y los reinos de taifas siempre fueron residuos de algo que había desaparecido. Aunque los norteafricanos intervinieron una y otra vez en la Península, siempre aparecieron a los ojos de los hispanos como meros invasores. Aquí hunde sus raíces la Historia de España.

domingo, 29 de junio de 2014

AQUELLOS SOLDADOS VALIENTES.

En el último artículo que publiqué en este blog, titulado HACE 100 AÑOS (http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2014/06/hace-100-anos.html), afirmé que la clase dirigente europea de principios del Siglo XX fue incapaz de evitar el estallido de la Primera Guerra Mundial porque vivía sumergida en un sentimiento de triunfo y superioridad moral. Esta actitud inconsciente tuvo como consecuencia que los conflictos no se pudiesen solucionar mediante la negociación y se actuase precipitadamente y con una perspectiva absolutamente equivocada. En aquel asunto todos tenían altas probabilidades de perder más que ganar, y sin embargo, se lanzaron a la Guerra asegurando que habían hecho todo lo posible por evitarla. Falso.
Como dije en aquel artículo, aquellos dirigentes tenían el alma horadada por la soberbia. En el fondo sentían un gran desprecio por todo lo que no fuera ellos mismos. El Siglo XIX había sido una época optimista, y los logros alcanzados en la ciencia, la tecnología y el desarrollo económico así lo atestiguaban. El peligro de las revueltas sociales que incendiaron Europa desde finales del Siglo XVIII hasta mediados del XIX parecía haber pasado y el socialismo, de carácter internacional, había encontrado una línea insalvable en el espíritu nacional que poseía la clase obrera. ¿Pero quién aseguraba a aquellos prohombres que nacionalismo y socialismo eran tan incompatibles? Hoy sabemos que son dos fluidos que pueden mezclarse; con nefastas consecuencias.
Desde luego que aquellos políticos europeos de 1914 no tuvieron escrúpulos para mandar a millones de soldados al sacrificio; aunque hay que alegar en su descargo que ni siquiera imaginaban que aquello iba a ocurrir. Sí que estaban dispuestos a sacrificar a unas decenas de miles en coloridas batallas en las que los oficiales lucirían bellas cimeras. Después, pensaban, volverían a la mesa de negociaciones, y algunos esperaban llevarse alguna presa.
Pero por desgracia no fue así, y a principios de 1915 ya sabían todos que aquella guerra iba a ser extremadamente cruel; las bajas serían abrumadoras. Por esta razón, la maquinaria de la propaganda se puso a funcionar a todo rendimiento. Cuando miles de familias comenzaron a recibir la dolorosa noticia de un padre o un hijo caído en combate, los gobiernos europeos empezaron a no sentirse tan seguros de sí mismos.
Curiosamente, la clase trabajadora de todos los Estados combatientes tuvo una actitud leal y colaboradora, aún ante el hecho de las bajas masivas. Sin duda el espíritu nacional funcionaba eficazmente, eran gente sencilla que creía en la defensa de su patria, de sus familias y de sus vecinos. Durante un tiempo los conflictos sociales quedaron aparcados; había que luchar por la nación, y el orgullo de ser francés, alemán, británico o ruso actuaba como estimulante que enardecía los ánimos.
Para mantener aquella moral alta la propaganda actuó en dos escenarios: la vanguardia y la retaguardia. En la primera había que convencer al soldado de la importancia de su labor y de que era admirado por sus familias, que esperaban su regreso. En la retaguardia era necesario convencer a la población civil de que la guerra acabaría con la victoria final, de que los soldados se encontraban bien atendidos y contentos.
El correo entre el frente y la retaguardia fue uno de los instrumentos básicos para mantener firmes los ánimos, tarea difícil, porque en el verano de 1915 el conflicto ya parecía no tener solución.
En la siguiente postal los esposos o amantes se juran fidelidad en la separación cuando el soldado debe acudir al frente. La fidelidad es una virtud que se elogia por encima de todo.


En esta otra imagen se insiste en la fidelidad del soldado con su esposa y con su patria.

Otra imagen de fidelidad es la siguiente:

En esta otra imagen el soldado se despide de su familia y se refiere a la probable muerte como "entrar en Valhalla".

En el lado británico la propaganda pone menos énfasis en el deber y la fidelidad, prefiriendo dar más importancia al tono romántico, al de los sentimientos personales.

Como el soldado británico lucha en los campos de Francia, las postales podían incluir una frase en francés, para dar sensación de proximidad:

En el bando francés también se remarcaba el tono romántico; todo ello envuelto en una atmósfera idílica:

La propaganda hace continua referencia a la defensa de las fronteras frente al exterior. En la siguiente imagen este espíritu de defensa nacional aparece representado como un perro guardián:

Otro aspecto que había que cuidar era que en retaguardia se tuviese la seguridad de que los soldados estaban bien cuidados y atendidos:

Además, era necesario resaltar que se trataba de héroes, que se sacrificaban por la patria, aunque en un principio no aparezcan heridos y agotados:


El tono procura ser animado, quitando hierro al asunto; como en esta imagen donde se dice: "Un buen sombrero".

Pero, al prolongarse la guerra, los efectos devastadores del conflicto comenzaron a ser evidentes en retaguardia. La propaganda no pudo ocultar o disimular los cientos de miles de bajas que se producían en esta o aquella batalla. A la exaltación de la fidelidad conyugal y patriótica y al espíritu romántico los sustituyó el deseo de sobrevivir y la encomienda a Dios:


En la siguiente postal puede leerse: "Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden".


Sin duda los soldados de ambos bandos se comportaron valientemente; mucho más de lo que se puede esperar de un ser humano. Padecieron todo tipo de privaciones y trabajos, murieron en masa y miles de ellos quedaron terriblemente mutilados. Todo este inmenso caudal de valor y sacrificio fue malgastado en aquella guerra; los derrochadores fueron aquellas clases dirigentes a las que nos hemos referido, que dominaban la política y la economía. Sus intereses particulares primaron siempre sobre los de una población ingenua, que creía todavía en los grandes ideales de la nación. Aquel baño de sangre acabó por desengañar a muchos ciudadanos europeos, y el sentimiento de amor a la patria se trocó en odio de clase y acción política basada en la violencia. El socialismo y los movimientos obreros, que en un principio aceptaron colaborar en la defensa nacional, se fracturaron y surgió una nueva corriente partidaria de tumbar el sistema e instaurar una dictadura de la clase obrera. La revolución estaba en marcha.

Para una información más detallada sobre los combates en el frente Occidental, ver:https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/la-guerra-en-las-trincheras

domingo, 22 de junio de 2014

HACE 100 AÑOS

Hoy, 28 de Junio de 2014 hace 100 años que el nacionalista serbio Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro en la ciudad de Sarajevo. Aquel atentado sangriento puso en marcha las ruedas de una febril actividad diplomática que es conocida con el nombre de Crisis de Julio, que, tras agotadores esfuerzos, desembocó en el estallido de la Primera Guerra Mundial (https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/siglo-xx).
Con ello, un mundo entero caminó directamente hacia el suicidio. No quiero que se me interprete mal; aquel mundo era el de los grandes Imperios europeos, construidos durante varios siglos, amos del mundo en aquel tiempo. Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia eran potencias formidables, con economías en rápido crecimiento, sociedades prestas a alcanzar un alto nivel de desarrollo humano, dueñas de la inmensa mayoría del volumen de intercambios comerciales a nivel mundial. Manejaban los hilos de una porción abrumadora del capital financiero y controlaban ferreamente los mercados de África, Asia y Oceanía. Dominaban el Mundo y a gran parte de los pueblos de la Tierra.
                              Francisco Fernando de Austria.

Y a pesar de todo esto, fueron incapaces durante la Crisis de Julio de evitar el enfrentamiento armado que los llevaría a verse envueltos en un conflicto que se prolongó hasta 1945, a través de dos temibles guerras, al final del cual perdieron todos ellos la supremacía política, económica, militar y cultural en el Mundo. El caso de Rusia es especial, pues el antiguo imperio zarista quedó transformado en la punta de lanza de una ideología totalitaria con vocación internacional, la Unión Soviética(http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2013/12/europa-sin-historia.html).
¿Qué le ocurrió a la clase dirigente de la Europa de principios del Siglo XX para no darse cuenta de que estaban preparando su autodestrucción? La única respuesta posible es de carácter muy humano: soberbia y ambición, dos ingredientes habituales del espíritu de los que se consideran triunfadores.
Desde mediados del Siglo XIX se había ido gestando en Europa una clase política ávida de prestigio y poder; los escrúpulos eran escasos cuando se apreciaba la posibilidad de enriquecerse o ascender en la escala social. Esto suponía a la vez que la línea que separaba el ámbito político del ámbito estrictamente económico era extremadamente difusa; política y gran capital eran prácticamente la misma cosa. Aquella clase dirigente miraba con desdén a las clases trabajadoras y justificaba su encumbramiento por causa de una cierta superioridad con respecto a la mayoría, a la cual consideraba degradada moralmente.
No obstante, esta actitud altiva tenía una fuerte contestación desde principios del Siglo XIX por parte del socialismo y del anarquismo. Las organizaciones obreras fueron aumentando su capacidad de movilización de las masas y la efectividad de su propaganda ideológica, y con ello saltó la alarma entre las clases dirigentes de todos los Estados Europeos.
Cartel  sindicalista que anima a los trabajadores a la lucha social.

         
Impedir el desarrollo de la organización obrera y paralizar sus reivindicaciones no era tarea fácil; aunque se fuese cediendo poco a poco en ciertas parcelas, nadie podía evitar que las posturas maximalistas se resistiesen a desaparecer. A principios del Siglo XX el sufragio era prácticamente universal para los varones en toda Europa Occidental y muchas reivindicaciones de las organizaciones sindicales habían sido satisfechas, aunque todavía quedaban muchas otras sin alcanzar, y en conjunto aquella sociedad se hallaba muy lejos del bienestar.
La herramienta que pareció más eficaz a las clases dirigentes del Siglo XIX para mantener el sistema económico, social y político fue un concepto que había surgido paralelamente y como hermano gemelo de los derechos individuales; estamos hablando del Nacionalismo.
Las ideas que cuajaron definitivamente en la Revolución Francesa proclamaban una serie de derechos y libertades del individuo; es lo que los americanos habían denominado Derechos Humanos. Pero el individuo no estaba solo, los seres humanos se organizaban en sociedad. El sujeto físico de aquella sociedad era el pueblo, es decir, el conjunto de individuos que la componían, que, a su vez, era soberano en cuanto a decidir su destino. Los pueblos de la Tierra no estaban unidos, sino divididos en multitud de comunidades; a cada una de ellas se le llamaba Nación.
El concepto de Nación hundía muy profundamente sus raíces en la Historia de Europa; no en vano había sido indispensable para la formación del Estado moderno, pero ahora, vinculado a los ideales de la Revolución Francesa daba lugar a un nuevo engendro, un ismo, es decir una idea que pasaba a la categoría de creencia.
Durante todo el Siglo XIX las clases dirigentes de los Estados europeos utilizaron el Nacionalismo como argamasa capaz de mantener estrechamente vinculados a todos los grupos sociales que presentaban múltiples desavenencias entre ellos. Cuando la situación económica parecía estancarse, se emprendió la tarea de colonizar Asia y África como forma de conseguir materias primas, recursos energéticos y crear nuevos mercados; en esta faena participó toda la sociedad, fue una auténtica empresa nacional y proporcionó, a la vez, el argumento de la supuesta superioridad de la civilización europea, y por ende, de las naciones europeas.
                      Extracción de recursos en el África colonial.

Sin duda el espíritu nacional sirvió bien a los intereses de unas clases dirigentes que llegaron a creer que el momento de peligro había pasado porque las organizaciones políticas y sindicales obreras comenzaban a ser domesticadas gracias a ciertas concesiones y a la bonanza económica que había traído consigo el colonialismo. Tan importante era esto último que una de las causas de la tensión entre los Estados europeos anterior a 1914 era la opinión de que el reparto colonial no se había hecho de manera equitativa y que Alemania había quedado fuera del mismo a pesar de ser una de las mayores potencias industriales.
Las sociedades europeas de principios del Siglo XX se percibían a sí mismas como triunfantes. Dominaban el mundo, los avances de la ciencia eran espectaculares, en ciertos Estados estaba surgiendo una clase media cada vez más numerosa, la sociedad de consumo se imponía poco a poco, cada vez había más productos al alcance de todos. Y este exceso de confianza, esta ceguera ante los enormes problemas subyacentes fueron decisivas en la incapacidad para resolver la Crisis de Julio y evitar el estallido de la Primera Guerra Mundial.
El 29 de Julio de 1914 Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia y con ello comenzó el conflicto armado más importante que había conocido la Historia hasta el momento. Todos creían al principio que se trataría de una guerra corta, de apenas cinco meses, en la que cada nación europea pondría de relieve su valentía y su poder, pero los vistosos uniformes y las cargas de caballería acabaron ahogados en el barro de las trincheras. La matanza fue estúpida y, si ustedes me lo permiten, inútil.
Cuando aquellos políticos con la pechera llena de medallas e insignias cayeron en la cuenta ya era demasiado tarde para retroceder; no se habían dado cuenta de que la prosperidad europea se basaba en un delicado equilibrio que hacía mucho tiempo que costaba enormes esfuerzos para ser mantenido. El sistema había prosperado tras las guerras napoleónicas y poco a poco se había impuesto el Estado de Derecho y la ciudadanía, pero ahora las ambiciones gobernaban las mentes y se lanzó alegremente a los soldados a una guerra en la que aparecieron armas nuevas y terribles, en la que quedó enterrado el romanticismo y el optimismo del Siglo XIX.
 La caballería francesa es despedida en París entre vítores del público.

El conflicto se cerró en falso y abrió la puerta inmediatamente a las ideologías totalitarias, que proporcionaron a Europa un baño de sangre entre 1917 y 1945. Sus efectos se prolongaron hasta la desaparición de la Unión Soviética a finales del Siglo XX.

domingo, 1 de junio de 2014

COMENTARIOS SOBRE ESPAÑA. II

Hay ocasiones en que las cosas van tan absolutamente mal que es difícil que empeoren; contrariando a los pesimistas, que piensan que todo siempre puede ir a peor. A veces, digo, surge alguien providencial, alguien dispuesto a no dejarse avasallar por las circunstancias; y entonces ocurre que todo da un vuelco inesperado y rápido. Esto ocurrió con Alfonso VIII de Castilla entre finales del Siglo XII y principios del Siglo XIII.
El Siglo XII había sido nefasto para los reinos cristianos de la Península Ibérica. Alfonso VI había estado a punto de resolver la cuestión de la Reconquista definitivamente, pero la invasión de los almorávides desbarató esta posibilidad. Es cierto que el final de su reinado no fue tan desastroso desde el punto de vista militar como puede pensarse; fue capaz de detener la avalancha norteafricana y no perdió ningún territorio que hubiera conquistado previamente; incluso retuvo la ciudad de Toledo, punto crítico de toda la estrategia del Sur de la Meseta. Otra cuestión es que no dejó herederos varones, cosa que en aquella época era fuente de conflictos, porque según las leyes del Reino de León una mujer no podía reinar sola, y por esta razón su hija Urraca, viuda, se desposó por segunda vez para poder ceñir la corona. Contrajo matrimonio con su primo lejano Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Navarra, que como su apodo indica, dedicó buena parte de sus esfuerzos en combatir a los almorávides, que continuaban belicosos, aunque cada vez más acomodados al lujo de las ciudades hispanomusulmanas.

Moneda de Alfonso I el Batallador acuñada en Castilla.

Alfonso I el Batallador tuvo la oportunidad de unificar todos los reinos cristianos de la Península a comienzos del Siglo XII, pero la situación aún no estaba suficientemente madura y la nobleza de León, celosa de sus privilegios, se sublevó contra el enérgico rey aragonés, que entregaba castillos y dominios a los señores aragoneses y navarros. Finalmente, tras muchos enfrentamientos, el Papa anuló el matrimonio con la excusa de no haberse consumado y la nobleza del Reino de León se impuso, consiguiendo que fuese nombrado heredero del trono Alfonso VII, hijo del primer matrimonio de Urraca con un príncipe borgoñón.
Alfonso VII ciñó las coronas de León y Castilla en 1126, cuando el Imperio almorávide daba señas de cansancio. Antes de hacer la guerra a los norteafricanos impuso su autoridad a la nobleza, llegó a un acuerdo sobre las fronteras entre Castilla y Aragón e intentó extender su influencia al Norte de los Pirineos; por todos estos éxitos en 1135 se hizo coronar "Emperador de toda Hispania" en la catedral de León.
                       Moneda de Alfonso VII con el título de Emperador.

Sin embargo, y de forma un tanto semejante a lo que le ocurrió a su abuelo Alfonso VI, sus logros iniciales se cerraron al final de su reino con una serie de reveses que poco después conducirían a la Hispania cristiana al borde de la catástrofe. Confiado en la debilidad de los almorávides, realizó varias campañas militares en territorio musulmán; entre 1146 y 1149 ocupó la ciudad de Córdoba; por estas fechas el Imperio almorávide se desmoronaba y surgían de nuevo los reinos de taifas. Sin embargo, esta situación fue poco duradera, porque casi simultáneamente llegan a la Península los primeros ejércitos almohades, llamados por los débiles reyes de las taifas, que temían ser aniquilados por los castellano-leoneses.
Los almohades (al-muwahhidun, "defensores de la unidad religiosa") eran una secta islámica surgida en las montañas del Atlas que propugnaba una versión más compleja y mística del Islam, en lugar de la religión simple que predicaban los almorávides. Hacia 1147 se habían adueñado de Marruecos y habían comenzado a intervenir en la Península Ibérica; en 1172 ejercían ya un firme control sobre las nuevas taifas.



 En 1157 Alfonso VII murió demostrando que sus ambiciones imperiales corrían parejas a su sentido patrimonial de la Corona; tuvo la ruinosa idea de repartir sus reinos entre sus hijos; al primogénito, Sancho III, entregó Castilla, mientras que al menor, Fernando II, entregó León. Ambos reinos permanecieron separados durante casi tres cuartos de siglo, hasta que Fernando III el Santo los reunió en 1230.
Esta división puso fin a las ambiciones leonesas de establecer un imperio sobre toda la Hispania cristiana. Durante mucho tiempo, León había sido el mayor y más importante de los Estados hispanocristianos, pero la Reconquista del Siglo XI había permitido la expansión de Castilla hasta casi igualar las dimensiones de aquel.
Sancho III solo sobrevivió un año a su padre y al morir dejó el trono en manos de un niño de tres años de edad, Alfonso VIII.
Alfonso VIII
     
Este rey niño era la ocasión que estaban esperando los nobles castellanos para imponer su voluntad y socavar la autoridad real. Se formaron dos bandos rivales en torno a las familias de los Castro y los Lara; durante diez años los nobles usurparon la autoridad real e incrementaron sus dominios señoriales. Aumentaron los tributos y se expandieron los derechos señoriales; el pueblo sufrió toda clase de arbitrariedades y abusos.
Si no hubiera sido por la resistencia desesperada de los concejos establecidos a lo lago del río Tajo, dirigidos por la pequeña nobleza de los caballeros, los almohades hubieran hecho retroceder la Reconquista a los tiempos de Almanzor, pero las fronteras aguantaron, a pesar de los enfrentamientos civiles que padecían Castilla y León.
¿Quién iba a pensar que aquel niño tendría años después el necesario carácter para devolver a la nobleza al sitio que le correspondía, recuperar lo perdido cuando, por su corta edad, no podía defenderse y asestar un golpe mortal al Islam que acabaría con más de un siglo de invasiones norteafricanas.
Verdaderamante, aunque los siglos XI y XII fueron una sucesión de contratiempos para el nuevo proyecto de un Estado español unido, hay que reconocer que también hubo una sucesión de grandes reyes que lucharon sin descanso. Sin figuras como las de Alfonso VI, Alfonso I el Batallador, Alfonso VII y Alfonso VIII no hubiera sido posible la expulsión de los norteafricanos y el avance del proyecto español.
Como hemos afirmado, la minoría de edad de Alfonso VIII fue una calamidad para Castilla, no solo porque la nobleza intentase una feudalización total del reino, sino también porque los reyes de León y Aragón aprovecharon para arrebatarle tierras al rey niño e intervenir en las disputas de los nobles castellanos.
Finalmente, quienes acudieron en ayuda del joven rey fueron los concejos de las villas de Castilla. Los caballeros de las ciudades y el pueblo llano entendían que su único protector era el rey; debían, por tanto, preservarlo de peligros y acrecentar su autoridad; en caso contrario, se verían todos en manos de la gran nobleza, sometidos a los abusos feudales.
Ávila fue la más empeñada en dar protección y refugio al rey. En torno al joven monarca se reunieron hombres fieles que lo apartaron de las garras de los Lara y los Castro, y de esta manera en 1170 fue proclamado rey de Castilla en las Cortes de Burgos.
Podemos ver con asombro cómo el pueblo llano toma la iniciativa en fechas muy tempranas en el reino de Castilla, y cómo la nobleza feudal retrocede en sus exigencias ante aquel monarca, paso previo en la consolidación de la autoridad del Estado. La idea de España se concreta, el camino hacia la unidad peninsular parece más firme y abierto. Este camino hacia la unidad de los reinos hispanos comienza con la desaparición del Califato de Córdoba y termina con los Reyes Católicos.
El joven rey tomó la iniciativa y ajustó cuentas con Sancho VI, rey de Navarra, que aprovechando su minoría de edad le había arrebatado parte de La Rioja. También obligó a su tío Fernando II, rey de León a devolverle la ciudad de Burgos, de la que se había apoderado tiempo atrás. Para llevar a cabo estas hazañas se alió con Alfonso II el Casto, rey de Aragón, con el cual acabó firmando el tratado de Cazorla en 1179, por el que se repartían las respectivas influencias en la Península y las zonas de Reconquista en territorio musulmán.
Los almohades provenían de una sociedad más urbana y desarrollada que los almorávides y Al-Ándalus les ofrecía un nivel cultural y económico elevado. Establecieron su capital peninsular en Sevilla y desde sus dominios continuaron durante todo el Siglo XII la mayor amenaza para los territorios fronterizos de Castilla y Aragón. Alfonso VIII se propuso someter el valle del Guadiana y repoblarlo, paso indispensable para detener las ofensivas almohades. Conquistó la ciudad de Cuenca en 1177 e hizo retroceder a los musulmanes a la margen Sur del río. No obstante, sufrió una grave derrota en 1195, en Alarcos, villa recién fundada, que quedó totalmente destruida. La causa de la batalla fue la respuesta almohade a las expediciones militares que habían llevado a cabo poco antes las gentes de Alfonso VIII en el Valle del Guadalquivir.

                             Ruinas del Castillo de Alarcos en la provincia de Ciudad Real.

La derrota fue catastrófica, porque los castellanos se batieron en retirada y los almohades llegaron hasta las mismas puertas de Toledo; retrocedió de esta manera la Reconquista en todo el Sur de La Mancha y todas las plazas que tenía Alfonso VIII en aquella zona se perdieron.
Podríamos pensar que en aquellas fechas el rey castellano había recibido tal golpe que abandonaría el proyecto de devolver a los almohades a África; pero no fue así.
Hemos dicho al principio que en ocasiones, cuando las cosas se ponen difíciles, un carácter basta para dar la vuelta a la situación; pues bien, este era el carácter de Alfonso VIII.
Diecisiete años después, casi al final de su reinado Alfonso VIII se vengo de la derrota de Alarcos. En lugar de caer en la desesperación, se dedicó insistentemente a recuperar lo perdido, dando protagonismo a las órdenes militares de Alcántara, Calatrava y Santiago, buscando el apoyo del Papa y urdiendo una coalición con todos los reinos cristianos de la Península.
Inocencio III, Papa desde 1198, declaró la cruzada contra los almohades; en ello colaboró fervientemente Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo, hombre partidario de la lucha sin tregua contra el Islam. Enterado de estos acontecimientos Muhammad An-Nasir, califa almohade conocido como Miramamolín por los cristianos, tomó la determinación de cruzar el estrecho y dirigirse a Al-Ándalus para enfrentarse a la ofensiva de los cruzados. Alfonso VIII había alcanzado un acuerdo con los reyes de Aragón, Navarra, León y Portugal para, todos unidos, derrotar definitivamente a los almohades. Esto ocurrió el Lunes 16 de Julio de 1212 en las Navas de Tolosa, provincia de Jaén.
La batalla de Las Navas de Tolosa supuso la derrota total de los almohades en la Península Ibérica y el comienzo de la descomposición de su imperio en el Norte de África. Al-Ándalus se dividió de nuevo en taifas que volvieron inmediatamente a pagar tributos a los reinos cristianos y el Valle del Guadalquivir quedó abierto a la Reconquista y posterior repoblación castellana. El fin de la lucha secular entre cristianos y musulmanes se acercaba, pero no era inminente; las dificultades de la repoblación y el rebrote de los conflictos señoriales y dinásticos en Castilla permitió la supervivencia del último reducto del Islam en la Península: el reino de Granada, última taifa.
Navas de Tolosa, provincia de Jaén.

      Alfonso VIII solo fue rey de Castilla, pero su importancia en el proceso de unificación peninsular y formación de España es inmensa. Como hemos afirmado anteriormente, en tiempos difíciles surgen personalidades dispuestas a no ceder una vez decidida la empresa. Durante el reinado de AlfonsoVIII se producen tres fenómenos sin los cuales la unidad peninsular hubiera sido imposible.
En primer lugar el sometimiento de la alta nobleza, que se ve obligada a abandonar sus pretensiones feudales y a aceptar la autoridad real. Los nobles volverían a las andadas, pero en este momento especialmente importante la Corona quedó afirmada.
En segundo lugar la aparición del pueblo llano como actor principal de los acontecimientos históricos a través de los concejos, forma de organización de las comunas urbanas.
En tercer lugar el fin del dominio norteafricano sobre la Península Ibérica gracias a la gran victoria obtenida en Las Navas de Tolosa.
En la siguiente entrada de esta serie comentaremos detalladamente los acontecimientos previos a esta batalla, su desarrollo y sus consecuencias.