miércoles, 20 de mayo de 2015

RÍO NILO. IV

Todos hemos sentido inquietud en alguna ocasión, cuando intentando concebir la inmensidad del tiempo, hemos retrocedido en nuestra mente siglos, milenios atrás. Este ejercicio produce vértigo, una extraña sensación; cuando nos asomamos a la profundidad del pasado nos sentimos perdidos.
El tiempo pasa y unas cosas aparecen y otras desaparecen en una secuencia sin aparente fin; si hay algo seguro es que todo es perecedero.
Pero hubo una civilización que pretendió desafiar al tiempo, permanecer eternamente, ser inmutable; el tiempo podía ser inmenso, inabarcable, y sin embargo, aquellos humanos serían sus amos, lo tendrían sometido. Nos referimos a la civilización egipcia.
Los egipcios creían que los comienzos de su civilización se remontaban al mismísimo origen del tiempo, zep tepi lo llamaban; la Historia del mundo era la Historia de Egipto, ambas se confundían. Aún así, eran conscientes de la dificultad de recordar los orígenes de su civilización; era un tiempo demasiado lejano y muchas cosas se habían olvidado. Se habían recogido unas listas de reyes, que al menos llegaban hasta 3.000 a. C., pero el recuerdo de los acontecimientos anteriores a este tiempo era confuso, poco preciso y mítico. Sin temor a equivocarnos, podemos decir que los egipcios, que creían pertenecer a una civilización eterna, desconocían el origen de la misma.

Desiertos del Sahara, Libia y Egipto.

Hace 11.000 años los hielos de la última glaciación retrocedieron en todo el planeta y esto trajo consigo una serie de cambios climáticos que afectaron de diversa forma a las distintas zonas del mundo.
En África, la franja territorial del clima tropical húmedo se ensanchó considerablemente, debido a lo cual, en lo que hoy en día son los desiertos del Sahara, Libia y Egipto se estableció un régimen de precipitaciones caracterizado por una estación seca y otra lluviosa. Durante ésta última, las precipitaciones eran abundantes, permitiendo la existencia de una vegetación herbácea, salpicada de bosquecillos y zonas de matorral. Una variada fauna de herbívoros se alimentaba de esta masa vegetal; abundaban las gacelas, los antílopes, los asnos salvajes, las jirafas y los elefantes. En las pinturas rupestres del macizo sahariano de Tassili N,ajjer han quedado bellos testimonios de aquella diversa fauna.

 Pinturas rupestres de Tassili N,ajjer, Argelia.

5.000 años a. C. el Norte de África estaba habitado  por comunidades de ganaderos y agricultores que aprovechaban los recursos naturales de aquella inmensa sabana; esto también está representado en las pinturas de Tassili N,ajjer.

             Pintura rupestre de Tassili N,ajjer, Argelia.

En estas pinturas puede verse a ganaderos de vacuno que complementan su alimentación con la caza de cabras y antílopes. La hierba era, sin duda, el recurso más abundante en aquel medio, que en absoluto podía calificarse de seco. Dado que el Norte de África es abundante en zonas de endorreismo, las lagunas y zonas pantanosas eran habituales en todo el territorio, contribuyendo este fenómeno a la abundancia de recursos hídricos que eran aprovechados por aquellos pobladores.
Sin embargo, las condiciones climáticas volvieron a cambiar en aquella época; aproximadamente en 5.000 a. C., la franja climática del tropical húmedo comenzó a estrecharse de nuevo y la estación de las lluvias se redujo paulatinamente, de manera que cada vez era más corta y traía menos precipitaciones. Los pastos fueron desapareciendo poco a poco y los reemplazó una reseca estepa primero y después el desierto.
Las comunidades humanas sometidas a este proceso de cambio climático afrontaron como pudieron lo que cada vez se parecía más a una catástrofe. En el VI milenio a. C. unas comunidades de ganaderos y agricultores asentados a unos 100 km al Oeste de Abú Simbel parecían ya muy preocupados por saber el momento exacto de la llegada de la estación de las lluvias. Vivían en un lugar conocido como Playa Nabta, donde las aguas de lluvia formaban una laguna. No obstante, si las lluvias se retrasaban o no llegaban, la comunidad entera se encontraba al borde del hambre; tan delicado era el equilibrio con el medio.
Hoy en día Paya Nabta es un feroz desierto, pero en aquel tiempo albergaba una numerosa población que intentaba adaptarse a un clima cada vez más seco. Para saber cual era el momento exacto de la llegada de las lluvias, construyeron un calendario formado por un círculo de piedras en cuyo interior se dispusieron otras alineadas que señalaban los solsticios y los equinoccios.

                   Círculo de piedras de Playa Nabta.

Todos los esfuerzos de los habitantes de Playa Nabta para sobrevivir en aquel lugar fueron inútiles, porque el desierto continuó avanzando año tras año. Entre 5.000 y 4.000 a. C. la inmensa mayoría de las comunidades que vivían en el Sahara se vieron obligadas a abandonar la zona; unos emigraron hacia el Norte, hacia la costa del Mediterráneo, donde el clima era más húmedo y permitía la agricultura de los cereales; otros emigraron hacia el Sur, hacia el Sahel, donde la estación de las lluvias todavía permitía el crecimiento de pastos para el ganado; y otros muchos emigraron hacia las orillas del río Nilo.



A finales del VI milenio ya había población asentada el el Bajo Egipto; es decir, los asentamientos comenzaron antes del proceso de desertización del Norte de África. En el Fayum, al Oeste de el Cairo, se establecieron grupos de agricultores y ganaderos junto al lago Birket Qarun, del cual aprovechaban los recursos pesqueros.
También en el Delta y cerca de el Fayum se han hallado poblados compuestos por cabañas ovales cuyos habitantes criaban vacas, ovejas, cabras y cerdos; además, cazaban hipopótamos y cocodrilos.
A comienzos del IV milenio la población establecida a orillas del Nilo era numerosa; procedente en gran parte de las zonas desérticas del Sahara y Libia; aunque también se registra un flujo de inmigrantes procedentes del Sinaí y Siria. En Naqada, al Norte de Luxor, en el Alto Egipto, se desarrolló una cultura de agricultores y ganaderos que políticamente se organizó en estados gobernados por reyes hacia 3.500 a. C. También por las mismas fechas aparecen los primeros Estados en el Bajo Egipto; todos ellos son pequeños territorialmente hablando y, por lo que parece, a menudo se encuentran en guerra entre sí.
En el cuchillo de sílex y mango de marfil encontrado en Djebel-el-Arak (colección de Louvre), Alto Egipto, puede verse una decoración que representa una enconada lucha entre dos pueblos; parte del combate se desarrolla en el río, donde flotan unas barcas. En la cara opuesta del mango se representa a un rey poderoso que domina a dos leones.

                                Cuchillo de sílex de Djebel-el-Arak.

Sin duda, la guerra entre las distintas comunidades asentadas a orillas del Nilo fue una de las razones de la aparición de estos reyes guerreros, cuyas principales cualidades eran el valor y la fuerza. Estos reyes gustaban de ser representados como grandes vencedores; así lo vemos en la paleta ritual de tocador denominada Paleta de la Caza del León, donde el rey, armado con arco, abate a un león, acompañado de un séquito de guerreros con cola de chacal; aunque aparentemente parezca una escena de caza se trata de una escena política y militar, en la que aparece una coalición de varios pueblos, cuyos símbolos totémicos, el ibex, el avestruz, la cabra, el ciervo y el chacal, desfilan entre las dos hileras de soldados; el león vencido representa probablemente a un príncipe de la ciudad de Menfis.


Paleta de la Caza del León.

Estas paletas de tocador, talladas en pizarra y lutolita, y de carácter conmemorativo, eran utilizadas en las ceremonias por aquellos reyes de IV milenio, y en todas se representan los animales totémicos de aquellos pequeños reinos. En otra, conocida como Paleta del León Vencedor (Museo Británico, Londres), el mismo león, con la ayuda de los alcones, derrota a unos guerreros desnudos y chupa la sangre de uno que probablemente debe ser el jefe.

                     Paleta del León Vencedor.

En otra paleta conocida como Toro del Gran Poder (colección del Louvre), procedente de Abydos, el totem del toro del gran poder, título que más tarde adoptaron los faraones, cornea a un enemigo, mientras en la parte inferior puede verse una ciudad amurallada cuyo símbolo es el león, que inicia el inventario de los pueblos conquistados; en la otra cara están representados los estandartes de los aliados del Toro que poseen brazos que agarran la cuerda con la que cautivan a los enemigos.

                Paleta del Toro del Gran Poder.

Estos príncipes del Alto y el Bajo Egipto dirigen sus pequeños reinos durante la etapa final del período denominado Predinástico, que abarca desde comienzos del IV milenio hasta 3.100 a. C. aproximadamente. Este es el período en el que se introduce en Egipto la metalurgia del cobre, procedente de Asia con probabilidad.
Pero, no solo la guerra entregó el poder a estos príncipes del Nilo; también lo hizo el deseo de aumentar la producción. Desde comienzos del IV milenio la población aumentó considerablemente a orillas del río; muchos pastores nómadas se habían establecido recientemente junto a aquella fuente de agua. Por otra parte, a mediados del IV milenio aparecieron grupos sociales que no producían alimentos; eran metalúrgicos, alfareros, canteros, panaderos, comerciantes, sacerdotes, administradores del palacio y profesionales de la guerra; a todos ellos había que alimentarlos, y para eso era necesario aumentar la producción agrícola. Además, los cereales y las legumbres eran el único recurso abundante en Egipto para ser intercambiado por materias primas que escaseaban; sobre todo la madera.
El problema era que las orillas del Nilo por sí mismas no eran favorables a la agricultura; estaban ocupadas en buena parte por pantanos y lagunas; la maleza era espesa y en ella habitaban animales feroces, como el hipopótamo, el cocodrilo y el león. El río Nilo se desbordaba todos los años a finales del verano como consecuencia de la estación de las lluvias en África central, y la inundación era catastrófica para los campos si no se la controlaba adecuadamente.
Así, las poblaciones establecidas a orillas del río debieron desbrozar la maleza y ahuyentar a los animales salvajes primero; después debieron desecar los humedales y construir diques y canales para controlar la inundación. Para organizar y dirigir estas grandes obras surgieron caudillos que poco a poco fueron acumulando un poder que pronto legitimaron gracias a las creencias religiosas; las buenas o malas cosechas se vincularon muy pronto a la capacidad de aquellos reyes para establecer vínculos con los dioses y restablecer el equilibrio en el mundo cuando este amenazaba ser roto por las fuerzas destructoras de la naturaleza. El rey, por tanto, era una especie de guerrero místico, que vencía a todos los peligros gracias al favor de la divinidad.
Desde un principio, antes aún del IV milenio, los pobladores del Nilo se dedicaron a observar el Nilo; de esta forma, dividieron el año en tres estaciones:

  1. Ajet. Estación de la Inundación. Finales del verano y otoño.
  2. Peret. Estación de la Siembra. Invierno y principio de la primavera.
  3. Shemu. Estación de la Recolección. Finales de la primavera y principios del verano.
Para saber con exactitud cuando comenzaría la inundación, los egipcios estudiaron el lugar que ocupaba el Sol en el cielo cada día, situando el día exacto el 29 de agosto, fecha en la que debía estar terminada la recolección y los diques y canales preparados.
El Nilo, no solo regaba los campos, sino que también depositaba un fino limo muy rico en nutrientes que abonaba la tierra. De esta forma, una vez controlada la inundación, los campos de Egipto proporcionaban abundantes cosechas; era la tierra más fértil jamás conocida.

Campos del delta del Nilo.

Aquellos reyes de finales del período Predinástico aparecieron ante todos como los únicos que podían interceder para que la inundación no fuese ni escasa ni excesiva; si no era moderada, sobre Egipto se cernía el hambre y la muerte. Pero también ellos fueron los encargados de guardar los excedentes de los años de bonanza para administrarlos sabiamente y redistribuirlos en los años de escasez; mantenían un equilibrio que a menudo era precario.
Hacia 3.500 a. C. destacaban dos grandes centros urbanos a orillas del Nilo; en el Bajo Egipto, la ciudad de Buto; en el Alto Egipto, la ciudad de Nejen, llamada Hierakompolis por los griegos.



En Hierakompolis había un templo donde se le ofrecían sacrificios de animales a Horus, el dios halcón. El templo estaba construido con pilares de madera importada, y la ciudad era conocida como ciudad del halcón.

Templo de Horus en Hierakompolis.


                 Maqueta del templo predinástico de Horus en Hierakompolis.

Hierakompolis era con seguridad la ciudad más importante a orillas del Nilo hacia 3.500 a. C.; en ella vivían una gran cantidad de artesanos y participaba en el comercio de larga distancia a través de rutas que la comunicaban con el Delta y Asia. Hacia 3.250 a. C. aproximadamente, en Hierakompolis había un rey que había conseguido ya identificarse con Horus, el dios halcón. Sabemos que este rey era conocido como Horus Escorpión y que se encargaba de organizar los grandes proyectos para la mejora de la irrigación como puede verse en una maza votiva que fue encontrada en un depósito del templo de Horus de Hierakompolis, reconstruido por Tutmosis III.

                Maza del Rey Escorpión.

En la maza votiva de piedra caliza puede verse al rey Escorpión tocado con la corona del Alto Egipto, portando el rabo de toro y empuñando una azada, con la que se dispone a hacer la apertura ritual de un canal; su nombre aparece frente a su rostro en la forma de un escorpión. En la parte superior de la maza aparecen unas pértigas que representan a los pueblos vencidos por el rey.
Que Escorpión era rey en Hierakompolis hacia 3.250 a. C. es algo de lo que no cabe duda, pero su reino abarcaba un territorio más amplio, pues también incluía la ciudad de Abydos, situada más al Norte. En Abydos también se rendía culto a Horus, el dios halcón y a su padre Osiris, que según el mito fue rey de Abydos en los tiempos en que los dioses gobernaron en Egipto. Sea como fuere, Horus era el dios tutelar de ambas ciudades, y esto puede indicar que la relación entre ellas era ya antigua en tiempos del rey Horus Escorpión.

                            Estela del faraón Djet (serpiente), I dinastía. Horus sobre la ciudad de Abydos.

No sabemos si Horus Escorpión fue rey desde un principio de Abydos e Hierakompolis, o partiendo de una de las dos, se adueñó más tarde de la otra. En todo caso, era un rey guerrero que consiguió someter todo el Alto Egipto. La conquista que lo elevó a la supremacía sobre toda la región fue la de la ciudad de Naqada, situada en el centro de una gran curva del curso del Nilo en el Alto Egipto; Abydos se encuentra en el sector Norte de esta curva, mientras que Hierakompolis está más al Sur.


Naqada era un importante centro comercial que controlaba varias rutas que convergían en la zona. Escorpión debió bajar desde Abydos y atravesar el desierto hasta Naqada, actuando con las dotes propias de un gran general. En un lugar del desierto cercano a Naqada, Escorpión ordenó hacer unas inscripciones conmemorativas de su gran victoria; el lugar es conocido con el nombre de Gebel Tjauti. Estas inscripciones conmemorativas, llamadas por los arqueólogos Retablo de Horus Escorpión, están grabadas en un abrigo de la montaña del desierto, y representan en una primera escena al halcón sobre el escorpión, símbolo del rey victorioso.

                  Reproducción gráfica del Retablo de Horus Escorpión.

A la izquierda de estos símbolos, puede verse a un sacerdote participando en una procesión religiosa.

                       Ceremonia religiosa del Retablo de Horus Escorpión.

Más a la izquierda aún aparece el rey empuñando una maza y sujetando a un cautivo con una cuerda; imagen que precede iconográficamente a la del rey Narmer en su paleta votiva.

  Horus Escorpión con maza y cautivo.

Junto al cautivo se ve un símbolo que lo identifica, la cabeza de un toro, que con probabilidad se refiere al rey de Naqada.
Con aquella gran victoria, Escorpión se convirtió en el rey más poderoso del Alto Egipto y cobraba tributos a todos los habitantes de este país. Estos tributos eran almacenados en un palacio de ladrillo que construyó en Hierakompolis; el edificio era de gran tamaño y poseía numerosas habitaciones.

                  Reconstrucción del palacio de Hierakompolis hacia 3.250 a. C.

Para llevar la contabilidad de todos los tributos que recaudaba en su extenso reino, Horus Escorpión se vio obligado a crear un sistema de símbolos, gracias al cual podía saber de dónde procedía y quién había tributado cada producto almacenado. Sabemos que esto fue así gracias al hallazgo de la tumba de Horus Escorpión en Abydos.

                  Tumba de Horus Escorpión en Abydos.

No sabemos por qué causa Horus Escorpión decidió enterrarse en Abydos, lo cierto es que muchos otros lo imitaron después durante el período Predinástico y durante la I Dinastía. La tumba, que consiste en una gran fosa rectangular revestida de ladrillo, está provista de tabiques interiores que limitan doce habitáculos que se comunican entre sí a través de rendijas a modo estrechas puertas. Toda la construcción era una réplica del palacio real, y la intención de esta obra fue que sirviese de morada eterna para el difunto. Fue tapada después con un túmulo de tierra, y se convirtió en el modelo de tumba de los siguientes reyes del Egipto Predinástico; con la misma estructura se construyeron después las tumbas de mastaba, que pasando el tiempo dieron lugar a las pirámides.
El ajuar de la tumba de Horus Escorpión debió ser muy rico, pero ya fue saqueado en la antigüedad; no obstante, cuando fue excavada la tumba por el arqueólogo alemán Günter Dreyer, se encontraron muchos objetos que aún permanecían en el mismo lugar donde fueron depositados. En una de las salas se guardaban cientos de vasijas de importación, procedentes de Siria, que en su día contuvieron vino, aceite y grano para la vida de ultratumba del rey. En otras vasijas aparece dibujado el símbolo del escorpión, identificando al propietario de la tumba. Este símbolo demuestra inequívocamente que el rey Escorpión gobernó en el Alto Egipto hace 5.250 años; también queda demostrado que existían relaciones comerciales entre el Nilo y Siria en aquella lejana época.


Vasija encontrada en la tumba de Horus Escorpión en Abydos.


Otro objeto que se encontró en la tumba fue un cetro de marfil con forma de cayado, bastón que utilizan habitualmente los pastores y que sería uno de los símbolos del poder de los faraones durante toda la Historia de Egipto. La identificación del rey con el pastor se basa en un paralelismo entre ambos; de la misma manera que el pastor protege y conduce el ganado hasta el agua y el pasto, el rey protege y conduce al pueblo hacia la prosperidad.

                 Cetro encontrado en la tumba de Horus Escorpión en Abydos.

Efectivamente, hacia 3.250 a. C. un rey que dominaba todo el Alto Egipto se había identificado con los principales símbolos de los faraones posteriores; se tocaba con la corona blanca, empuñaba la maza de piedra contra los enemigos vencidos, había adoptado el nombre del dios Horus y se mostraba ante todos con el cetro en forma de cayado.
Pero, lo más sorprendente que llevó a cabo aquel rey fue crear una administración capaz de llevar la contabilidad del Estado y elaborar documentos que certificasen los asuntos. En la tumba de Abydos se encontraron 160 tablillas de hueso y marfil del tamaño de un sello postal con imágenes grabadas y un agujero para pasar a través de él un cordón que permitiese atarlas a objetos diversos. Estas tablillas serían etiquetas donde estuviese anotada la procedencia de las cajas o vasijas a las que iban atadas. Diciéndolo de otro modo, las tablillas eran etiquetas que informaban sobre la procedencia de los tributos que eran entregados al rey; es decir, quién los entregaba y de donde venían.

                Etiquetas de la tumba de Horus Escorpión en Abydos.

Los símbolos de estas etiquetas son el primer ejemplo de escritura jeroglífica del que tenemos noticia y suponen un código en el cual cada imagen significa un concepto o una sílaba que componen palabras o grupos de palabras con significado. Por ejemplo, la siguiente etiqueta, donde se representa a un elefante en las montañas, tiene un valor fonético equivalente a la palabra Abydos.

                 Etiqueta de la tumba de Horus Escorpión en Abydos.

Los resultados del C-14 para estas etiquetas dan una fecha alrededor de 3.250 a. C. En aquel lejano tiempo ya había un rey que cobraba tributos en todo el Alto Egipto, como puede comprobarse en lo que dicen aquellos primeros símbolos jeroglíficos. Unos funcionarios reales se encargaron de establecer este código y cuidar de que se utilizase adecuadamente para llevar una contabilidad eficaz.
En el depósito del templo de Hierakompolis, restaurado en el Imperio Nuevo, junto a la maza votiva de Horus Escorpión se encontró otro objeto ritual que perteneció a otro rey, Narmer. El objeto consistía en una paleta de tocador de pizarra, ricamente esculpida con unas escenas que recuerdan claramente a las del retablo de Horus Escorpión.
En una de las caras puede verse al rey en una imagen clásica empuñando la maza y disponiéndose a descargarla sobre la cabeza de un enemigo arrodillado; tras él, la curiosa imagen de un sirviente que lleva al rey el calzado y un botijo, exacto a los que se fabrican hoy en día en España. Sobre el vencido puede verse al halcón de Horus que lleva cautivo por la nariz a un prisionero del que brotan plantas de papiro, símbolo del Bajo Egipto; en la banda de abajo están representados los enemigos muertos en la batalla.
Esta cara de la paleta ha sido interpretada como la conmemoración de una gran batalla en la cual Narmer salió victorioso y que le permitió conquistar el Bajo Egipto; según esto, Narmer sería el unificador de los dos reinos y el primer faraón de Egipto.

               Paleta de Narmer.

En la cara opuesta de la paleta pueden verse en el centro dos leones con los cuellos enlazados y sujetados por cuerdas, que parecen simbolizar la unión de los dos reinos, el Bajo y el Alto Egipto. Por encima, aparece el rey ciñendo la corona roja del Bajo Egipto y participando en una procesión donde desfilan varios estandartes; frente a él están representados los vencidos, que han sido decapitados. En la banda de abajo aparece un símbolo que ya era un clásico en tiempos de Narmer, el toro cornea al enemigo.

            Paleta de Narmer.

Narmer se enterró muy cerca de Horus Escorpión, en Abydos, en un lugar que hoy es conocido como Umm el-Qaab, que significa "la madre de las vasijas" por la enorme cantidad de restos de cerámica que allí se encuentran.


                        Tumba de Narmer.

En Umm el-Qaab se enterraron varios reyes del período Predinástico y algunos más de la I Dinastía; todos ellos construyeron tumbas que seguían el esquema de Horus Escorpión; una fosa revestida de ladrillo en la que puede haber varias habitaciones separadas por tabiques. En los alrededores de la tumba de Narmer se encontró una etiqueta de marfil, semejante a las que se hallaron en la tumba de Horus Escorpión; su utilidad también era la de ser un recibo de tributos entregados por los diferentes territorios del reino. En este caso, en la etiqueta se había grabado una escena muy parecida a la de la Paleta de Narmer. Es evidente que en esta etiqueta concreta se quiso registrar el año en el que se pagó el tributo, y la forma de indicarlo fue representar un acontecimiento importante que ocurrió justamente en aquel año.


                          Etiqueta de Narmer.

La etiqueta representa una victoria del rey Narmer sobre los pueblos del Delta, es decir, hace referencia al mismo acontecimiento histórico que se recuerda en la paleta votiva del rey. Si es así, y todo parece confirmarlo, Narmer, rey del Alto Egipto, tras una cruenta guerra, conquistó el Bajo Egipto y unió ambos reinos; sería el primer faraón de la Historia.
No obstante, Manetón, sacerdote de Ra, escribió en el Siglo III a. C. una obra llamada Aegyptíaka, en la cual establece treinta dinastías de reyes en Egipto y, según él, el primer faraón de la I Dinastía fue Menes, unificador de los dos reinos del Bajo y del Alto Egipto e iniciador de aquel poderoso Estado que perduró casi 3.000 años.
Algunos egiptólogos identifican a Menes con Narmer, otros, sin embargo, creen que fueron reyes diferentes. Si estos últimos tienen razón, Narmer perteneció a la denominada Dinastía 0, compuesta por reyes anteriores a la lista de Manetón. Pero como hemos visto, Narmer obtuvo una gran victoria sobre los habitantes del Bajo Egipto. ¿Fue una victoria definitiva?¿O fue Menes el auténtico unificador del reino? En todo caso, para los partidarios de identificar ambos personajes no existe el problema, Narmer no pertenecería a la Dinastía 0, sino a la I Dinastía.
Lo cierto es que Narmer se enterró en Abydos, señalándose como sucesor de Horus Escorpión. Como hemos dicho anteriormente, Horus Escorpión vivió alrededor de 3.250 a. C.; si Narmer y Menes son el mismo, esto fue 150 años después; es evidente que entre Horus Escorpión y Narmer hubo varios reyes, los de la Dinastía 0.
Quizás la unificación de Egipto no fuese repentina, producto de una gran batalla, sino de un proceso que duró más de un siglo. De lo que no cabe duda es de que dicho proceso a veces fue violento; pero también fue pacífico, se consolidó a través de los intercambios comerciales y culturales.
A menudo se pone a Egipto como ejemplo de civilización estática, que apenas si cambió a lo largo del tiempo; pero esto es inexacto. La civilización egipcia fue el resultado de la mezcla de las culturas y creencias de multitud de pueblos que acudieron a las orillas del Nilo, buscando un recurso que era escaso en el desierto: el agua. Fue un proceso lento que duró 1.000 años, y cuya etapa más visible fue la última, la de la unificación política, entre 3.300 y 3.100 a. C.

lunes, 20 de abril de 2015

RIO NILO. III



De forma casi instintiva, cuando traemos a la memoria el antiguo Egipto, regresan siempre a nuestra mente los tiempos de la IV dinastía, aquella que construyó las grandes pirámides de Giza. Ya en aquella época los egipcios tenían absolutamente claro que el Alto Egipto terminaba en la 1ª catarata; más allá se extendía una tierra inmensa, habitada por hombres de piel negra y sorprendentes ojos azules, Nubia.
En tiempos de Snofru (2.614-2.579 a. C.), primer faraón de la IV dinastía ya se realizaban expediciones al Sur de la 1ª catarata; su objetivo era obtener algunas materias primas de gran valor, como incienso, marfil, ébano, aceites y pieles de pantera. Se trataba de expediciones comerciales tuteladas por el faraón y dirigidas por funcionarios de alto rango.




Durante la VI dinastía, el faraón Meriré Pepi I continuó con las empresas comerciales en Nubia, y su hijo Merenré, en el año noveno de su reinado, hizo una visita a la 1ª catarata para construir un canal que hiciera navegables los rápidos de difícil travesía, y allí recibió el homenaje de los nubios. Merenré nombró al noble Uni gobernador del Sur, responsable de gran parte del Alto Egipto hasta Elefantina, muy cerca de la 1ª catarata. En el cargo le sucedió Hirkhuf, cuya tumba se encuentra, junto a la de otros nobles, en la orilla izquierda del Nilo en Asuán. Hirkhuf fue un gran conductor de caravanas e hizo cuatro viajes al Sur, tres de los cuales tuvieron lugar en el reinado de Merenré. El cuarto viaje lo hizo Hirkhuf por orden del nuevo faraón Neferkaré Pepi II, al cual da cuenta de los numerosos productos que traía, entre ellos un enano bailarín, que posiblemente fuese un regalo para el rey niño.
Como vemos, las historias de Egipto y Nubia corren paralelas desde casi el principio. Los egipcios tenían un gran interés en aquel país del Sur, al que llamaban Kush, porque era el territorio más favorable a la expansión del reino, más aún que el Sinaí y Canaán al Este. No obstante, la conquista de aquel territorio no se llevó a cabo hasta el período del Reino Nuevo, durante la XVIII dinastía. Fue el faraón Tutmosis III el primero que en una expedición militar llegó hasta la 4ª catarata, conquistando la mayor parte de Nubia; solo quedó sin someter la zona del Sur del país, la que se extendía entre la 4ª y la 6ª catarata, territorio conocido como Alta Nubia, y que los egipcios llamaban país de Kush.

                        Tutmosis III. (1479-1425).

Durante la XIX dinastía el control sobre Nubia se hizo más fuerte y se produjo un proceso de aculturación que, aunque no fue total, dejó una profunda huella entre los habitantes de la región. El último faraón que mostró un gran interés por aquella tierra fue Ramsés II (1279-1213), que construyó una serie de templos cerca de la 2ª catarata en la Baja Nubia. Ramsés II se enfrentó en una gran batalla al rey hitita Muwatalli II. La causa del enfrentamiento fue el control de Siria; la batalla acabó en tablas y ambos enemigos debieron recurrir posteriormente a la diplomacia para dejar zanjado el asunto de manera definitiva; el acuerdo llegó cuando Ramsés II firmó con Hattusili III, sucesor de Muwatalli, el tratado de Quadesh, donde ambas partes se comprometían a mantener la paz, repartirse Siria y apoyarse mutuamente contra sus respectivos enemigos.
Aunque la batalla de Qadesh no tuvo un vencedor indiscutible, Ramsés II la celebró como una gran victoria. Para conmemorar aquel acontecimiento construyó una serie de templos en el extremo opuesto de su imperio, en Nubia. Estos templos de Ramsés II se encuentran entre la 1ª y la 2ª cataratas, y entre ellos destaca el complejo de Abu Simbel. En 1964, como consecuencia de la construcción de la Presa de Assuán, estos templos fueron reubicados por un equipo de especialistas con el patrocinio de la UNESCO. Todo el complejo fue cortado en grandes bloques, desmantelado y trasladado a un lugar más alto a unos 200 m de distancia, donde se procedió al ensamblaje de las piezas.

Templo de Abu Simbel, Nubia.

El complejo de Abu Simbel está compuesto por dos speos o templos rupestres, excavados en la roca y se encuentra en la orilla izquierda del Nilo, a unos 40 km al Norte de la 2ª catarata. El mayor de los dos speos está dedicado a la gloria de Ramsés II y en su fachada hay cuatro colosales estatuas del faraón entronizado, talladas en la roca. Tienen poco más de veinte metros de altura y son, por tanto, mayores que las estatuas sentadas de Amenofis III, del llano de Tebas, que los griegos llamaron Colosos de Memnón. Encima de estas cuatro figuras gigantescas hay un friso con treinta y tres monos cinoscéfalos de cara al Este, adorando al Sol naciente. Cada uno de ellos mide más de dos metros de altura. En el interor existe una primera sala con ocho pilares osiríacos y relieves que narran la victoria del faraón en Qadesh, sobre los hititas; de ella se pasa a otro espacio más pequeño que hacía el servicio de sala hipóstila y aún hay una tercera excavación cuadrada que corresponde al santuario. El otro speos es mucho más pequeño y fue labrado para glorificar a la esposa de Ramsés II, la reina Nefertari, que aparece esculpida en su fachada, junto a las estatuas de su esposo y de la diosa Hathor.

Templo de Nefertari en Abu Simbel, Nubia.

Ramsés II tenía buenas razones para mantener sujeta a la tierra de Nubia, pues de allí procedía el oro, necesario para financiar el gigantesco ejército egipcio y las grandes construcciones del faraón. Para los egipcios, Nubia era el país del oro, ya que allí se encontraban las minas más ricas de este metal, sobre todo en Kush, la Alta Nubia.
Para fortalecer su control sobre el territorio de Nubia, los egipcios trasladaban a los hijos de la aristocracia nubia a la corte de Tebas, donde eran educados en la cultura egipcia; después, regresaban a su país de origen siendo fieles al faraón y entusiastas defensores del Estado egipcio.
Esto era solo una parte del proceso de aculturación al que nos hemos referido anteriormente, cuyo objetivo era afianzar el poder del faraón en los territorios del Sur y proporcionar un beneficio al reino de Egipto gracias a los intercambios comerciales y la obtención de materias primas, entre ellas el oro.

                            Nubios.

Sin embargo, los días de gloria de Egipto estaban contados; la XX dinastía (1192-1075) hubo de hacer frente a las terribles convulsiones que tuvieron lugar en el Mediterráneo Oriental y la autoridad del faraón menguó considerablemente. Toda la estructura política y diplomática del Próximo Oriente se estaba viniendo abajo y un mundo nuevo pugnaba por surgir de las ruinas del anterior. Desaparecido el Imperio Hitita y destruidos la mayor parte de los puertos comerciales de Siria, Egipto experimentó una crisis que, aunque no llegó a aniquilar al Estado, sí que rompió la unidad del reino. Durante la XXII dinastía los libios dominaron el delta del Nilo y establecen la capital de su reino en Tanis; en el Sur, el poder permaneció en manos de los antiguos virreyes, que mantuvieron la capital en Tebas.
Por aquel tiempo, en la Alta Nubia, se había ido fortaleciendo un reino independiente en Napata; y ahora, aprovechando la extrema debilidad de Egipto, el rey Piankhi, tras una serie de campañas militares, llegó hasta el delta, fundando la XXV dinastía, conocida también como dinastía Kushita. Varios reyes nubios se sucedieron en el trono de Egipto entre 747 y 657 a. C., pero finalmente fueron expulsados por la invasión de los asirios. Entre estos monarcas destaca Taharqa (690-664), que tuvo que hacer frente a varias campañas militares del rey Asarhaddón de Asiria. En 671 a. C. Menfis fue saqueada por los asirios. Años después, fue el rey Assurbanipal quien invadió de nuevo Egipto y derrotó a Taharqa, quien hubo de resignarse a retroceder definitivamente a Tebas

Taharqa ante los dioses Amón y Mut.


La XXV dinastía o dinastía Kushita estuvo compuesta de los siguientes faraones:

Piankhi Menkheperra (747-716 a. C.)
Shabaka Neferkara (716-702 a. C.)
Shabataka Djedkaura (702-690 a. C.)
Taharqa Khunefertemra (690-664 a. C.)
Tanutamón Bakara (664-657 a. C.)

El último de los reyes de Napata que tuvo algún control sobre el Alto Egipto fue Tanutamón (664-657). Aquellos reyes nubios, profundamente influidos por la civilización egipcia, hicieron todo lo posible por imitar a los antiguos faraones, entre los cuales deseaban incluirse. Desde tiempos de Kashta (760-747 a. C.), los reyes nubios abandonaron la antigua costumbre de enterrarse en túmulos, y a la manera de los faraones del Imperio Antiguo, lo hicieron en pirámides. Kashta, Piankhi y los primeros reyes se enterraron en un lugar cercano a la localidad de el Kurru, en el actual Sudán.

Plano de las tumbas de el Kurru, Napata, Nubia.

En el Kurru también se encuentran las tumbas de las esposas de los reyes de Napata. Dos esposas de Piankhi estaban allí enterradas, Khensa y Tabiry; también yacían Naparye, esposa de Taharqa y Qalhata, esposa de Shabataka y madre de Tanutamon.

                     Pintura mural de la tumba de Qalhata, donde se representa a la reina.

Un detalle sorprendente es que los reyes de Napata enterraron en el Kurru a sus caballos más apreciados; Shabataka construyó sendas tumbas para cuatro de sus caballos y Piankhi, Shabaka y Tanutamon dos cada uno.

Pirámide de el Kurru, Napata, Nubia.


Después, a partir del rey Taharqa, los enterramientos se hicieron en Nuri, en la otra orilla del Nilo, a unos kilómetros al Nordeste de Napata. Cuando el rey Taharqa murió en 664 a. C. luchando con los asirios, no fue enterrado en el Kurru como sus antecesores, sino que fue llevado a Nuri. Sin embargo, su sucesor, Tanutamón sí fue enterrado en el Kurru, siendo el último rey de Napata que construyó una pirámide en este lugar.

Nubia durante la XXV dinastía.

En Nuri se construyeron 74 pirámides, veinte para enterrar a reyes y cincuenta para reinas. Imitan a las pirámides egipcias, pero son distintas, pues la proporción entre la altura y la base es diferente. Esta necrópolis real siguió utilizándose cuando la capital fue trasladada a Meroe como consecuencia de la destrucción de Napata por el faraón Pasamético II en 592 a. C.


                     Pirámide de Nuri.

Los reyes de Napata fueron semejantes en muchas cosas a los faraones de las XVIII y XIX dinastías, durante el Imperio Nuevo. Como aquellos, eran reyes guerreros, como pone en evidencia el hecho de que apreciasen sobre todas las cosas a sus caballos de guerra y se enterrasen junto a ellos. Iban a la batalla al frente de su ejército, como hubiese hecho Tutmosis III en otro tiempo. Lucharon obstinadamente por mantener todo Egipto en su poder y contra la gran potencia militar de su época, Asiria. El gran faraón Taharqa prácticamente no tuvo descanso, combatió valientemente contra Asarhaddón y Assurbanipal, reyes asirios; su imagen se acerca en cierto modo a la de Ramsés II.

                                    El rey nubio Taharqa

Sin embargo, los faraones nubios también se distinguieron por comenzar una nueva tendencia que sería compartida por la XXVI dinastía, conocida como Saíta. Las nuevas formas consistían en general en imitar los tiempos del Imperio Antiguo, la época que ellos consideraban más gloriosa de la Historia de Egipto. Era un deseo de retornar a la grandeza perdida recordando el pasado de alguna forma. Por otra parte, los reyes nubios, con esta actitud pretendían legitimarse como auténticos faraones de Egipto, y no como dominadores extranjeros.
Una muestra inequívoca de la vitalidad del reino de Napata es que aunque en 671 a. C. el rey Taharqa se vio obligado a huir ante el rey asirio Asarhaddón, abandonando Menfis para refugiarse en el Sur, en la ciudad de Tebas, poco después, cuando Asarhaddón salió de Egipto, Taharqa regresó con su ejercito y se ganó el apoyo de los príncipes títeres que habían colocado los asirios en el Delta del Nilo, entre ellos Necao I.
Sin embargo, en la primera mitad del Siglo VII Asiria era una potencia colosal que jamás permitiría que se le arrebatasen territorios sometidos. El Bajo Egipto era uno de estos territorios, además de ser un país rico y de gran importancia para el control del Próximo Oriente, ya que era imposible mantener la paz en Palestina sin haber sometido previamente el Delta . La revancha no pudo tomarla Asarhaddón, porque falleció en 669 a. C. cuando emprendía una nueva expedición al Delta; lo hizo su sucesor, Assurbanipal (669- 630 a. C.), que al comienzo de su reinado emprendió una nueva expedición militar contra el Bajo Egipto. Tras derrotar a Taharqa, Assurbanipal intentó dirigirse hacia Tebas, donde se había refugiado de nuevo el rey nubio, pero las dificultades de la empresa y las dudas sobre la fidelidad de los príncipes egipcios, le hicieron abandonar la idea. Poco después, en 664 a. C. murió Taharqa, el rey faraón más poderoso de la XXV dinastía.

                         Asurbanipal, rey de Asiria.

Pero, como hemos dicho, el deseo de los reyes de Napata de ser reconocidos como faraones de todo Egipto era muy grande. Así, el sucesor de Taharqa, Tanutamón, intentó recuperar el Bajo Egipto, fracasando en la empresa. En respuesta, Asurbanipal retomó el proyecto de llegar con su ejército hasta Tebas, capital del Alto Egipto, que fue saqueada en 661 a. C.
Tanutamón huyó de Tebas, ciudad a la que nunca regresarían los reyes nubios. Se refugió en Napata y renunció definitivamente al título de faraón de Egipto.

Tumba de Tanutamón en el Kurru.

Los sucesores de Tanutamón fueron despreocupándose poco a poco de los asuntos de Egipto. Continuaron residiendo en Napata hasta los tiempos del rey Aspelta (593-568 a. C.) y sus intereses estuvieron centrados en mantener unido todo el territorio de Nubia.
Por otra parte, en el Delta del Nilo se estaban produciendo en aquel tiempo acontecimientos de gran importancia; el Imperio Asirio, agotado, era ya incapaz de mantener bajo su tutela a los príncipes del Bajo Egipto; un linaje de reyes intentó con éxito la unificación del Delta. Psamético I y sus sucesores hicieron una política inteligente con respecto a la decadente Asiria y, a pesar de las dificultades, se sacudieron el yugo de los invasores y emprendieron la enorme tarea de conquistar el Alto Egipto y unificar de nuevo todo el reino. Por primera vez en la Historia del país del Nilo el Norte era quien llevaba la iniciativa y conquistaba el Sur; lejos estaban los tiempos en que los príncipes de Tebas sometían una y otra vez el Delta; esto nos da una idea de lo mucho que habían cambiado las cosas, de la gran debilidad del Alto Egipto y de la inexorable pendiente por la que descendía la civilización Egipcia, a la cual le quedaban poco más de dos siglos de existencia.
En 592 a. C., Psamético II pasó la 1ª catarata con un ejército de mercenarios libios y griegos, llegó hasta Napata y la destruyó; la Baja Nubia volvió a estar durante unos años de nuevo en manos de Egipto, como en tiempos de Tutmosis III.
Los reyes nubios abandonaron la antigua capital para siempre, aunque los egipcios se vieron obligados a retirarse al poco tiempo, y se establecieron en Meroe, cerca de la 6ª catarata. Napata quedó reducida a ciudad santuario y lugar donde se siguieron enterrando los reyes, en la nueva necrópolis de Nuri. El nuevo reino de Meroe perduró hasta el Siglo IV d. C. en que fue destruido por los etíopes de Aksum.


lunes, 9 de marzo de 2015

RÍO NILO. II

En los libros de Historia se afirma con rotundidad que Egipto alcanzó su máxima expansión territorial con las XVIII y XIX dinastías, durante el período conocido como Imperio Nuevo o Reino Nuevo, según el autor. Sin embargo, hay que precisar que esto se refiere a la Edad Antigua, y que en otras etapas de la Historia, el país del Nilo tuvo otros momentos de esplendor.
 La mayor expansión de Egipto hacia el Sur tuvo lugar en el Siglo XIX, en los tiempos de Mehmet Alí y sus descendientes. El rey Mehmet fue un hábil diplomático que supo aprovecharse de las debilidades de las grandes potencias de su época y extendió su reino por amplios territorios de Asia y África. Hasta que él subió al trono, Egipto nunca había incorporado territorios más allá de la 4ª catarata. En realidad, Egipto propiamente dicho siempre había terminado en la 1ª catarata, mientras que el territorio que se extendía entre ella y la 6ª catarata se denominó durante milenios como Nubia. La XVIII dinastía conquistó amplios territorios de Nubia, pero, como hemos dicho, nunca más allá de la 4ª catarata. Mehmet Alí sí lo hizo, hasta tal punto que acarició la idea de incorporar a Egipto todo el curso del Nilo, desde sus fuentes hasta la desembocadura.

                                  El rey egipcio Mehmet Alí.



En 1822, Mehmet Alí conquistó toda Nubia, hasta la 6ª catarata y, poco después, invadió el Kordofán y continuó las conquistas hasta anexionarse todo el Sudán. En 1823 fundó la ciudad de Jartum, que sería la capital de la provincia del Sudán; desde allí, tenía intención de continuar sus conquistas Nilo arriba hasta llegar a las fuentes del río, desconocidas todavía en aquella época.
Jartum fue durante décadas la sede del gobernador egipcio del Sudán, hasta que en 1885 fue conquistada por el Mahdi, líder religioso que acaudilló una gran rebelión de todo el Sudán e instauró un Estado teocrático en la región hasta 1898, año en que Gran Bretaña intervino militarmente. Al año siguiente se firmó un acuerdo entre Egipto y Gran Bretaña en virtud del cual el Sudán se convertía en un protectorado compartido, aunque en realidad eran los británicos quienes tomaban el control de la zona.
Jartum fue fundada a orillas del Nilo, sobre un pequeño puerto fluvial; el lugar fue escogido estratégicamente, pues allí mismo desemboca el Nilo Azul, el principal afluente del Nilo.

Desembocadura del Nilo Azul en el Nilo a la altura de Jartum.

Jartum fue un centro administrativo y militar desde el cual controlar el inmenso territorio del Sudán. Además, constituía una base idónea para continuar las conquistas río arriba, hasta los territorios desconocidos donde se suponía estaban las fuentes del Nilo. Por otra parte, el valle del Nilo Azul permitía penetrar en Etiopía, tierra que también despertaba la ambición de Mehmet Alí.
Sin embargo, este proyecto imperial de la monarquía egipcia fracasó al entrar en colisión con los intereses de las grandes potencias coloniales, sobre todo Gran Bretaña. Tras la abdicación de Mehmet en 1848, sus descendientes fueron incapaces de apartar a los británicos de la región, haciéndose éstos cada vez más fuertes. Cuando estalló la sublevación de el Mahdi, egipto fue incapaz de hacer frente a la situación y Gran Bretaña acabó por ser la auténtica dueña del Sudán.
El Nilo Azul nace en el lago Tana, en la meseta de Amhara, que posee alturas que superan los 4.000 m sobre el nivel del mar. En esas altitudes el frío es intenso y las precipitaciones mucho más abundantes que en el Sudán; esto permite el crecimiento de pastos de montaña y la práctica de la actividad ganadera, así como el cultivo de trigo, cebada, maíz y tef, un cereal con gran contenido de proteínas y hierro.

Macizo de Amhara, Etiopía.

En el Siglo V a. C. grupos de semitas procedentes del Sur de Arabia se establecieron en el Norte de Etiopía y poco a poco fueron organizándose políticamente. Los primeros en formar un Estado centralizado fueron los tigrés, asentados en la región del Tigré, al Norte de Amhara. Allí fundaron la ciudad de Aksum, capital del reino del mismo nombre, que llegó a abarcar todo el Norte de Etiopía y se extendió hacia Nubia. Los reyes de Aksum mantuvieron relaciones diplomáticas y comerciales primero con Roma, Persia y la India, y después con el Imperio Bizantino. El texto más antiguo que habla del reino de Aksum es el Periplo del Mar Eritreo, texto del Siglo I d. C., escrito en griego, donde se describe los pormenores de la navegación y los puertos del Mar Rojo, África Oriental y la India.


El reino de Aksum alcanzó su apogeo en el Siglo III d. C., cuando sometió bajo su control a los puertos comerciales del Sur de Arabia. A mediados del Siglo IV d. C., Ezana, rey de Aksum, destruyó el reino de Meroe y ejerció una fuerte influencia en los asuntos de Nubia. Ezana se convirtió al cristianismo, y con él todo su reino, gracias a la predicación del monje Frumencio de Tiro, quien fue nombrado primer obispo de Aksum por el patriarca de Alejandría. Los cristianos etíopes permanecerían durante mucho tiempo en la órbita de Alejandría y del emperador de Bizancio, hasta el Siglo VII d. C., cuando en 639 d. C. el califa Umar ibn al-Jattab conquistó Egipto.

                  Moneda de bronce del reino de Aksum. Siglo IV d. C.

Cuando los musulmanes se apoderaron de Egipto, Siria y Persia, el reino de Aksum perdió el control de las rutas comerciales del mar Rojo y del Océano Índico y se vio obligado a replegarse hacia el interior, hacia la meseta de Amhara. Durante los siglos IX y X Aksum profundizó su decadencia. En el Siglo XII los Zagüe, una nueva dinastía, trasladó la capital a Lalibela, al Este del lago Tana. Los Zagüe, aislados del resto de la cristiandad y manteniendo un único vínculo con los cristianos coptos, dieron grandes muestras de su actitud piadosa construyendo en Lalibela una serie de espléndidas iglesias talladas en la piedra.

                    Iglesia de San Jorge en Lalibela.

A finales del Siglo XIII los amhara, que ya eran desde hacía tiempo los más poderosos de los etíopes, destronaron a la dinastía Zagüe y coronaron a Yekuno Amlak, quien se declaró descendiente de Salomón y la reina de Saba. El territorio de los amhara, que hasta el Siglo VII había sido una zona menos desarrollada y dedicada principalmente a las actividades agrícolas, debido al colapso de la actividad comercial y al aislamiento se convirtió en el territorio dirigente de Etiopía, y sus habitantes, los que componían el grueso de la nobleza terrateniente y guerrera que mantendría al país independiente durante siglos, hasta el día de hoy.
Los monarcas amhara, conocidos como reyes de Abisinia, perdida la costa de Eritrea, lucharon durante siglos por la consolidación de un Estado cuyo núcleo era la meseta de Amhara y que incluía otras tierras altas como el Tigré y Shoá en el Sur. Como aglutinante de aquel reino utilizaron un cristianismo de corte bizantino y vinculado únicamente con la Iglesia Copta. Para legitimar, también desde un punto de vista religioso, a la dinastía reinante, se recurrió a vincularla con la dinastía davídica del reino de Judá, proclamando que los reyes de Abisinia eran descendientes directos de Salomón, y por tanto, ungidos por Yahvé. Con intención de reforzar la autenticidad de este linaje se construyó el argumento de que la verdadera arca de la Alianza había sido llevada a Etiopía por el rey Ezana de Aksum, hijo de Salomón y la reina de Saba, y que dicha reliquia, hasta este momento se encuentra en la iglesia de Nuestra Señora de Sión.

                   Nuestra Señora de Sión, Etiopía.

El centro de la meseta de Amhara es el lago Tana, donde nace el Nilo Azul; desde allí sus aguas fluyen hacia el Sureste, hacia las cataratas de Tis Isat, dibujando una gran curva que luego se dirige hacia el Norte, en dirección a Jartum, donde entrega mansamente sus aguas al auténtico Nilo.

martes, 17 de febrero de 2015

RÍO NILO. I

Cuando Henry Morton Stanley encontró a David Livingstone en noviembre de 1871 junto al lago Tanganica, no podía imaginar que estaba a un paso de descubrir cuál era el nacimiento del legendario río Nilo.

                                    Henry Morton Stanley.      

Livingstone era un médico escocés que decidió dedicar su vida a la exploración y la actividad misionera. En 1855 había descubierto las cataratas del río Zambeze, a las cuales llamó Cataratas Victoria, en honor de la reina de Gran Bretaña. En 1866, contratado por la Royal Geographical Society, llevó a cabo una expedición cuyo objetivo era confirmar las afirmaciones de Speke sobre el nacimiento del Nilo. Speke, acompañado de Francis Burton, había buscado las fuentes del Nilo en 1857 y en 1858. En su última expedición habían descubierto el lago Tanganica, y Speke en solitario, el lago Victoria. Según Speke, el Nilo nacía en las aguas del lago Victoria, pero muchos dudaban de ello.
Por esta razón, la  Royal Geographical Society contrató a Livingstone, para que confirmase lo que Speke afirmaba. Sin embargo, durante varios años no se tuvo noticias de Livingstone y ya se dudaba de que siguiese vivo. Fue entonces cuando el periódico estadounidense New York Herald encargó a Henry Morton Stanley que buscase al explorador perdido.

                                                 David Livingstone.


Livingstone era contrario a la teoría de Speke, y creía que el Nilo nacía en el desagüe norte del lago Tanganica. Stanley lo halló en la ribera oriental de dicho lago, en una aldea llamada Ujiji; al encontrarlo, Stanley pronunció una de esas famosas frases que todo el mundo recuerda:
"¿El doctor Livingstone, supongo?"
Stanley podía remitir una impresionante crónica al   New York Herald, después de un peligroso viaje por el corazón de África, había encontrado al famoso explorador escocés, que supuestamente había encontrado las auténticas fuentes del Nilo.
Sin embargo, Livingstone estaba ya poco interesado en encontrar el nacimiento del legendario río; sus preocupaciones se orientaban hacia la actividad misionera y humanitaria; entre aquellas gentes del lago Tanganica creía haber encontrado el auténtico sentido de la existencia y la iluminación divina. Stanley se sorprendió con esta actitud del doctor, pero muy pronto quedó deslumbrado por la personalidad de Livingstone, al cual consideraría durante toda su vida como un maestro y guía.
Stanley podía considerarse afortunado, el mundo entero había estado pendiente de su viaje a través de la prensa. En aquellos años, África ejercía una enorme atracción en Europa y América del Norte; el interior de aquel continente permanecía inexplorado aún, a pesar de las últimas expediciones de aventureros y exploradores. Entre la gente común, aquellas tierras exóticas tenían un halo de romanticismo; era la tierra salvaje y misteriosa. Pero también los círculos científicos e intelectuales eran apasionados de África; entre las instituciones que más interés tenían en aquel continente, se encontraba la Royal Geographical Society, que había financiado varias exploraciones del continente. Tampoco debemos olvidar que los Estados europeos tenían un interés económico en África. La industrialización de los sistemas de producción había provocado que ésta experimentase un aumento espectacular durante la primera mitad del Siglo XIX; sin embargo, la demanda en Europa había alcanzado techo, por lo cual, los precios fueron a la baja y todo el sistema se dirigía hacia el estancamiento. Por otra parte, se había producido una gran acumulación de capital que no encontraba salida en una economía donde comenzaban a escasear las oportunidades de inversión. La solución estaba en encontrar nuevos mercados y territorios ricos en materias primas que reactivasen la industria. África podía ofrecer estos beneficios a las economías de los Estados europeos, pero era necesario explorarla previamente. Así, Gran Bretaña y Francia tomaron la iniciativa, primero explorando el continente, después dominando amplios territorios del mismo.

África en la primera mitad del S. XIX. Obsérvese la zona vacía del mapa aún no explorada. 

La exploración se vinculó con el desarrollo del mercado mundial, pero también participó el entusiasmo misionero; explorar no sólo significaba conocer, sino desarrollar, llevar la luz de la civilización y el progreso a un mundo atrasado y bárbaro; significaba vestir la desnudez del salvaje con camisas y pantalones fabricados por Bolton y Roubaix.
Desde luego que Livingstone se sentía más atraído por este aspecto misionero que por el estrictamente geográfico, y por supuesto que a orillas del Tanganica se había olvidado del objetivo inicial de su expedición; en resumidas cuentas, no tenía intenciones de continuar buscando las fuentes del Nilo. Stanley lo entendió perfectamente, incluso aceptó que la misión de Livingstone era algo más elevado, propio de un hombre que se movía en un plano superior.
Stanley y Livingstone exploraron juntos la orilla Norte del lago Tanganica con la intención de demostrar definitivamente la teoría del doctor escocés; sin embargo, no obtuvieron pruebas concluyentes; era necesario explorar las orillas de los lagos Victoria y Alberto para encontrar las auténticas fuentes del Nilo. Meses después murió Livingstone.
En 1874, dos periódicos, el Daily Telegraph y el New York Herald, patrocinaron otro viaje de Stanley al corazón de África. En esta expedición, Stanley exploró y cartografió las riberas del lago Victoria y sus alrededores; así, pudo comprobar que las cataratas Ripon eran el mayor desagüe del lago; parecía que Speke tenía razón y el lago Victoria era la fuente original del Nilo.

 Nacimiento de río Nilo en el lago Victoria según Speke.


Rápidos del Nilo junto al lago Victoria.

Sin embargo, comprendió que esta afirmación no sería segura hasta explorar el lago Alberto y la ribera occidental del Tanganica. Siendo imposible dirigirse hacia el Noroeste por las guerras entre los nativos, se dirigió al Sur y cartografió las orillas del Tanganica, continuando después hacia el Oeste, siguiendo el curso del río Congo hasta el Atlántico.
En 1887, Stanley fue contratado por el escocés William MacKinnon, jefe de la Compañía de Navegación Británica, para realizar una expedición a África cuyo objetivo era rescatar a Mehmet Emin Pasha, médico alemán y gobernador de la provincia egipcia del Sur del Sudán, que se había refugiado en el Sur, huyendo de los seguidores de el Mahdi, profeta musulmán que había creado un Estado teocrático en el Sudán. En la expedición colaboraría el rey Leopoldo II de Bélgica, debido a lo cual, se planteó que el punto de partida fuese la desembocadura del Congo, y no Zanzíbar, como era acostumbrado en aquella época. Aquello tenía más el aspecto de una expedición militar que de una exploración geográfica o una misión humanitaria de rescate; el equipo que transportaban una multitud de porteadores incluía una gran cantidad de armas de fuego y munición abundante, además de varios cañones. El objetivo de Leopoldo II era que la expedición anexionase a Bélgica toda la cuenca del río Congo, de ahí que no escatimase las promesas de aportar los recursos necesarios para asegurar el éxito de la expedición. Acompañando a Stanley iban una serie de aventureros, militares y mercenarios de diversa procedencia; se trataba de la empresa más importante que se había realizado en África desde el comienzo de las exploraciones.
En aquellos años, los Estados más poderosos de Europa ya se habían lanzado a la conquista y dominación de África sin reparar en esfuerzos; a cambio se esperaba una gran recompensa, nuevos mercados en los que podía dar salida a los excedentes de producción industrial y materias primas, algunas exóticas, como el marfil. La trata de esclavos había sido un excelente negocio durante más de doscientos años, pero desde que Estados Unidos promulgase la abolición de la esclavitud en 1863 el comercio de esclavos sufrió un duro golpe. Antes de aquella fecha el comercio de esclavos ya había sido prohibido por Portugal, Francia y Gran Bretaña. Tristemente fue España el último Estado europeo en abolir la trata de esclavos en 1886. Sin embargo, este comercio de mercancía humana continuó practicándose en el mundo musulmán hasta que el control total de áfrica por los europeos lo eliminó casi completamente.

                      Traficantes de esclavos.

Así pues, Stanley, cargó su equipo y su gente en cuatro barcos y se dirigió aguas del Congo arriba. La travesía de la selva fue una prueba terrible para los expedicionarios, pues hubieron de combatir contra las poblaciones nativas y contra los negreros musulmanes. Finalmente, y tras muchas bajas, consiguieron salir del bosque ecuatorial y abrirse paso hasta la sabana.

                                      Río Congo.

Stanley había pasado de ser periodista a ser un aventurero mercenario al servicio de los intereses de las grandes compañías comerciales europeas; su transformación fue progresiva, pero imparable. Al mando de su pequeño ejército llegó a orillas del lago Alberto, donde se encontró con Emin Pasha en abril de 1888. Pasha era otro aventurero, uno más de los muchos que abundaron en el Siglo XIX. Judío alemán de nacimiento y llamado originalmente Isaac Eduard Schnitzer, emigró al Imperio Otomano para ejercer la medicina y de allí pasó al Sudán, donde adoptó el nombre de Mehmet Emin Pasha y entró al servicio de la administración egipcia. En 1878 fue nombrado gobernador del Sudán, pero en 1884 se vio obligado a huir hacia el Sur a causa de la rebelión de el Mahdi y sus fanáticos seguidores. Cuando Stanley lo encontró a orillas del lago Alberto, no temía en absoluto por su seguridad, antes bien, estaba en disposición de garantizar la seguridad de Stanley y su maltrecha expedición.

                                Lago Alberto.

Pasha se negó a regresar con Stanley, dando a entender que no necesitaba que nadie le rescatase. Durante su estancia en el lago Alberto el atrevido periodista exploró la zona y definió mucho más sus ideas sobre el origen del río Nilo. Si bien era cierto que podían identificarse las cataratas Ripon como la fuente original del legendario río, también era evidente que en su cabecera se nutría de otras fuentes que incluían una amplia zona que abarcaba los lagos Alberto, Kioga y Eduardo. Se trataba de una gran depresión formada por una serie de fosas tectónicas donde se recogía una inmensa cantidad de agua, que finalmente rebosaba al Norte del lago Victoria.


Cuando Stanley preguntó de dónde venía toda aquella agua, los lugareños le dijeron que procedía del Ruwenzori, nombre que significa "hacedor de agua". Se trata de una cordillera situada entre el lago Alberto y el lago Eduardo, que en la antigüedad fue conocida como "Montes de la Luna". Sus alturas de más de 5.000 m permiten que los glaciares ocupen sus picos, a pesar de encontrarse en plena zona ecuatorial.

Glaciares del Ruwenzori.

Las montañas del Ruwenzori permanecen la mayor parte del tiempo cubiertas por la niebla, por esta razón no es fácil verlas desde la llanura junto a los lagos; constantemente sus alturas atraen las nubes que proceden del Este y del Oeste. Esta enorme humedad desciende por las laderas y alimenta los lagos que forman la cabecera del Nilo. La espesa vegetación que cubre las faldas del Ruwenzori impide que esta inmensa cantidad de agua descienda torrencialmente hasta los lagos; por el contrario, el agua baja lentamente, empapando los bosques cubiertos de musgo hasta llegar al llano.

Bosques del Ruwenzori.

Dispuesto, como siempre, Stanley a llevar la aventura más allá de la última frontera, subió por las laderas del Ruwenzori y coronó sus cimas a comienzos de 1889. Durante el tiempo que permaneció en la zona, muchos soldados de Sudán del Sur se unieron a él porque temían por sus vidas y las de sus familias. La mitad de los expedicionarios que partieron de la desembocadura del Congo habían muerto, pero ahora otra gente que huía de los seguidores de el Mahdi se reunieron junto a Stanley.
Finalmente, Emin Pasha, ante el empeoramiento de la situación en la zona y la desaparición absoluta de cualquier autoridad, decidió acompañar a Stanley en dirección Este, hacia Zanzíbar, adonde llegaron a finales del verano de 1889.
La época de los exploradores estaba a punto de acabar en África, unos años después todo el continente estaría en manos de las potencias coloniales europeas; a comienzos del Siglo XX el continente entero había sido cartografiado y miles de europeos se habían establecido en las colonias como agentes públicos y privados, comerciantes y soldados. El misterioso continente había perdido su misterio y todo el corazón de África caminaba por la inexorable senda de la globalización. Stanley fue, sin duda, uno de los más grandes aventureros de su tiempo, cuando el New York Herald le encargo que encontrase a Livingstone y escribiese la crónica más apasionante del periodismo, no imaginaba que aquel viaje le transformaría completamente. Livingstone encontró a Dios a orillas del Tanganica y Stanley se encontró a sí mismo. A finales de la década de los 80 del Siglo XIX había quedado claro dónde estaban las fuentes del Nilo y de dónde provenían sus aguas; el último gran misterio de África había sido desvelado. Aquella tierra remota continuó existiendo en la fantasía de los novelistas y en las ilustraciones de los libros que hacían soñar a los niños de Occidente.