sábado, 26 de abril de 2014

LEJANO OCCIDENTE. V

"Al contar historias de la siguiente clase sobre la fundación de Gades, los gaditanos recuerdan cierto oráculo, que, según dicen, realmente se dio a los tirios, ordenándoles que mandaran una colonia a las Columnas de Hércules: los hombres a quienes enviaron a reconocer la región, según cuenta la historia, creyeron, al llegar cerca del estrecho en Calpe, que los dos cabos que formaban el estrecho eran extremos del mundo habitado y de la expedición de Hércules, y que los cabos mismos eran lo que el oráculo llamó Columnas; y, por tanto, desembarcaron en un lugar dentro del estrecho, a saber, donde ahora está la ciudad de los exitanos; y allí ofrecieron sacrificios, pero, como los sacrificios no resultaron favorables, pusieron proa a casa otra vez; pero los hombres a los que enviaron en un período posterior salieron del estrecho, unos mil quinientos estadios, hasta una isla consagrada a Hércules, situada cerca de la ciudad de Onoba en la Península Ibérica, y, creyendo que era el lugar donde estaban las Columnas, ofrecieron sacrificios al dios, pero, como de nuevo los sacrificios no resultaron favorables, volvieron a casa; pero los hombres que llegaron en la tercera expedición fundaron Gades, y colocaron el templo en la parte oriental de la isla, pero la ciudad en la occidental: por este motivo algunos opinan que los cabos del estrecho son las Columnas; otros, Gades; y otros, que están todavía más lejos del estrecho que Gades."
Estrabón 3, 5, 5. 
 La ciudad de Cádiz en la actualidad.

A la tercera va la vencida; para la fundación de Cádiz se cumplió este lugar común. Dos veces buscaron los exploradores de Tiro las Columnas de Hércules, pero los sacrificios no fueron favorables, y, por tanto, dedujeron que aquel no era el lugar indicado por el oráculo. En la tercera expedición creyeron haber encontrado las misteriosas columnas en unas islas que estaban frente a la costa, en el lugar donde desemboca el río Guadalete. Sea como fuere, lo cierto es que, como afirma Estrabón, los antiguos nunca llegaron a ponerse de acuerdo sobre el lugar donde estaban las Columnas de Hércules. Este es uno de los grandes misterios de la Historia, porque, además, nadie puede asegurar con certeza qué eran aquellas "Columnas". La versión con más éxito en la actualidad es aquella que dice que se trata de las dos puntas del Estrecho de Gibraltar. Sin embargo, como dice Estrabón, ya en la primera expedición los tirios desecharon el lugar por parecerles que no era al que se refería el oráculo.
Hay que tener en cuenta que la expresión "Columnas de Hércules" es una interpretatio graeca, es decir, la forma en la que los antiguos griegos interpretaban los contenidos culturales de otras civilizaciones, sobre todo en lo referente al aspecto religioso, y en concreto a la identificación de los dioses extranjeros con los dioses griegos.
En este caso los griegos identificaron al héroe Hércules con el dios fenicio Melkart. Se trataba de una divinidad que los tirios, a su vez, identificaban con Baal, dios sirio-cananeo de la fecundidad y la vegetación. En Tiro se le consideraba patrón y protector de la ciudad, además de guía de las expediciones marítimas. Debido a este carácter de protector de los navegantes, cuando los tirios llegaron al lugar donde finalmente fundarían el puerto de Gadir, construyeron un santuario consagrado al dios Melkart en el extremo Sur de la isla más grande del archipiélago de las Gadeiras.
                                  Dios Melkart.

La isla mayor, en cuyo extremo se encontraba el citado templo se llamaba Kotinoussa. El islote situado al Norte de la anterior, conocido con el legendario nombre de Eritia, fue el lugar elegido por los exploradores tirios para fundar el puerto de Gadir. Según los documentos antiguos en aquel islote se encontraba desde mucho antes una ciudadela fortificada conocida con el nombre de Arx Gerontis (castillo de Gerión). También construyeron allí los fenicios un templo dedicado a Astarté, que ocupaba una posición dominante en el acantilado occidental de la isla, conocido como Punta del Nao. Se ha sugerido que la isla pequeña y sagrada estaba separada de la principal, Kotinoussa, por un canal muy estrecho llamado Bahía-Caleta, en cuya entrada se alzarían el templo de Astarté por un lado y el de Baal-Cronos al otro. Se han recuperado notables artefactos del lecho del mar, cerca de donde se encontraban supuestamente los templos. Se han encontrado figurillas de bronce de dioses fenicios del tipo Reshef-Baal-Melkart cerca del cabo de Sancti Petri, en un yacimiento que indica claramente la ubicación real del templo de Hércules y algunos objetos de culto y exvotos cerca del acantilado de Punta del Nao. También se ha encontrado un capitel de piedra de tipo protoeólico que se cree perteneció al templo de Baal-Cronos. Según las fuentes escritas, este templo ocupaba el cabo occidental de la isla de Kotinoussa y miraría hacia el templo de Astarté, al otro lado del canal.
La tercera isla era conocida con el nombre de Antípolis y se la identifica con la actual zona de San Fernando.


La tradición señalaba una fecha muy temprana para la fundación de Gadir. El geógrafo Mela, nacido en Tingitera, cerca de Gadir, afirma lo siguiente:
"El templo de Heracles... lo construyeron los tirios. Es sagrado porque contiene las cenizas de Heracles. Su edad se cuenta desde la guerra de Troya"
Así pues, tradicionalmente se ha considerado que la fundación de Gadir tuvo lugar hacia el año 1100 a. C. No obstante, hasta el momento la arqueología no ha encontrado ninguna prueba que atestigüe esta fecha. En el más cercano de los asentamientos, el Castillo de doña Blanca, enfrente de la bahía, no se han encontrado objetos fenicios anteriores al Siglo VIII a. C.
Otro de los puntos oscuros de la fundación de Cádiz es la referencia al Arx Gerontis o Fortaleza de Gerión. La pregunta que nos hacemos es ¿existió en la isla de Eritia un recinto fortificado anterior a la fundación de Gadir? En caso de que así hubiera sido, cuando los fenicios llegaron allí ya debía estar en ruinas o abandonado, porque en los relatos antiguos no se hace referencia a él en el acto de la fundación. Solo en el mito del combate de Hércules con Gerión se menciona que éste último tenía allí su residencia. ¿Qué significado tiene Gerión en toda esta historia?¿lejano recuerdo de un antiguo rey de la Edad del Bronce?¿Invención mitológica de orígenes inalcanzables? Probablemente nunca lo sabremos. 

domingo, 20 de abril de 2014

EL ORIGEN DE LA NACIÓN RUSA.

Cuando a Europa Occidental llegan inquietantes noticias desde el Norte del Mar Negro, muchos se esfuerzan por entender lo que ocurre en aquellas lejanas tierras. En verdad que esto no es fácil, aunque los medios de comunicación estén reduciendo la enorme complejidad de la situación a un esquema excesivamente simple. Desde luego, quien pretenda ver aquí una película de buenos y malos se equivoca; más bien se trata de una historia de astutos e incautos, como otras tantas que han sido a lo largo de los tiempos; en general los astutos se llevan la presa, mientras que los incautos lo pierden todo. Así es el mundo, aunque reneguemos de él.
Hubo un tiempo en que las tierras que se extendían al Este del Báltico eran conocidas con el nombre de Suecia la Grande. Aquellos desolados e inmensos parajes, según se decía, estaban habitados por gigantes y enanos, por animales extraños y toda clase de terribles fieras. Sin embargo, había unos hombres que no conocían el miedo y se aventuraron a explorar aquellos bosques y pantanos. La mayoría de ellos eran suecos, pero tampoco faltaban noruegos y daneses. Se les conoció al principio con el nombre de varegos, que quiere decir “hombres de palabra”, o sea, hombres de negocios. Aquellos varegos buscaban ansiosamente las materias primas que ofrecía aquella tierra: pieles, resina, cera, miel y, sobre todo, esclavos. Llevaban una vida dura, porque los inviernos en Suecia la Grande eran terriblemente fríos y los bosques impenetrables y salvajes. Aún así, en el Siglo IX los suecos se establecieron a orillas del lago Ladoga, comerciando con los pueblos fineses, y más tarde fundaron el establecimiento comercial de Novgorod, nombre que significa “Ciudad Nueva”. Novgorod estaba construida enteramente de madera; las casas eran de este material, sobre el barro de las calles se montaron pasarelas de tablones; incluso los documentos donde se recogían los contratos comerciales eran de corteza de abedul. El poblado se asentaba junto a la desembocadura del río Volhov en el lago Ilmen. Durante todo el siglo IX Novgorod había sido el mercado de pieles y esclavos más importante de Suecia la Grande; desde allí los varegos alcanzaron el curso del río Dniéper y fueron fundando diversos puertos comerciales a lo largo de las orillas del río. Los eslavos, habitantes de aquellas tierras, al verlos remar incansablemente río abajo y río arriba los llamaron rus, que significa “remeros”, es decir, rusos.
Dniéper abajo los rus llegaron al Mar Negro, y navegando a modo de cabotaje, a Constantinopla, a la que llamaban Miklagard, la ciudad grande, tan asombrados quedaron por su tamaño y lujo. Sin saberlo en un principio, habían abierto una ruta comercial que conectaba el Báltico con la ciudad más importante del mundo conocido. De entre todos los puertos fluviales que habían surgido a lo largo de la corriente pronto destacó Kiev, campo fortificado sobre una colina junto al río. Otros varegos, mostrando una gran audacia, alcanzaron la corriente del Volga y navegaron en sus barcas río abajo, hasta encontrar la desembocadura en las aguas del mar Caspio.
La vida de los varegos era peligrosa, pues los fineses y eslavos entre los que habitaban miraban con deseo los almacenes llenos de mercancías de los puertos fluviales del Dniéper y el Volga; por esa razón todos los establecimientos comerciales estaban fortificados con empalizadas y sus habitantes manejaban con igual destreza los remos y las armas. El tráfico de esclavos era una actividad que acrecentaba la inseguridad de la zona, ya que los jefes eslavos emprendían constantes guerras con el objetivo de capturar prisioneros que luego eran vendidos como esclavos en  Novgorod, Kiev o cualquier otro punto de las rutas fluviales. Como consecuencia de este clima de inseguridad los varegos se organizaron desde muy pronto y eligieron príncipes y caudillos que garantizasen el buen desarrollo de la actividad comercial. Esta situación atrajo muy pronto a mercenarios y gente de armas; venían sobre todo de Suecia, pero también de Noruega y Dinamarca. A veces eran grupos de eslavos los que prestaban servicios de armas en estos recintos fortificados o se encargaban de proteger las flotillas de barcas que navegaban por el Dniéper o el Volga. Cualquiera que supiese manejar las armas y tuviese suficiente ambición era bienvenido en aquellos puertos fluviales o en los fortines más alejados del río.
Según la Crónica de Nestor, un varego llamado Oleg fundó en 880 el puerto comercial de Kiev a orillas del Dniéper y sometió a los eslavos que habitaban en los alrededores. En 907, actuando como un auténtico vikingo, atacó Constantinopla, asunto del que supo sacar partido, pues en 911 firmó un tratado comercial con el Imperio Bizantino en igualdad de condiciones. A partir de este momento el poder del principado de Kiev crecería sin pausa gracias a la cercanía de los puertos del mar Negro y a los derechos comerciales concedidos por Constantinopla. Dicha posición dominante aumentó cuando los demás recintos fortificados del Dniéper terminaron por reconocer su autoridad; incluso el más antiguo y poderoso de ellos Novgorod acabó sometiéndose a la hegemonía de Kiev. A mediados del siglo X los varegos de Kiev derrotaron a los jázaros y los búlgaros, lo que convirtió al puerto fluvial del Dniéper en el estado más grande y poderoso de toda la región.
El primer rey de Kiev que podría llamarse señor de Rusia fue Vladimir el Grande, que sometió a su dominio a todas las poblaciones entre el Dniéper y el Volga; su reino llegaba desde el Báltico hasta el Mar Negro y el Caspio. Sin embargo, tras su muerte en 1015, sus hijos se enfrentaron en una serie de guerras que asolaron la tierra de los rus. En 1031 ya solo quedaban dos de los hermanos, Yaroslav que controlaba el norte de Rusia y Mstislav que dominaba el sur. En 1036 Mstislav murió y sus posesiones pasaron a manos del último de los hermanos, Yaroslav, que de esta forma volvió a reunir todas las tierras que poseyera su padre. Por su inteligencia y habilidad en las cuestiones de la guerra y el gobierno Yaroslav comenzó a ser conocido con el sobrenombre de “El Sabio”.
El rey sabio hizo todo lo posible para que Kiev tomase como modelo a Constantinopla; adoptó el ritual y las formas bizantinas y contrató a artistas de aquella admirada ciudad para que construyesen la iglesia de Santa Sofía de Kiev.

Santa Sofía de Kiev.
Si el lector desea obtener más información sobre aquellos remotos orígenes de Rusia puede conseguirla en https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/harald-hardrada-el-ultimo-vikingo.
Es comprensible, por tanto, que el actual conflicto de Ucrania tenga muchas caras, cada una de las cuales es necesario conocer. Los rusos siempre han considerado a Ucrania como la zona Sur de su territorio, Kiev fue la ciudad más importante de su Estado en los primeros siglos de su existencia. Es difícil que cedan con facilidad en el asunto de romper lazos definitivamente con este territorio, por la sencilla razón de que también tendrían que romper con una parte importante de su pasado.

La Unión Europea lleva años practicando una expansión hacia el Este, sobre territorios que estuvieron en la órbita de influencia de la Unión Soviética. Esta política pudo llevarse a cabo por la debilidad de Rusia tras la descomposición del bloque soviético y por casi dos décadas de supremacía mundial de Estados Unidos. Pero los cambios en la economía mundial que han tenido lugar en los últimos años y la desastrosa política de Estados Unidos en Próximo Oriente han removido la situación de poderes, y Rusia, una vez superados los peores momentos, está dispuesta a recomponer parte de lo perdido. Es, por tanto, una ilusión pretender que la situación vuelva al estado anterior, y, desde luego, los burócratas de la UE deberían andarse con pies de plomo antes de embarcarse en aventuras sin tener un ejército competente que los respalde. 

sábado, 29 de marzo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. IV

El hombre que más empeño puso en encontrar la ciudad de Tartessos fue el arqueólogo alemán Adolf Schulten. Durante años estuvo buscando de manera obsesiva la legendaria ciudad en la desembocadura del Guadalquivir, sin encontrarla. Escribió algunas obras defendiendo sus tesis sobre Tartessos, pero todo ello basado en demasiadas conjeturas y escasísimas pruebas.
Schulten afirmaba que la ciudad de Tartessos existió realmente y fue una gran urbe que poseía un alto nivel cultural u urbanístico, además de una fabulosa riqueza. Daba por entendido que el reino de Tartessos prosperó desde finales del segundo milenio hasta el Siglo VI a. C. Por supuesto que según él la monarquía tartésica fue una institución que extendió su poder en el valle del Guadalquivir durante siglos. Todo ello argumentaba Schulten basándose en los textos de los escritores antiguos de Grecia y Roma. Por desgracia jamás encontró nada que se pareciese a un asentamiento de mediano tamaño. Encontró algunos restos de época romana, pero no mucho más; sin embargo, defendió sus posiciones hasta el final, manteniendo viva la idea de una alta civilización del extremo Occidente en tiempos en que Atenas era una población todavía sin importancia y Roma aún no había sido fundada.
Su argumento principal fue que los tartesios eran el mismo pueblo que los etruscos o tirsenos, resaltando la semejanza entre ambos vocablos. Según Schulten, tartesios y tirsenos no eran otros que los turush, uno de los "pueblos del mar" a los que se refieren los textos egipcios de finales del segundo milenio, que en compañía de otras gentes del Egeo y Anatolia destruyeron el Imperio Hitita y la civilización Micénica. (https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/grecia-antigua )
Schulten aseguraba que aquellos turush, tras largas correrías por el Mediterráneo Oriental, emigraron a la parte Occidental de este mar; un grupo se estableció en Toscana, dando lugar a la civilización etrusca, y otro se estableció en la desembocadura del Guadalquivir, dando lugar a la civilización tartésica.
                             El arqueólogo alemán Adolf Schulten.
El objetivo de Schulten era mezclar la importancia de los mitos antiguos con datos arqueológicos verificables con el fin de construir una Historia de Tartessos digna de confianza; pero no lo consiguió, porque como hemos dicho su apasionada búsqueda por el Bajo Guadalquivir no obtuvo resultados. A Schulten no le quedó más remedio que inclinar la balanza hacia el lado de los textos antiguos, donde el creía que se encontraban recuerdos desdibujados de aquella, según él, grandiosa civilización.
En los Diálogos de Platón creyó ver reflejada una imagen de Tartessos, en concreto en los titulados Timeo y Kritias. El segundo de estos libros dice lo siguiente:
"Habían acumulado los reyes de la Atlántida riquezas en tal cantidad, que seguramente nunca antes de ellos, una casa real las poseyó en número tan grande ni las poseerá fácilmente en el porvenir. Disponían de todo aquello que la ciudad y los campos eran capaces de producir. Pues aunque era mucho lo que recibían del exterior, merced a su imperio, la mayor parte de los productos necesarios para la vida los suministraba la isla por sí sola. En primer lugar, todos los metales duros y maleables que se pueden extraer de las minas y, entre ellos, aquel que en la actualidad sólo de nombre se conoce: el oricalco (literalmente, cobre de montaña). Existía entonces, además del nombre, la substancia propia de este metal, que se extraía de la tierra en muchos lugares de la isla y que después del oro, era el metal más apreciado en aquel tiempo."
Según Schulten, los datos de este pasaje se amoldan a la estampa de Tartessos, pues la fuente principal de su riqueza eran los metales, el oro, la plata y un bronce peculiar que Pausanias conoció en el tesoro de Mirón de Olimpia con el nombre de tartéssios chalkós.
El arqueólogo alemán encontró muchas coincidencias entre la Atlántida descrita por Platón y la idea que él tenía de la ciudad y el reino de Tartessos; algunas tan peregrinas como el hecho de que en la capital de la Atlántida había dos pozos, exactamente igual que en la Cádiz histórica. Al final imagina que la civilización tartésica desaparece como consecuencia de una guerra con Cartago; muertos o desaparecidos los tartesios/ atlantes, solo quedaron sus súbditos, los turdetanos.
Tanta imaginación inclina un tanto a la sonrisa; aunque es posible que Schulten no se equivocase en todo, pues es bastante probable que a mediados del Siglo VI a. C., Cartago, viéndose heredera del imperio marítimo de Tiro, llevase a cabo una feroz campaña bélica para tomar el control de las minas de Sierra Morena y las rutas del Atlántico. Aunque quizás nunca lleguemos a saberlo con certeza, es posible que el rey Argantonio fuese el último monarca de un Estado denominado Tartessos, que a la sazón se extendería por todo el bajo Guadalquivir, la ría de Huelva, el Algarve portugués y la zona occidental de Sierra Morena, un territorio muy amplio.
                    Muralla tartésica de Ibros. Jaén.

Otro texto antiguo que utiliza Schulten para argumentar sus teorías es la Ora Marítima del poeta romano Rufo Festo Avieno. Se trata de un poema escrito en el Siglo IV d. C. que recoge información de antiguas navegaciones de los griegos en el Siglo VI a. C. En la Ora Marítima se afirma lo siguiente:
"Las tierras del extenso orbe se despliegan a lo largo y ancho, mientras el oleaje se derrama una y otra vez en torno al orbe terrestre. Pero allí donde el hondo mar salado se desliza procedente del océano, de tal suerte que el abismo de Nuestro Mar se despliega ampliamente, se encuentra el golfo Atlántico.
Aquí se halla la ciudad de Gadir, llamada antes Tarteso. Aquí están las Columnas del tenaz Hércules, Ábila y Calpe." 
El poema de Avieno continúa así:
 "Después sigue la prominencia de un santuario y, en lontananza, la fortaleza de Geronte, que lleva un antiguo nombre griego, pues hemos oído decir que en tiempos pasados a partir de ella se dio nombre a Gerión.
Aquí se encuentran las amplias costas del golfo travesío y desde el río Ana, ya nombrado, hasta estos territorios las naves tienen un día de trayecto. Aquí se halla la ciudadela de Gadir, ya que en la lengua de los cartagineses se llamaba Gadir a un lugar vallado. Esta misma ciudad fue denominada primero Tarteso, ciudad importante y rica en tiempos remotos".
Más adelante podemos leer lo siguiente:
Pero el río Tarteso, fluyendo desde el lago Ligustino, a campo traviesa, envuelve una isla de pleno con el curso de sus aguas. No corre adelante por un cauce único, ni es uno solo en surcar el territorio que se le ofrece al paso, pues, de hecho, por la zona en que rompe la luz del alba, se echa a las campiñas por tres cauces; en dos ocasiones, y también por dos tramos, baña el sector meridional de la ciudad."
El texto continúa así:
Por su parte, el monte Argentario se recorta sobre la laguna; así llamado en la Antigüedad a causa de su belleza, pues sus laderas brillan por la abundancia de estaño y, visto de lejos irradia más luminosidad aún a los aires, cuando el sol hiere con fuego las alturas de sus cumbres. Este mismo río, además, arrastra en sus aguas raeduras de estaño pesado y transporta este preciado mineral a la vera de las murallas."
El periplo continúa diciendo:
"A la ciudadela de Geronte y al cabo del santuario, como hemos explicado antes, los separa la salada mar por medio; y entre altos acantilados se recorta una ensenada. Junto al segundo macizo desemboca un río caudaloso. Luego se yergue el monte de los tartesios, cubierto de bosques.
Enseguida se encuentra la isla Eritía, de extensas campiñas, y en tiempos pasados, bajo jurisdicción púnica; de hecho, fueron colonos de la antigua Cartago los primeros en asentarse en ella. Un estrecho separa Eritía de la ciudadela del continente en tan sólo cinco estadios"
Con estos mimbres construyó Schulten su teoría sobre Tartessos y la gran civilización del Atlántico. Como carecía de pruebas, a pesar de haberlas buscado afanosamente durante años, dio por cierto muchas cosas que aparecían en los textos de Platón, Estrabón, Avieno y otros. También puso mucho de su propia imaginación. Esperaba encontrar los restos de una gran ciudad anterior a la aparición de las ciudades-estado del Mediterráneo, y una civilización anterior a la Micénica.
En cierto modo, Schulten pertenece a ese grupo de románticos anglosajones y franceses que cuando llegaban a España quedaban deslumbrados por su paisaje, sus gentes y su Historia; de alguna forma es un romántico que persigue una intuición, un sueño, sin llegar a alcanzarlo.
La civilización tartésica existió, pero no fue ni mucho menos lo que Schulten deseaba que fuese, no fue tan brillante, pero aún guarda grandes tesoros que ignoramos. Schulten trabajó mucho por encontrar su sueño, pero su esfuerzo no cayó totalmente en saco roto, como puede imaginarse. En su afán por describir con detalle lo que fue Tartessos, creó una imagen que adquirió una enorme fuerza, y a partir de ella se abrió paso un mito, muchos de cuyos elementos, han sido asumidos por la imaginación de las masas: la legendaria ciudad de Tartessos. El mito que erigió Schulten es tan potente, que continuamente aparece de forma más o menos velada en los escritos de los investigadores contemporáneos, en los libros de texto y la literatura, y en el imaginario del hombre común.

lunes, 24 de marzo de 2014

SEGUNDA RESTAURACIÓN.

Desde que la Historia dejó de ser Literatura para convertirse en Ciencia, los historiadores han tenido la costumbre de dividir los acontecimientos históricos en períodos. Esto se debe a exigencias del estudio de la materia histórica; hay que separar para discernir, hay que analizar para conocer y comparar. Todas estas actividades son propias del método científico y de cualquier disciplina que presuma de llamarse científica. De esta manera, la Historia de España aparece dividida en períodos, cuyos límites han surgido de los acuerdos a los que han llegado los estudiosos e investigadores, no sin ausencia de diferencias de opinión y encendidas polémicas. En general, podemos decir sin perder la confianza que la Historia de España se divide en ciertos períodos consecutivos que han venido a llamarse Reinado de los Reyes Católicos, Monarquía de los Austrias, Guerra de Sucesión, Monarquía de los Primeros Borbones, Primera República, Restauración Borbónica, etc.
El caso es que el período actual siempre ha sido conocido con el nombre de Democracia, nombre que pienso no es adecuado. Efectivamente el período de la Historia de España en el que vivimos comenzó en 1978, con la aprobación de la última Constitución y tras un breve tiempo de cambios conocido como La Transición. Es cierto que en 1978 se instauró en España un sistema político democrático, distinto profundamente del anterior, basado en la dictadura. Este sistema político de 1978 se organizaba como una Monarquía Parlamentaria, semejante a otras europeas. Pero imaginemos por un momento que, por deseos de la sociedad española, se decide abandonar la monarquía e instaurar una nueva república; el nuevo período histórico debería llamarse entonces Tercera República; correcto. Pero, indudablemente, o al menos seguramente, esa Tercera República sería también una democracia, con lo cual ya tenemos el conflicto, porque ¿por qué causa deberíamos denominar con el nombre propio de Democracia al período anterior, como si fuese el único período democrático de la Historia de España?

Mi propuesta es que el período de la Historia de España que ahora llamamos Democracia junto a la Transición, desde 1975 hasta hoy, debería conocerse como Segunda Restauración; no solo porque en él efectivamente un rey de la casa de Borbón volvió a reinar en España, sino porque, además, los elementos de contacto entre la Restauración de Cánovas y la Monarquía de Don Juan Carlos I son tantos, que ambas etapas parecen simétricas respecto de la línea divisoria de la Segunda República y la Dictadura del General Franco. Estoy dispuesto a discutir los detalles, pero eso sobrepasaría los límites de este comentario.

sábado, 22 de marzo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. III

Cuando alguien tiene interés por alguna civilización ya desaparecida, siente mayor satisfacción a su curiosidad cuando puede ver alguna imagen que representa a un ser humano que vivió en aquellos tiempos y perteneció a aquella civilización. Esto ocurre porque, a fin de cuentas, el interés por la Historia es el interés por el ser humano.
Cuando intentamos acercarnos al mundo de Tartessos podemos imaginar algunas cosas; no muchas, porque aquella civilización quedó en el olvido y sobre ella se sobrepusieron otras civilizaciones absolutamente brillantes. Por esa causa, no hay nada más ilustrativo que contemplar a un auténtico tartesio en su mundo.
Esto último podemos hacerlo visitando el Museo Arqueológico de Córdoba y contemplando la Estela de Ategua. Este objeto fue hallado no muy lejos de la ciudad de Córdoba, en los alrededores de la pequeñísima localidad de Santa Cruz. Se trata de una lápida de piedra caliza de 163 x 78 x 34 cm, que a pesar de haberse encontrado sin contexto arqueológico, pertenece al Siglo VIII a. C., es decir al período inmediatamente anterior o inmediatamente posterior al comienzo de la influencia fenicia. Se ignora su función concreta, pues no parece ser parte de un enterramiento o algún tipo de monumento.
Veamos una imagen de dicha estela tal como aparece en el lugar donde se exhibe:

                                          Estela de Ategua.


Aquí podemos ver un dibujo donde se aprecia mejor lo grabado en la estela:




La imagen principal de la estela representa a un guerrero con armadura muy decorada y rodeado de sus armas: escudo, espada y jabalina. Además, aparecen otros objetos personales como un peine y lo que parece ser un espejo.
Debajo, en otra escena, puede verse al guerrero muerto y a otra persona con una mano sobre el rostro que parece llorar en el duelo. ¿Se trata del padre?¿Tal vez del hijo del difunto?
Más abajo están grabadas las imágenes de un caballo y posiblemente un perro. ¿Animales para el sacrificio?¿Animales que amaba el difunto en vida?
Debajo se ve el carro del guerrero; de dos ruedas y con un tiro de dos caballos. Junto al carro está el auriga.
Al final aparecen unos personajes que bailan una danza cogidos de la mano; posiblemente una danza fúnebre. ¿Son los deudos?¿Quizás guerreros que le acompañaron en la batalla?
A pesar de las conjeturas que es necesario hacer, es evidente que la estela de Ategua representa la imagen de un guerrero que ha muerto, probablemente un héroe caído en batalla; no sabemos si real o legendario. La estela no parece formar parte de una tumba, porque no fue hallada en un contexto funerario. ¿Qué era entonces? Para nuestro propósito esto no es fundamental, porque lo que nos interesa es que representa a un guerrero tartesio, con sus armas y sus objetos de uso diario. Pero sobre todo, lo más importante es que nos muestra el ambiente social en que vivió. Parece un hombre importante, al que muchos lloran al caer en combate. Su posesión más apreciada es su carro, conducido por un hombre de inferior categoría social, como puede verse por su inferior tamaño.
La estela de Ategua nos ofrece una idea sobre la sociedad tartésica del Bronce Final. Se trata de una sociedad aristocrática, donde la guerra constituye la actividad principal del grupo social dominante. Las armas, auténticos artículos de lujo, son los objetos más apreciados por los aristócratas, que combaten sobre un carro, artefacto que señala su rango social.
Los aristócratas tartesios serían los propietarios de la tierra y los que controlaban la explotación de las minas y la comercialización de la plata, el cobre y el estaño. Como deja en evidencia la estela de Ategua, poseían una moral heroica, cuyos máximos valores estaban en el manejo de las armas.
La Estela de Ategua es solo una más de las muchas que se han encontrado en el Suroeste de la Península Ibérica; las más antiguas, que datan de principios de la Edad del Bronce, se encuentran en la región portuguesa del Alentejo. Otras zonas donde se han hallado losas muy antiguas son el Valle del Tajo y del  Guadiana; junto al curso de estos ríos es donde ha aparecido la mayor concentración de hallazgos. Las del Valle del Guadalquivir son más recientes, perteneciendo en su mayoría a los siglos IX y VIII a. C. Aunque algunas de ellas parecen tener una función funeraria, otras muchas parecen ser hitos o marcas que señalaban los lindes del territorio bajo control de un caudillo guerrero o de una familia aristocrática. En todo caso, demuestran una continuidad en la sociedad del Suroeste, que permanece con pocos cambios desde finales del segundo milenio hasta el Siglo VIII a. C., coincidiendo con la llegada de fenicios y griegos a la zona.
                                                 Estela de Cabeza de Buey, Badajoz.


Aquella sociedad no era en absoluto pacífica; la aristocracia guerrera mantenía su posición gracias al uso de las armas y por esa razón los conflictos debían ser frecuentes. La penetración de los fenicios y después los griegos supuso la apertura de importantes mercados del Mediterráneo Oriental para la exportación de los metales de Tartessos. Los más beneficiados de esta expansión comercial fueron los grupos aristocráticos, que aumentaron su riqueza rápidamente. Esto trajo consigo una profundización de las diferencias con el resto de la población y la necesidad de mantener las ventajas conseguidas frente a los competidores y las estructuras socioeconómicas precedentes. En este sentido hay ciertos datos que nos permiten pensar que aquellos aristócratas o régulos se rodeasen de comitivas armadas, las cuales comenzaron a ser reclutadas entre las gentes de la Meseta a partir del Siglo VII a. C.
La llegada de gentes de la Meseta de lengua indoeuropea al Valle del Guadalquivir está ampliamente documentada. En tiempos de la dominación cartaginesa el río Guadalquivir era llamado Betis, y todo el curso medio y una amplia región de Sierra Morena era conocida como Beturia; nombres ambos de origen celta. Más aún, los focenses, en sus navegaciones por el Atlántico en el Siglo VII a. C. afirmaban que en lo que hoy es el actual territorio de la provincia de Cádiz habitaba un pueblo al que llamaban célticos.
Pero quizás la prueba más evidente de el establecimiento de gentes de lengua céltica en el Suroeste de la Península Ibérica la tenemos en el Libro I de la Historia de Heródoto:
"Los habitantes de Focea, por cierto, fueron los primeros griegos que realizaron largos viajes por mar y son ellos quienes descubrieron el Adriático, Tirrenia, Iberia y Tarteso. No navegaban en naves mercantes, sino en penteconteros. Y, al llegar a Tarteso, se hicieron muy amigos del rey de los tartesios, cuyo nombre era Argantonio, que gobernó Tarteso durante ochenta años y vivió en total ciento veinte. Pues bien, los foceos se hicieron tan grandes amigos de este hombre, que, primero, les animó a abandonar Jonia y a establecerse en la zona de sus dominios que prefiriesen; y, posteriormente, al no lograr persuadir a los foceos sobre el particular, cuando se enteró por ellos de cómo progresaba el medo, les dio dinero para circundar su ciudad con un muro. Y se lo dio a discreción, pues el perímetro de la muralla mide, efectivamente, no pocos estadios y toda ella es de bloques de piedra grandes y bien ensamblados."
Argantonio, rey de Tartessos, tenía un nombre indoeuropeo, concretamente de origen celta; sin embargo, las inscripciones y grafitos tartesios muestran que la lengua que hablaban los habitantes del Suroeste de la Península Ibérica no pertenecía al tronco indoeuropeo; es más, no conocemos vínculos con otra lengua e ignoramos el significado de sus palabras.
Argantonio, seguramente el único rey histórico de Tartessos, aparece con todos los atributos de aquella monarquía mítica, riqueza y longevidad, pero lleva un nombre celta.
Como hemos afirmado anteriormente, no cabe duda de que hacia finales del Siglo VII a. C. comenzaron a establecerse en el Valle del Guadalquivir grupos humanos que hablaban lenguas célticas, aunque no tenemos datos para saber cómo ocurrió exactamente. Nos hemos atrevido a decir que en un ambiente de exaltación de la actividad guerrera y fraccionamiento del territorio bajo control de una multitud de régulos, no es imposible que estos "celtas" llegasen al Valle del Guadalquivir como aliados militares de una facción u otra. Se trataría, pues, de bandas de guerreros que comenzaron a intervenir en los asuntos de la región del Suroeste, y que más tarde, tomaron el control de amplios territorios o se establecieron como élites políticas y militares que dominaban al resto de la población.
Este puede ser el caso de Argantonio, rey de Tartessos y hombre muy rico, sin duda porque tenía el control de las minas de las sierras y monopolizaba el comercio con Gadir. Pero es evidente que sus contactos iban más allá de las colonias fenicias; también trataba con los griegos de Focea, con los cuales mantenía excelentes relaciones, hasta el punto de invitarles a que se vinieran a vivir a las costas de su reino; probablemente con la intención de diversificar la oferte comercial y conseguir unos aliados industriosos y con excelentes contactos.
Según Heródoto, Argantonio en 540 a. C., año en que los persas tomaron Focea, ya había muerto; cinco años después, en 535 a. C., tuvo lugar la batalla de Alalia en la costa Norte de Córcega, en la que los cartagineses, aliados con algunas ciudades etruscas, derrotaron a los foceos y establecieron después un bloqueo en las costas de la Península Ibérica para expulsar de las rutas comerciales a los griegos.
Las noticias sobre Argantonio y su extenso reino son las últimas que tenemos sobre la civilización tartésica. Impedidos los griegos para navegar por las aguas del Atlántico y el Sur del Mediterráneo, se impone un espeso silencio. Por desgracia, los cartagineses no dejaron textos en los que poder informarnos; pero es evidente que el control cartaginés sobre el Sur de la Península Ibérica se orientó a impedir el surgimiento de un Estado fuerte y próspero en aquella región. Mucho después, en tiempos de las Guerras Púnicas, los romanos se encontraron en el Valle del Guadalquivir con un panorama político no muy distinto al de los siglos VIII y VII, multitud de régulos que dominaban una o varias poblaciones; eso sí, sometidos a la tutela de Cartago. Pero el tiempo no había pasado en balde, Estrabón consigna unas 200 ciudades en la Bética y nos informa de que sus habitantes son los turdetanos y los túrdulos, estos últimos emigrados de la Meseta. También habitaban la Bética los celtas, entre los cuales destacan dos valientes caudillos, Istolacio e Indortes según Diodoro.

domingo, 16 de marzo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. II

A mediados del Siglo II a. C. el galorromano Trogo Pompeyo escribía en su Historiae Philippicae unas historias que conocemos gracias a que fueron recogidas posteriormente por Justino en el Epitome, en el Siglo IV d. C. Dice así:
"En las serranías de los tartesios, donde se dice que los titanes movieron guerra a los dioses, habitaban los curetes, cuyo antiquísimo rey, Gárgoris, fue el primero que inventó el uso de la miel. Avergonzado de la deshonra de su hija, que le había dado un nieto ilegítimo, procuró deshacerse de él buscándole diversos géneros de muerte. Pero de todos aquellos peligros lo salvó la Fortuna, abriéndole el camino del reino. Gárgoris empezó dejándolo abandonado; pero cuando mandó recoger el cadáver al cabo de unos días, encontraron al niño sano y salvo, alimentado por la leche de los animales salvajes. Cuando se lo llevaron a casa, ordenó que lo pusieran en un sendero angosto por donde acostumbraba a pasar el ganado. Como también de este peligro salió indemne, Gárgoris dispuso que lo arrojasen a una jauría de perros exacerbados por largo ayuno, y luego a los cerdos. Pero ninguno de estos animales le causó el menor daño; antes al contrario, algunos de ellos lo amamantaron.
 Desesperado ya de acabar con él, mandó que lo arrojasen al océano. Pero aquí se mostró claramente el favor divino, pues las furiosas olas lo devolvieron a la tierra como una nave y lo depositaron mansamente en la playa. A los pocos instantes apareció una cierva que ofreció su ubre al niño. Los efectos de tal crianza pronto se hicieron sentir, pues el pequeño adquirió tal agilidad y ligereza de pies, que competía en la carrera por montes y selvas con los ciervos mismos. Al fin fue capturado con un lazo y presentado al rey, que por sus facciones y por ciertas señales que había impresas en su cuerpo lo reconoció por su nieto, y admirado de los raros sucesos y aventuras de que había salido incólume, lo proclamó heredero de su trono.
Cuando subió a éste, fue tan gran rey que bien claro se vio que no en vano había velado por él en tantas ocasiones la protección divina. Dio leyes a su pueblo, antes bárbaro; le enseñó a uncir los bueyes al arado y a arrojar al surco la semilla de trigo; y le hizo abandonar el agreste alimento de que hasta allí se había nutrido."
Aunque el texto no lo menciona, el nieto de Gárgoris se llamaba Habis y, como el lector puede reconocer, llevó una vida semejante a la de otros fundadores como Rómulo y Remo y Ciro, rey de los persas.
Dejando a un lado los elementos propios de la literatura helenística en este bello cuento, queda claro que en la Antigüedad se tenían noticias de una monarquía legendaria en el confín occidental del mundo.
                       Bronce Carriazo, que representa a la "Señora de las bestias".

Estrabón, geografo e historiador griego de los tiempos de Augusto se refiere en sus escritos a un río que fluye en el lejano Occidente, del cual tiene noticias por otro griego, Estesícoro de Himera:
"Parece que los antiguos llamaron al río Baetis Tartessos; y que llamaron a Gades y a la isla contigua Eritia; y se supone que esta es la razón por la cual Estesícoro habló de aquel modo del vaquero de Gerión, a saber, que nació más o menos enfrente de la famosa Eritia, junto a las ilimitadas fuentes con raíces de plata del río Tartessos, en una caverna en un precipicio".
Pero Estrabón también llama Tartessos a una ciudad, que según parece se encontraba en la desembocadura del río:
"Dado que el río tenía dos bocas, se dice que en tiempos antiguos se proyectó una ciudad en el territorio intermedio, una ciudad a la que llamaron Tartessos, por el nombre del río; y al país, que ahora está ocupado por los túrdulos, lo llamaron Tartéside..." 
El mundo helenístico no tenía muy claro si Tartessos era un río, una ciudad, un reino o las tres cosas a la vez. El río Tartessos podría haber sido el Guadalquivir como creía Estrabón, pero también el Tinto, en la ría de Huelva, según se desprende de las informaciones de Avieno, poeta romano del Siglo IV d. C., en su Ora Marítima, poema que sigue el texto de de un antiguo itinerario geográfico datado hacia 600 a. C.
La ciudad de Tartessos no se ha encontrado, a pesar de largas investigaciones en toda la zona del Suroeste de Andalucía y en cuanto al reino de Tartessos, es evidente que Gárgoris y Habis son personajes míticos que carecen de personalidad real.
El mito del rey Gerión difiere un tanto de los anteriores porque, aunque se trate de un gigante de tres cuerpos, introduce ciertos elementos próximos a datos comprobables. Es un rey de las marismas del Guadalquivir que es rico en ganado vacuno y vive en la isla de Eritia. Todavía hoy son famosos los toros marismeños que pastan en las islas de la desembocadura del Guadalquivir, son los toros isleros.
Por otra parte, los romanos conocieron el islote de Salmedina con el nombre de Arx Gerontis, ciudadela de Gerión, lo que confirma la ubicación de sus dominios.
No obstante, según Estrabón, Gerión nació lejos de allí, en un abrigo rocoso cercano a las fuentes del río Tartessos, probablemente en el Alto Guadalquivir.
Los griegos, atraídos por la riqueza de aquellas lejanas tierras, quisieron vincularlas a sus mitos y sus héroes con la intención de  justificar y legitimar su presencia en el extremo Occidente. Así se forjó el mito del viaje de Hércules más allá del Estrecho de Gibraltar, dónde erigió dos columnas conmemorativas y mató a Gerión para robarle su valioso ganado.

                             Hércules combate con Gerión en un vaso griego.

La causa de que al tratar el asunto de Tartessos andemos en la oscuridad es que los textos griegos que se refieren a esta cuestión fueron escritos en su inmensa mayoría durante el Período Clásico, cuando las ciudades de Jonia habían visto cerrado el acceso al Suroeste de la Península Ibérica por el bloqueo que les había impuesto Cartago. Desde mediados del Siglo VI a. C., habiendo caído Tiro en manos de los persas, Cartago asumió la herencia de la antigua metrópoli y emprendió una feroz lucha contra los focenses y otros jonios por el monopolio de los mercados de Occidente. Al final de la pugna hubo de llegar a un acuerdo entre las partes, como suele ocurrir siempre, y los jonios se vieron despojados de sus colonias al Sur del río Ebro e impedidos para navegar por aquellas aguas. Como consecuencia, la información que se recibe en Grecia sobre el Suroeste a partir de este momento es indirecta y sesgada. El núcleo del asunto está en que el género histórico propiamente dicho nace en Grecia precisamente en este momento, y por ello la información anterior pertenece al género mitológico, siempre plagado de elementos ahistóricos.
Probablemente el concepto Tartessos solo podamos aplicarlo, siendo fieles a los testimonios seguros, a una zona geográfica en la que se desarrolló una cultura más o menos homogénea; nunca a una ciudad o a un reino. Por otra parte, el espacio cultural de Tartessos era enorme; ocupaba todo el valle del Guadalquivir, las cuencas del Tinto y el Odiel y el Bajo Guadiana, incluyendo todo el Sur de Extremadura. En la desembocadura del Guadalquivir se han encontrado más de trescientos asentamientos, pero todos ellos de escasa población. Hasta finales del Siglo VIII no se desarrolló un urbanismo complejo, siendo las viviendas anteriores de planta circular y construidas con adobe y materiales vegetales.
No obstante, y dados los hornos para la combustión de minerales que se han hallado, parece ser que antes de la llegada de los fenicios aquellas comunidades tartésicas controlaban la extracción y transformación del metal, así como las rutas comerciales del Atlántico. Esto debió ser así desde el Bronce Pleno, aunque la tecnología metalúrgica fuese rudimentaria. Los minerales se transportaban desde la Sierra de Aznalcóllar hasta Almonte, y desde Riotinto, Tarsis y otras minas hasta los asentamientos metalúrgicos de Huelva. Los minerales metalíferos servirían a los intereses de los exportadores, lo que haría que los tartesios se enriquecieran.
Con la llegada de los colonizadores fenicios y griegos hubo cambios sin precedentes en la región de Tartessos: un aumento del número de asentamientos, una notable exhibición de objetos exóticos en las tumbas y un incremento en la producción de minerales. Todo ello tuvo grandes consecuencias en la organización social y política de aquella civilización.
En la próxima entrada de esta serie veremos algunos de los logros de la cultura tartésica y el probable fin que tuvo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. I

A finales del Siglo IX a. C. se escuchaban muchas historias en los puertos de Jonia. Hacía varias décadas que aquella región de Anatolia había comenzado a recuperarse económicamente, después de más de trescientos años de estancamiento comercial, y las pequeñas ciudades que se asomaban al mar bullían de gentes diversas que buscaban una ocasión para hacer buenos negocios. Se hablaba sobre todo de largos viajes a tierras lejanas, de mares desconocidos, de cosas sorprendentes, casi increíbles. Se hablaba del lejano Occidente, donde todos los días, el Sol, tras recorrer la bóveda celeste, se sumergía en las aguas del Océano, lugar terrible por desconocido. ¿Qué ocurría con el Sol en aquella lejanía? Allí permanecía escondido durante la oscura noche, hasta que, precedido de la aurora, volvía a nacer de nuevo por Oriente.
Los que más sabían de aquellos lejanos lugares eran los phoinikes, los hombres de la púrpura, que decían haber viajado a los confines de Occidente en muchas ocasiones. Se les conocía con el nombre de phoinikes porque traficaban con telas teñidas de un color rojo oscuro y brillante, el phoinix, el púrpura. Eran avezados navegantes y conocían todos los recursos de la actividad comercial, pero no muy fiables, porque a menudo raptaban a aquellos que encontraban solitarios o desprotegidos en las costas adonde arribaban. En los puertos de Jonia eran muy conocidos desde antiguo; llegaban con sus naves cargadas con objetos de marfil, vidrio, bronces, joyas de plata y oro, perfumes y telas de púrpura. Utilizaban un sistema de escritura muy eficaz para hacer rápidas anotaciones sobre los cargamentos, las mercancías, las ganancias, las pérdidas y los contratos que acordaban con los hombres de negocios. Era un sistema muy sencillo, en el que cada símbolo significaba un sonido; como los sonidos eran pocos, cualquiera podía aprender en poco tiempo a escribir. Los jonios habían copiado aquel sistema y lo habían adaptado a su lengua; muchos comerciantes lo utilizaban habitualmente y era sabido que en el Ática y la isla de Eubea también se usaba, con el resultado de que muchos hombres comunes se atrevían a hacer operaciones comerciales cada vez más complejas.
Aquellos phoinikes procedían de Tiro, de Sidón, de Biblos y de Beritus. Las historias que contaban eran escuchadas por todos con gran interés, en especial aquellas que se referían a Occidente. Según ellos, aquellas tierras eran abundantes en metales, sobre todo en plata; allí tenían su morada terribles dioses y gigantes violentos. Los hombres que allí habitaban eran extraños, de raras costumbres y, a menudo, poseedores de grandes riquezas. Muchas de las historias que contaban eran absolutamente increíbles, pero a los jonios les gustaba escucharles, ¿y por qué no?, creerles; ¿acaso no hablaban de grandes riquezas, de fáciles oportunidades de hacer buenos negocios? Muchos hombres en Jonia, en Ática, en Eubea y en Argólide soñaban con viajar a aquellas lejanas tierras donde se ponía el Sol y abundaba la plata.

                                   Barco fenicio representado en un bajorrelieve asirio.

Los habitantes del Peloponeso pusieron su granito de arena en la formación de estas historias. Ellos tenían a Heracles, antiguo héroe que vivió en una edad pasada, varios siglos atrás según la tradición. Se contaba que Heracles viajó al lejano Occidente en busca de una formidable vacada cuyo dueño era Gerión, ser de tres cuerpos que habitaba en Eritía, isla que los helenos identificaron con el lugar donde los fenicios o phoinikes, fundaron Gadir (Cádiz) a principios del Siglo VIII a. C.
Los griegos, deslumbrados por aquellas historias, las incorporaron a sus mitos y forjaron una imagen del lejano Occidente que quedaría impresa en las mentes de los hombres del Mediterráneo Oriental durante siglos.
¿Qué había de verdad en aquellas historias que contaban los fenicios? Probablemente mucho, aunque no tanto como creían los griegos del Siglo IX a. C.
Es muy posible que los fenicios llegasen al Estrecho de Gibraltar a comienzos del primer milenio a. C. Lo hicieron practicando una navegación de cabotaje a lo largo de la costa del Norte de África. Esta forma de navegar consiste en no alejarse nunca de la costa, manteniéndola siempre a la vista. Se navega durante el día a vela si es posible, o a remo si el viento no es favorable; cuando cae la noche, se fondea en una cala o lugar protegido del oleaje y el viento; si el sitio es apacible, los marinos pasan la noche en la playa o en un lugar cercano, si por el contrario el sitio no es seguro, la tripulación duerme a bordo, haciendo turnos de guardia.
Así llegaron los fenicios al Sur de la Península Ibérica. En sus viajes dibujaban a ojo la silueta de la costa y señalaban los lugares más adecuados para fondear, hacer aguada y otras cosas más. De esta sencilla forma se establecieron las primeras rutas marítimas a Occidente, instrumentos prácticos para exploradores, comerciantes y aventureros.
Probablemente las primeras expediciones exploratorias de los fenicios en la Península Ibérica tuvieron lugar en el Siglo X a. C. No obstante, hay que descartar por falsas las informaciones que ofrece el Libro I de los Reyes, cuando afirma que el rey Hiram de Tiro enviaba junto a Salomón una flota mercante a Tarsis en el Siglo X. Las investigaciones arqueológicas han demostrado que las referencias a estos viajes se corresponden con los siglos VIII y VII a. C.(https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/rey-josias).
Uno de los objetivos principales de estos viajes de exploración era la búsqueda de metales. El cobre, el estaño, la plata y el oro atraían el interés de aquellos navegantes, ya que alcanzaban altos precios en los mercados de Oriente. Además, las ciudades de la costa de Siria y Líbano eran grandes centros de manufacturas y la demanda de materias primas de origen metálico era muy alta.
Ya en el Siglo IX los marinos de la ciudad de Tiro hicieron exploraciones por el Atlántico; su intención era establecer un enlace con la ruta del estaño, que partiendo de las Islas Británicas, dirigiéndose hacia el Sur por la Bretaña Francesa, el Golfo de Vizcaya, Galicia y la costa portuguesa, llegaba hasta la desembocadura del Guadalquivir. Fue entonces cuando aquellos navegantes comenzaron a establecer relaciones comerciales regulares con los habitantes de la Península Ibérica. Quiso la fortuna que en aquellas tierras se encontrasen riquísimos yacimientos de cobre y plata, origen de las historias fabulosas que se contaban en los puertos de todo el Mediterráneo Oriental.
A principios del Siglo VIII los tirios decidieron fundar una base de operaciones en el Atlántico, que conectase con el final de la ruta del estaño, estuviese cerca de las minas de cobre y plata del Suroeste y lo más próxima posible a la desembocadura del Guadalquivir. Primero intentaron establecerse en la ría del Odiel, pero, consultados los dioses y siendo desfavorable la respuesta, optaron por hacerlo en una isla poco más hacia el Sureste, a la que los griegos llamaron Eritia. En aquel lugar fundaron el puerto de Gadir.
Dejando aparte la cuestión de los oráculos divinos, es bastante probable que los tirios se viesen rechazados por algún sector de la población indígena que no deseaba que aquellos extranjeros se estableciesen en la ría de Huelva. Gadir se encontraba en un lugar algo más apartado y era de más fácil defensa al tratarse de un grupo de islotes. Los habitantes de la zona utilizaban desde siglos antes la ruta del estaño y poseían el control de las ricas minas de Huelva; es, por tanto, muy posible que no viesen con buenos ojos como aquellos inteligentes y sagaces comerciantes les disputasen parte de los beneficios que generaban la extracción y el tráfico de los metales.
Desde la fundación de Gadir el control e las rutas del Atlántico fue evidente con la funación de las rutas de Castro Marim en la desembocadura del Guadiana y de Rocha Branca en el Algarbe. En este último enclave junto a la cerámica fenicia de barniz rojo y gris aparece otra hecha a mano, lo que sugiere una estrecha convivencia con la población indígena. En el estuario del Sado también aparece otra factoría fenicia. En la desembocadura del Tajo destaca el yacimiento de Quinta do Almaraz sobre un espolón saliente de la bahía que entonces formaba el río. En el mismo casco antiguo de Lisboa se han encontrado restos fenicios, y en el entorno de la ciudad; en el lugar llamado Alcac,ovas de Santarem la ocupación llegó hasta el Siglo II a. C. También encontramos en la desembocadura del Mondego los asentamientos de Santa Olaia y Conímbriga, dudosos en cuanto a fenicios u orientalizantes.(https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/colonizacion-fenicia-y-griega).
Podemos deducir de lo anteriormente dicho que la convivenvia con los indígenas de la Península Ibérica fue buena en gran medida, aunque sin duda las tensiones también existieron.
                            Rutas del estaño en la Península Ibérica.

Gadir se convirtió en el puerto donde confluían todas las rutas del Oeste de Europa y lo que en un principio fue una pequeña colonia acabó siendo una gran ciudad que mantenía constantemente una febril actividad comercial y manufacturera. Los griegos, deseosos de asomarse a aquel escenario que prometía riqueza y desarrollo no tardaron en vincular la brillante ciudad del Atlántico con el más legendario de sus héroes nacionales, Heracles (Hércules) al identificar los islotes de Eritia con el lugar donde habitaba el rey Gerión, el de las hermosas vacas.
En la próxima entrada de esta serie veremos quiénes eran los habitantes indígenas del lejano Occidente y como fueron influidos por el contacto con los navegantes del Mediterráneo Oriental.