domingo, 2 de mayo de 2021

LIMES GERMANICUS. I

 La Política siempre se desarrolla en el terreno de las ideas. Administrar los asuntos de un territorio o una población no es practicar la Política, es administrar. Por tanto, es conveniente, desde un primer momento, diferenciar entre políticos y administradores.

Cuando un político lleva a cabo grandes gestas se le califica como hombre de Estado. Esto es de suma importancia, porque un hombre de Estado es un creador; es decir, es un hombre que crea ideas, que elabora conceptos, que los maneja y los utiliza para su interés o para el interés o la ruina de los demás.

Cayo Julio César fue un gran hombre de Estado, un auténtico creador y un gran destructor, pues para construir lo que construyó, previamente destruyó muchas otras cosas. Jamás entenderemos su genio si lo vemos simplemente como un militar victorioso, que también lo fue; pero, hay que tener en cuenta que César utilizó siempre la guerra como un mero instrumento para conseguir lo que deseaba o lo que le salía al paso en la vida.

César fue uno de los más grandes creadores de ideas que han existido; a partir de cierto momento, toda su carrera se sustenta en la materialización de una serie de conceptos que consigue instalar en el pensamiento de los ciudadanos romanos. Estos conceptos mutaron con gran energía y acabaron transformados en creencias que han formado parte del pensamiento occidental durante más de dos milenios. 

                                                  Cayo Julio César.

Manejó la propaganda con gran habilidad y convenció a sus contemporáneos de ciertas cosas que con un mínimo análisis se mostraban falsas o producto de una visión muy sesgada.
Una etapa crucial de su carrera fue aquella en la que hizo la guerra en la Galia Transalpina. Él sabía que aquella guerra no estaba justificada, razón por la cual sus enemigos intentaron llevarle ante los tribunales y acabar con su carrera política. Por eso, utilizó la propaganda con absoluta maestría, para dar a aquella guerra una apariencia justa, y sobre todo, necesaria. 
En su libro De Bello Gállico, presenta la migración de los arvernos, pueblo galo, como el casus belli que desencadena la guerra; y tirando del hilo, llega hasta la ambición del rey germano Ariovisto y el peligro que esto suponía para Roma. 
En el recuerdo de los romanos estaba la invasión de los cimbros y teutones de los años 113 al 101 a. C. El temor a una nueva invasión de allende los Alpes todavía ejercía una enorme influencia en la sociedad romana del año 58 a.C.
César retrata a Ariovisto como un hombre violento que desea imponer su voluntad a toda costa; que contra todo derecho, arrebata sus tierras y libertad a los habitantes de la Galia Transalpina. Ya desde un primer momento, establece una diferencia entre los habitantes de la margen izquierda y los habitantes de la margen derecha del río Rin. A la izquierda, habitan los galos y los belgas; a la derecha, habitan los germanos.
En De Bello Gállico, se refiere con estas palabras a los germanos:
"XXI. Las costumbres de los germanos son muy diferentes. Pues ni tienen druidas que hagan oficio de sacerdotes, ni se curan de sacrificios. Sus dioses son solos aquellos que ven con los ojos y cuya beneficencia experimentan sensiblemente, como el sol, el fuego y la luna; de los demás ni aun noticia tienen. Toda la vida gastan en caza y en ejercicios de la milicia. Desde niños se acostumbran al trabajo y al sufrimiento. Los que por más tiempo permanecen castos se llevan la palma entre los suyos. Creen que así se medra en estatura, fuerzas y bríos. El conocer mujer antes de los veinte años es para ellos de grandísima infamia, y es cosa que no se puede ocultar, porque se bañan sin distinción de sexo en los ríos y se visten de pellicos y zamarras, dejando desnuda gran parte del cuerpo. 

 XXII. No se dedican a la agricultura, y la mayor parte de su vianda se reduce a leche, queso y carne. Ninguno tiene posesión ni heredad fija; sino que los magistrados y príncipes cada año señalan a cada familia y parentela que hacen un cuerpo tantas yugadas en tal término, según les parece, y el año siguiente los obligan a mudarse a otro sitio."

Presenta a los germanos como gente de creencias y prácticas religiosas toscas y rudimentarias, cuestión que para un romano es señal de salvajismo inequívoca.

También habla de ellos como un pueblo belicoso, que desprecia las comodidades, pues piensa que éstas disminuyen la fortaleza. 

A finales de marzo del año 58 a. C. el pueblo de los helvecios migró desde sus tierras en la cordillera de Los Alpes en dirección a la zona occidental de la Galia Transalpina. Este fue el hecho, que según César, desencadenó el conflicto y le obligó a intervenir en una guerra preventiva.

Terminada la guerra de los helvecios, César acudió a una asamblea de todos los pueblos de la Galia Transalpina y, al terminar la junta, algunos diputados le pidieron hablar con él en privado. Reunido con ellos, le transmitieron lo siguiente:

  "Que habiendo disputado muchos años obstinadamente la primacía, vino a suceder que los arvernos, unidos con los secuanos, llamaron en su socorro algunas gentes de la Germania; de donde al principio pasaron el Rin con quince mil hombres. Mas después que, sin embargo, de ser tan fieros y bárbaros, se aficionaron al clima, a la cultura y conveniencias de los galos, transmigraron muchos más hasta el punto que al presente sube su número en la Galia a ciento veinte mil. Con éstos han peleado los eduos y sus parciales de poder a poder repetidas veces; y siendo vencidos, se hallan en gran miseria con la pérdida de toda la nobleza, de todo el Senado, de toda la caballería." 

Según estos diputados, el responsable de esta situación era Ariovisto, rey de los suevos, cuya ambición era someter a toda la Galia. 

                      Río Rin.

De esta manera, César señala a un culpable de la guerra que él llevaría adelante durante siete años. En principio, dejaba claro que quien comenzó las hostilidades fue Ariovisto, que tenia amedrentados a todos los galos, razón por la cual, los helvecios se vieron obligados a migrar.
De forma casi imperceptible, hace ver al lector que la verdadera razón de la migración era la presión que soportaban los helvecios por causa de los germanos. Así, queda justificada la guerra.
Señalado el enemigo, capítulo a capítulo de De Bello Gállico, utiliza diversos argumentos y sugiere que la Galia Transalpina solo estará segura y libre de los germanos bajo el dominio de Roma:
"Enterado César del estado deplorable de los galos procuró consolarlos con buenas razones, prometiéndoles tomar el negocio por su cuenta, y afirmándoles que concebía firme esperanza de que Ariovisto, en atención a sus beneficios y autoridad, pondría fin a tantas violencias."

A partir de este momento, César se emplea decididamente en enumerar las diferencias entre galos y germanos y en delimitar claramente el territorio que ocupan y la frontera que los separa.

En principio, busca una frontera entre ambos territorios. Desde el punto de vista estratégico, el río Rin constituye un accidente geográfico ideal para establecer una línea divisoria. Es, por tanto, el curso de este río el elegido para marcar la separación entre Galia y Germania.

Esto lo hace a sabiendas de que en la margen derecha del río; es decir, en lo que él llama Germania, habitan varios pueblos de lengua celta y cultura semejante a los que habitan en la margen opuesta; es decir, Galia. Entre estos pueblos de lengua y cultura celta se encontraban los queruscos, los ambrones, los sicambros y los teutones. Es más, podría afirmarse, sin riesgo de faltar a la verdad, que la mayoría de los pueblos que habitaban entre el Rin y el Elba a finales del siglo I a. C., o bien hablaban una lengua celta, o bien tenían una cultura celta.

Se esmera en transmitir la idea de que todos los germanos representan un peligro para Roma, pero en especial, los suevos. pueblo al que califica como salvaje y rápido en empuñar las armas. Habla de Ariovisto como el rey de los suevos, hombre que ambiciona enseñorearse de toda la Galia.

A sabiendas, omite algunas cosas en sus escritos; la más importante que en el año 59 a. C., siendo cónsul él mismo, Ariovisto había sido reconocido como "rey y amigo" por el Senado romano. Además, con el nombre de suevos denomina a un amplio grupo de pueblos que habitaban en el valle del río Elba.

                                              Cráneo de suevo con el típico moño.


Este conglomerado de poblaciones, conocido con el nombre genérico de suevos, eran campesinos cuya economía se basaba principalmente en la ganadería del vacuno y de la oveja. Practicaban una agricultura muy primitiva, reducida casi totalmente a algunos cereales. Estas circunstancias les permitían desplazarse sin demasiadas dificultades. Entre ellos había artesanos del metal y de la madera; pero, en ningún modo comparables a los artesanos de Galia.
En la primera mitad del siglo I a. C. una parte de estas poblaciones se había acercado hasta las orillas del Rin; unos habían cruzado el río Weser, otros habían rodeado la actual región de Bohemia y se habían dirigido al territorio donde nacen, próximos, el Rin y el Danubio. Estos últimos, de entre sus caudillos, habían elegido a Ariovisto como rey por sus cualidades y fortuna en la guerra.
Tras vencer a Ariovisto, César lleva acabo una serie de campañas militares con el objetivo de someter a toda la Galia Transalpina. Ha establecido como límite de ésta por el Este al río Rin y, de hecho, ha creado una nueva provincia sin tener el consentimiento del senado romano.
A finales del año 56 a. C., siendo César ya dueño de todas las Galias, fue sorprendido mientras pasaba el invierno en Galia Cisalpina; los usípetes y los téncteros, pueblos germanos, habían cruzado el Rin y, atravesando las tierras de los menapios, saqueaban todo aquello que se cruzaba a su paso. Se desplazaban con sus mujeres e hijos, transportando sus enseres en pesados carromatos. No avanzaban en una sola columna, sino en muchas que iban en la misma dirección caminando por una amplia zona. Huían de los suevos, que durante años les habían hecho la guerra, arrasado sus campos y robado su ganado.
En aquel invierno Cesar se convenció de que para mantener sometida y en paz a la Galia era necesario disuadir a los germanos de cruzar el río Rin. Tras derrotar y aniquilar a los usípetes y los téncteros a comienzos del año 55 a. C., tomó la determinación de cruzar el Rin para meter miedo a cuantos habitaban la margen derecha, sobre todo a los suevos y sus aliados. Como llegó a la consideración de que cruzar el río en barcas era peligroso, por no saber con certeza lo que le esperaba en la otra orilla, decidió construir un puente de madera.

                                 Maqueta del puente de César sobre el río Rin.

César, prudente, dejó guarnición en ambos extremos del puente y pasó con el ejército al otro lado del río. Enterados de esto los sicambros, abandonaron sus campos y corrieron a esconderse en lugares desiertos de su territorio. Por el contrario, los ubios se presentaron ante César y le ofrecieron rehenes; por estos últimos tuvo noticias de que los suevos habían abandonado sus poblados, que habían escondido a sus mujeres y sus hijos en bosques y pantanos, y que los hombres se habían reunido todos en el centro de su amplio territorio decididos a enfrentarse allí a los romanos.
César echó cálculos y concluyó que adentrarse en suevia era arriesgado, siendo aquel país desconocido. Por otra parte, pensaba que con solo construir el puente y haber cruzado a Germania había conseguido meter miedo a todos los que vivían en aquella orilla del río. Entonces decidió volver sobre sus pasos, cruzar el Rin en dirección a la Galia y el puente.

                 El Rin entre Coblenza y Andernach, posible situación del primer puente de César.

Durante años tuvo que impedir que los germanos cruzasen el Rin; de hecho, antes de su llegada a Galia ya había muchos asentados en la margen izquierda del río. En el año 53 a. C. se vio obligado a construir otro puente sobre el Rin exacto al anterior.
En esta segunda ocasión los suevos se comportan como en la primera:
"En esto, a pocos días le avisan los ubios cómo los suevos iban juntando todas sus tropas en un lugar, obligando a las naciones sujetas a que acudiesen con sus gentes de a pie y de a caballo. Conforme a estas noticias, hace provisión de granos, y asienta sus reales en sitio ventajoso. Manda a los ubios a recoger los ganados y todas sus haciendas de los campos a poblado, esperando que los suevos, como gente ruda y sin disciplina, forzados a la penuria de alimentos, se resolverían a pelear, aun siendo desigual el partido. Encarga que por medio de frecuentes espías averigüen cuanto pasa en los suevos. Hacen dios lo mandado, y después de algunos días, vienen con la noticia de que los suevos, desde que supieron de cierto la venida de los romanos, con todas sus tropas y las auxiliares se habían retirado tierra adentro a lo último de sus confines. Allí se tiende una selva interminable llamada Bacene, que puesta por naturaleza como por barrera entre los suevos y queruscos, los defiende recíprocamente para que no se hagan mal ni daño los unos a los otros. A la entrada de esta selva tenían determinado los suevos aguardar a los romanos."

César, para su interés personal, había creado una frontera, y por tanto, dos espacios políticos y culturales en el corazón de Europa. Durante siglos aquella sería una de las fronteras del Imperio Romano y marcaría la Historia de Europa hasta la actualidad.

Como veremos en las siguientes entradas de esta serie, aquella frontera era muy distinta a lo que hizo ver César a sus contemporáneos, y la Historiografía del siglo XIX a la sociedad en su conjunto. 

lunes, 23 de diciembre de 2019

GEOPOLÍTICA DEL SIGLO XX. EL CASO ESPAÑOL

El 17 de julio de 1.945 se reunieron en Potsdam, cerca de Berlín, Josef Stalin, Winston Churchill y Harry S. Truman. Pocos meses antes Adolf Hitler había sido totalmente derrotado y Japón se rendiría el 14 de agosto, doce días después de concluida esta reunión. En Potsdam los tres vencedores de la guerra llegaron a una serie de acuerdos para repartirse el poder sobre todo el globo; efectivamente, Potsdam fue un repartimiento del poder en todo el planeta.
                                                       Churchill, Truman y Stalin en Potsdam.


Aunque intentaron sacar cada uno las mayores ventajas posibles, el fondo del acuerdo fue muy claro; los vencedores necesitaban la paz y era necesario establecer un orden mundial en el que existiesen unos equilibrios y una garantía de seguridad para las tres potencias, Reino Unido, Unión Soviética y Estados Unidos; la labor más urgente era reorganizar los territorios que habían estado bajo el control del III Reich.

A pesar de esto, los acuerdos quedaron superados por los acontecimientos al día siguiente de terminar la Conferencia de Potsdam. En principio porque Reino Unido fue satelizado desde un primer momento alrededor de Estados Unidos; razón por la cual, en definitiva solo quedaron dos grandes potencias; es decir, el mundo acabó dividido en dos bloques, uno liderado por la Unión Soviética y el otro por Estados Unidos. Aunque se reorganizó el territorio europeo, las dos potencias actuaron con absoluta desconfianza desde el primer momento y comenzaron una carrera de armamentos como no se había conocido antes en la Historia. Estados Unidos arrojó dos bombas nucleares a comienzos de Agosto de 1.945 sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, tras lo cual Japón se rindió y finalizó la II Guerra Mundial. En agosto de 1.949 la Unión Soviética detonó su primera bomba nuclear al noreste de Kazajstán.
                                                              Bomba de Hiroshima.

A comienzos de la década de los años 50 ambas potencias se amenazaban mutuamente con sus armas nucleares; había comenzado lo que se denominó Guerra Fría. Un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y la Unión Soviética hubiese llevado inevitablemente a una guerra nuclear que hubiese devastado todo el planeta; por eso, el equilibrio entre los dos bloques se mantuvo sobre la amenaza de las armas nucleares. Los enfrentamientos, no obstante, fueron frecuentes entre los satélites de ambos; proliferaron pequeñas o grandes guerras en Asia, África y América; las potencias armaban y financiaban a sus respectivos satélites e intentaban socavar el poder del contrario. En Europa se impuso una tensa paz, siempre amenazada, sobre todo en la línea que dividía ambos bloques.

                                                  Muro de Berlín en la Puerta de Brandemburgo.

Desde 1.945 los estrategas de ambos bloques desarrollaron planes defensivos en los ámbitos militar, económico y social. En un principio la Unión Soviética parecía tener ventaja debido a su experiencia política. El Partido Comunista de la Unión Soviética había tenido una vocación expansionista desde 1.917 y su aparato de propaganda era mucho más eficaz que el de los Estados Unidos. Además, se daba la circunstancia de que en los países europeos del bloque liderado por Estados Unidos había partidos comunistas estrechamente vinculados con Moscú.

                                         Portada del periódico L´Humanité, órgano de propaganda del PCF.

La propaganda soviética penetraba con facilidad en las clases trabajadoras y esta circunstancia era considerada como un peligro por los estrategas de Estados Unidos. Desde el comienzo parecía evidente que la arruinada economía de Europa Occidental era el medio más favorable para la consolidación de un movimiento revolucionario, sobre todo en Francia y Alemania Occidental. Era necesario reactivar la maltrecha economía europea de manera urgente, y esto se hizo siguiendo un programa de créditos que se denominó Plan Marshall. Estos créditos fueron entregados en forma de ayudas por el gobierno de Estados Unidos a los estados de Europa, ascendiendo a un total de 12.000 millones de dólares. Ninguno de los receptores de estas ayudas se vio obligado a devolverlas, excepto la República Federal Alemana, que sí debió hacerlo. Reino Unido y Francia fueron los que recibieron un mayor volumen de ayudas, y a mediados de la década de lios años 50 ya habían superado las cifras económicas anteriores al comienzo de la guerra. Otros países que recibieron ayudas fueron Países Bajos, Italia, Bélgica, Luxemburgo, Austria, Dinamarca, Irlanda, Noruega, Suecia, Islandia, Suiza, Turquía, Grecia y Portugal.
                             Cartel donde se hace publicidad de la financiación para la reconstrucción de Alemania Occidental.

España no recibió ninguna ayuda porque un sector de la política estadounidense estaba en contra de ello, aunque el gobierno de los Estados Unidos no puso ningún obstáculo en un principio para que este Estado fuese incluido entre los beneficiados por el Plan Marshall. Mas decisiva fue la protesta del gobierno británico ante esta posibilidad. Reino Unido había sufrido mucho durante la Segunda Guerra Mundial y era una de las tres potencias que se habían reunido en Potsdam. Además, Francia también protestó. Este último país no era uno de los vencedores de la guerra, pero sí que era uno de los principales aliados con que Estados Unidos contaba para hacer frente a la expansión soviética.
Durante la Segunda Guerra Mundial Franco se había puesto del lado de Hitler y Mussolini; de hecho estos le habían ayudado a ganar la Guerra Civil de 1.936 con material bélico y apoyo de todo tipo. Nadie tenía dudas de la participación activa de España en la Segunda Guerra Mundial con el envío al frente de la División Azul, y Franco había llegado a acuerdos con Hitler, aunque políticamente estuviese a bastante distancia del führer. En  1.943, tras el desastre del ejército alemán en Rusia, Franco comenzó a distanciarse poco a poco de Hitler y a mantener contactos con los aliados, lo cual no era tan fácil, porque el régimen, hacía poco tiempo establecido, basaba en buena parte su sostén en los falangistas, próximos al nacionalsocialismo; por esta causa, de manera poco perceptible, Franco fue apartando de los puestos de responsabilidad a los falangistas, sustituyéndolos por hombres de confianza de la Iglesia. Dicho de otra forma; cuando Franco percibió que Hitler y Mussolini iban a ser derrotados, decidió pactar con los aliados y establecer unas nuevas bases políticas para su régimen, siendo en este caso la Iglesia el pilar sobre el que apoyar su estructura ideológica, social y política.


Por eso, cuando Estados Unidos decidió finalmente dejar a España fuera del Plan Marshall, la condición que puso para acceder a las ayudas fue la libertad de culto, algo que sabía que Franco no podía hacer, pues era socavar y arruinar las bases del nuevo régimen español.

Esta decisión fue interpretada como una equivocación por un sector de los estrategas estadounidenses, pues ellos eran partidarios de la política real y consideraban que era imprescindible olvidar las cuestiones de carácter ideológico y centrarse en el verdadero problema, que era detener la expansión soviética. Desde este punto de vista, España era un punto estratégico de primera importancia; no solo por su situación geográfica, al Oeste de Europa, sino porque además era el segundo Estado del mundo en el que un partido comunista había alcanzado el poder de facto.
Por supuesto que Reino Unido y Francia no podían aceptar que España se beneficiase del Plan Marshall, porque la opinión pública de estos países no lo hubiera aceptado de buena forma. Estos dos Estados eran los principales aliados de Estados Unidos y de ninguna manera era conveniente provocar conflictos.
El resultado fue que España quedó definitivamente fuera del Plan Marshall y fue sometida a un aislamiento económico y político que tuvo como consecuencia el fin de la tímida recuperación económica que había comenzado a mediados de los años cuarenta. Sometida al duro aislamiento, se produjo una caída de los indicadores económicos y se deslizó por una profunda recesión que duró toda una década.



                                                   Cartilla de Racionamiento del año 1.946.


Pero además, ocurría que el régimen del general Franco no encajaba de ninguna forma con el esquema político que Estados Unidos había diseñado para Europa Occidental. La propaganda soviética ofrecía una alternativa política que podía atraer a amplios sectores de la clase obrera y de las incipientes clases medias. Frente a ésto, los estrategas occidentales debían levantar un proyecto político que constituyese a la misma vez un sistema socioeconómico y una ideología capaz de rebatir los argumentos del socialismo. Para construir un edificio político de estas características se echó mano de la socialdemocracia, muy desprestigiada en los años treinta, época de acusados extremismos.

Después de la Primera Guerra Mundial, los socialdemócratas habían participado en los gobiernos de diversos Estados europeos, pero tras la crisis de 1.929 el panorama cambió absolutamente; poco a poco se fueron imponiendo los extremos y se acusó a la socialdemocracia de ser un instrumento al servicio del capital, una especie de paño caliente para evitar que la clase obrera tomase el poder.
Precisamente esta idea encajaba perfectamente con las necesidades de Estados Unidos y sus aliados en Europa; el objetivo era impedir que la propaganda soviética penetrase con eficacia entre quienes podían prestarle oídos. La socialdemocracia no era partidaria de la revolución, sino de las reformas sociales y políticas que llevasen finalmente a un sistema democrático y liberal, pero basado estrictamente en lo que se denomina el Estado del Bienestar. Es decir, a fin de cuentas, lo que defendía la socialdemocracia era un sistema de libre mercado, pero civilizado y amansado por los conceptos de igualdad y garantías sociales.
Este fue el sistema que se estableció en todos los Estados de Europa Occidental, lo cual suponía unas condiciones para las clases trabajadoras como no se habían conocido nunca. Los sindicatos se elevaron como auténticas fuerzas políticas que colaboraban o se oponían a los gobiernos, pero sin que se llegase a extremos no deseados. En cierto modo pasaron a ser entes orgánicos, financiados por el Estado. La asistencia sanitaria pasó a ser gratuita y universal, sin que se impidiese que existiesen otros sistemas sanitarios paralelos de carácter privado. El empeño en este aspecto fue tan grande que los sistemas sanitarios públicos se convirtieron en los mejores de todas las épocas, aumentando la esperanza y la calidad de vida de forma asombrosa; muchas enfermedades fueron erradicadas y otras muchas se encaminaron a su desaparición.
El sistema debía garantizar que todos los trabajadores tuviesen una pensión cuando la edad les impidiese rendir adecuadamente en el trabajo. El sistema de pensiones fue otra de las columnas sobre las que se construyó el sistema socialdemócrata de Europa. Además, se fueron implementando otras muchas ayudas que salían de las arcas públicas, como el seguro de desempleo, pensiones de viudedad o de incapacidad laboral.
En el aspecto educativo, la enseñanza gratuita, organizada y financiada por el Estado, alcanzó altas cimas de calidad y desarrollo durante aquellas décadas de los cincuenta a los ochenta. Al igual que ocurría con la sanidad, se permitía un sistema paralelo de carácter privado.
Sin duda todo esto suponía un enorme gasto para el Estado, de ahí que fuese necesario mantener unos impuestos altos para mantener el sistema. Por ello, los grandes, medianos y pequeños capitalistas debían contener sus ansias de rentabilidad y colaborar más o menos gustosamente para que el sistema se mantuviese, pagando al fisco lo que se les exigiese; la alternativa se dibujaba atroz: las masas, descontentas, abrazarían las ideas que provenían de la URSS, y se revolverían contra todo lo que considerasen culpable de una situación injusta.
Lo cierto es que el sistema tuvo éxito; la propaganda soviética fue combatida eficazmente y aparecieron unas extensas clases medias con una alta calidad de vida y enemigas de cualquier experimento revolucionario. Dicho sistema se mantuvo en excelentes condiciones hasta la desaparición de la URSS en 1.991.



                Congreso socialdemócrata de Bad Godesberg. República Federal Alemana, 1.959.

Aunque algunos estrategas norteamericanos fuesen partidarios de acabar con el aislamiento del régimen del general Franco, lo cierto es que el sistema político franquista era incompatible con la socialdemocracia, pues no tenía carácter democrático. Sin embargo, a medida que la política de bloques y la Guerra Fría se fueron endureciendo, se llegó a la conclusión de que aliviar dicho aislamiento era lo más inteligente. Por un lado, porque Franco no iba a estar eternamente en el poder y lo que ocurriese después era impredecible; por otro lado, porque el desarrollo económico y social iba haciendo olvidar las calamidades de la  Segunda Guerra Mundial a los ciudadanos británicos y franceses, e incluso a los alemanes; bien es sabido que el ser humano, como grupo, es de corta memoria.
De esta forma, se procedió a un tímido acercamiento al régimen español que comenzó en 1.950, año en el que el ejército de Corea del Norte invadió el territorio de Corea del Sur. Dos meses después del comienzo de la Guerra de Corea, Estados Unidos concedió un crédito de 62,5 millones de dólares a España. Casi simultáneamente, Estados Unidos abogó ante la ONU para que cesase el boicot diplomático al régimen de Franco. En abril de 1.952 comenzaron las negociaciones entre España y Estados Unidos para firmar un acuerdo económico y defensivo.
En noviembre de 1.952 Eisenhower ganó las elecciones y pasó a ocupar la presidencia de los Estados Unidos. Desde un principio fue un convencido partidario de integrar al régimen de Franco entre los aliados del bloque atlantista. De esta forma, en septiembre de 1.953 se firmaron en Madrid unos pactos entre España y Estados Unidos cuyo contenido era el siguiente:



  1. Estados Unidos suministraría armamento a España.
  2. Estados Unidos proporcionaría ayuda económica a España.
  3. Estados Unidos establecería bases militares en España.

Entre 1.953 y 1.963 España recibió una ayuda aproximada de 1.500 millones de dólares; pequeña cantidad si la comparamos con las cifras del Plan Marshall. No obstante, estas ayudas y el progresivo levantamiento del boicot político y comercial fueron suficientes para sacar al régimen de Franco de la situación crítica en que se encontraba a finales de los años cuarenta.
Los intentos del régimen por sobrevivir llevando a cabo una política económica autárquica habían fracasado, y ahora, con el apoyo de Estados Unidos y ciertos sectores de Europa, se podía proceder a una liberalización del sistema. Franco, habiéndose visto solo y rodeado de un ambiente hostil había acudido a granjearse la colaboración de las burguesías vasca y catalana, únicos grupos sociales que estaban en condiciones de mantener la producción industrial en un país aislado y desabastecido. Esta decisión, determinada por la necesidad imperante, tuvo como consecuencia perpetuar las diferencias territoriales dentro del Estado, haciéndose más profundo el surco que separaba a una España agraria y pobre de otra industrial y rica. Estos mismos sectores de las burguesías industriales no veían con buenos ojos que se procediese a una liberalización excesiva del mercado, pues entendían que ello iba en contra de sus privilegios.
El 21 de diciembre de 1.959 Eisenhower visitó España y se entrevistó con Franco. Este hecho es considerado por todos los analistas como el acontecimiento que marcó el fin del aislamiento del régimen del Caudillo. Pero esto es relativo. Es cierto que en Estados Unidos se habían impuesto definitivamente los partidarios de la política real, los que pensaban que lo único importante era el enfrentamiento con la expansión del comunismo. Desde 1.949, con el triunfo de Mao Zedong y la proclamación de la República Popular China, la situación internacional se había agravado, y la Guerra Fría era un hecho incontestable. El mundo entero se había convertido en un complicadísimo tablero en el cual solo se podía estar alineado en uno de los dos bandos, en uno de los dos bloques, el del mundo liberal capitalista y democrático, o en el mundo del socialismo y de la dictadura del proletariado.


                                                             Eisenhower y Franco en 1.959.


Esta definición de los dos bloques que acabamos de dar es una de otras tantas que se manejan según quien las haga. Por supuesto que los bloques no eran tan homogéneos como se ha pretendido; por ejemplo, China y la URSS desconfiaban mutuamente y acabaron enfrentadas en ciertos escenarios estratégicos; Francia nunca fue una colaboradora sincera con Estados Unidos, y siempre buscó sus intereses particulares, a veces enfrentados con la gran potencia hegemónica.
A menudo se ha exagerado la importancia estratégica de España en este gran tablero de ajedrez; pero, lo que sí es verdad es que dicha importancia fue en aumento desde 1.959 debido a la evolución de los acontecimientos internacionales. La descolonización fue uno de los asuntos de mayor importancia de aquella época. El gran capitalismo era partidario de que los territorios de las colonias se independizasen y se organizasen en nuevos Estados, pues de esta manera, a través de las oligarquías gobernantes era mucho más fácil controlar la economía y las riquezas de aquellas tierras. Además, la independencia suponía la creación de inmensos mercados, integrados por muchos millones de nuevos consumidores, que con cierto nivel adquisitivo, podían adquirir los productos elaborados en Estados Unidos y Europa. Por otra parte, para que estos Estados se desarrollasen era necesaria una enorme inversión en infraestructuras y equipamientos, cuyo coste se pagaría en materias primas. En resumidas cuentas, al gran capitalismo le interesaba más que estos territorios fuesen independientes porque así las perspectivas de ganancia aumentaban.





Claro que todo movimiento estratégico tiene su contrapartida; al soltar las riendas de las antiguas colonias se abrió una brecha para la propaganda soviética y aparecieron numerosas organizaciones armadas revolucionarias en África, Asia y Latinoamérica. De hecho, el tema de la descolonización y los nuevos Estados se convirtió en un enorme quebradero de cabeza para Estados Unidos y sus aliados. El conflicto que hizo más daño a los intereses del bloque occidental fue el de la Guerra de Vietnam, que duró casi 20 años.
Por el contrario, en Europa los logros del sistema de la socialdemocracia paralizaron el planteamiento estratégico de la URSS a finales de los años 50. Una numerosa clase media con una alta calidad de vida comenzaba a dominar el panorama político en Francia, Reino Unido, República Federal Alemana, Italia, Holanda, Bélgica, Dinamarca, Suecia y Noruega; estas clases medias votaban estabilidad, a partidos declaradamente socialdemócratas o a partidos conservadores que asumían la mayor parte del programa de la socialdemocracia.
La estrategia soviética se planteó entonces dirigir sus objetivos hacia otros ámbitos diferentes de la clase obrera, pues el perfil de ésta se había diluido con las reformas sociales de la socialdemocracia. La propaganda y la expansión ideológica se dirigió entonces a los ámbitos educativo, cultural y artístico. Penetrar en las universidades fue uno de los grandes aciertos del aparato de propaganda y agitación de la URSS; en todas ellas se organizaron células de profesores simpatizantes o decididamente activos y grupos de estudiantes que seguían las instrucciones que se daban desde el PCUS. El mundo de la cultura ya estaba abonado desde la década de los años 30; los vínculos de muchos intelectuales con las ideas revolucionarias venían de muy lejos y eran muy consistentes. De especial importancia era tener periodistas a sueldo que hacían interpretaciones o emitían opiniones concordantes con las instrucciones del aparato de propaganda soviético. Con los artistas ocurría un tanto de los mismo, con la particularidad de que los mensajes que propagaban tenían un acceso más directo al subconsciente de las masas. Se trataba finalmente de crear una cultura revolucionaria que se sustentase en un esquema ideológico simple basado en unas cuantas consignas.
A finales de los años 60 esta cultura revolucionaria había arraigado entre la juventud de las clases medias de Europa y, en parte, de Estados Unidos.


                                                    Manifestación en mayo de 1.968 en Francia.


Era evidente que el régimen de Franco ofrecía unas garantías a los estrategas del bloque occidental que pocos podían ofrecer. En un tiempo en el que la Guerra Fría se encontraba en su punto álgido, un régimen que ofrecía control ideológico y político, y resignado a una dependencia total era algo que no se debía subestimar. Así se entendió en Estados Unidos, donde se dio a España el trato mejor posible, con el impedimento de que se trataba de relaciones con una dictadura que años antes había sido partidaria de Adolf Hitler. Pero, ¿qué más daba? También en otras partes del mundo se estaban instaurando otras dictaduras y regímenes autoritarios con los que se mantenían excelentes relaciones.
Con los Estados de Europa las cosas no iban igual; era cierto que el boicot se había relajado mucho, pero los gobernantes europeos tenían más escrúpulos y, además, no podían estar proclamando día y noche los principios de la socialdemocracia y tratar a una dictadura en términos de igualdad.
Lo cierto es que Franco hizo muchos movimientos de acercamiento al sistema de Europa Occidental. En principio, y como hemos dicho anteriormente, alejó a los elementos falangistas de los cargos de mayor responsabilidad; de hecho, la Falange quedó diluida en el Movimiento Nacional, conglomerado político sobre el que se sustentaba el régimen. Desde 1.950 la mayoría de los cargos del gobierno estuvieron en manos de hombres próximos a la Iglesia; es lo que se ha llamado de forma inapropiada nacionalcatolicismo. Y digo esto último porque la Iglesia acabó traicionando a Franco, apoyando a todos los grupos de oposición al régimen que se ponían a tiro, ya fuesen comunistas, liberales o nacionalistas independentistas.
Durante los años 60 el régimen franquista se fue aproximando como pudo al sistema de la socialdemocracia europea, creando su propio Estado del Bienestar con educación y sanidad universales y gratuitas y garantías sociales y económicas para los trabajadores. En lo que no podía aproximarse era en el aspecto político, pues eso significaría derribar el régimen, cosa que ocurrió en 1.978, pocos años después de muerto el dictador.
A finales de los años 60 la política económica y social en España convergía con la de las socialdemocracias europeas y el trato de éstas con el régimen español fue evolucionando hacia la igualdad por ambas partes. Diversos foros internacionales se abrieron para España y la economía mejoró como consecuencia del levantamiento del boicot.
En 1.975 murió Franco y Estados Unidos y sus aliados europeos buscaron una alternativa para hacer una transición pacífica desde el régimen de la dictadura hasta otro democrático y dentro del patrón de las socialdemocracias europeas. Dicha transición fue hecha por el Rey Juan Carlos I y un grupo de políticos que eran conscientes de la situación por la que pasaba el Estado; este proyecto político quedó consolidado con la aprobación de la Constitución de 1.978, vigente hasta la fecha.
El nuevo régimen debía sustentarse, según el modelo europeo, en dos grandes partidos, uno conservador y otro socialdemócrata, y poco a poco debía integrarse en todas las organizaciones políticas y económicas de Occidente en general y Europa en particular.
Durante los años 80 el régimen democrático español, apadrinado por los demás Estados europeos alcanzó altas cotas de estabilidad y mantuvo el desarrollo de las décadas anteriores. Pero, como nada permanece, sino que todo cambia, a finales de los años 80 la Unión Soviética dio síntomas de extrema debilidad y decadencia, provocadas por la corrupción institucional y la ineficacia generalizada. En 1.991 el Estado soviético se derrumbó y terminó oficialmente la Guerra Fría por desaparición de uno de sus beligerantes. Este hecho tuvo unas consecuencias trascendentales en Europa, no solo porque todos los Estados del área de influencia de la URSS quedaron a su libre arbitrio; entre ellos la República Democrática Alemana, que ya en 1.989 se emancipó de la moribunda URSS y acabó uniéndose a la República Federal Alemana, sino porque también supuso el fin de la justificación política del sistema de la socialdemocracia; sin enemigo al que enfrentarse ya no eran necesarios los instrumentos que se habían utilizado en la defensa.
Ya en 1.991, al finalizar la Primera Guerra del Golfo, el presidente de los Estados Unidos George H. W. Bush proclamó el establecimiento de un Nuevo Orden Mundial, anticipando que los cambios que se avecinaban afectarían a la humanidad en los aspectos político, social y económico.
 Aquella década de los años 90 fue la de la hegemonía absoluta de los Estados Unidos y, aparentemente, una época de paz. Pero de manera silenciosa se iban preparando los reajustes que llevarían al mundo a una nueva etapa de la Historia. En Europa se procedió a dar los primeros pasos hacia un Estado federal al firmarse el Tratado de Maastricht en 1.993. España fue uno de los Estados firmantes; tan solo dos años después de la desaparición de la Unión Soviética se pisaba el acelerador de la unidad política del continente europeo. Este movimiento de los políticos de Europa fue visto desde Estados Unidos como una toma de posiciones que no encajaba enteramente con los intereses norteamericanos, pero entendieron que se trataba de un gesto de supervivencia de la burocracia europea tras la desaparición de la URSS; más tarde en Washington quedarían sorprendidos cuando descubrieron que este nuevo ente político, este gigante de muchas cabezas, iba a ser acaudillado por Alemania, resucitada finalmente tras el desastre de 1.945.

Aparentemente, hemos dicho, aquella fue una época de paz, solo alterada por el ambiente cada vez más conflictivo de Próximo Oriente. Lo que nadie esperaba es que el 11 de Septiembre de 2.001 se produjesen los atentados del World Trade Center en Nueva York. Quedaba inaugurado el Siglo XXI.

jueves, 24 de marzo de 2016

ALFONSO VI. EL REY QUE FINANCIÓ UN PEDAZO DE CIELO EN LA TIERRA

En el año 910  Guillermo, duque de Aquitania, donó a unos monjes benedictinos la villa de Cluny , además de los extensos campos que la rodeaban. Aquellos monjes formaban un grupo reducido, pero su ánimo no era pequeño; más bien se trataba de una reunión de espíritus emprendedores, pues su intención era fundar un nuevo monasterio. Pero no un monasterio cualquiera, sino el más perfecto, aquel que limase hasta hacer desaparecer todos los defectos que aquejaban a la orden benedictina, al monacato y al fin, a la Iglesia.
Guillermo de Aquitania mostró buena disposición para colaborar en este proyecto desde el principio, de manera que cuando hizo la donación dejó por escrito que las tierras pertenecientes al futuro monasterio de Cluny no estarían sometidas a la jurisdicción y señorío de nadie. Con esto el monasterio de Cluny quedaba totalmente libre de la tutela de los señores feudales de los alrededores.En la misma línea la Carta de fundación de la abadía establece la libre elección del abad por parte de los monjes.
Todos estos escrúpulos eran consecuencia del deseo de aquellos monjes de alcanzar la perfección, la santidad en este mundo. Tenían pues, un objetivo ambicioso, y todas las medidas puestas en práctica para alcanzarlo les parecían pocas. Por esa  razón en la abadía de Cluny nunca cesaban los cantos en alabanza del Señor, cual si se tratase de los coros de ángeles que, sin interrupción, rodean al Altísimo y hacen vibrar la bóveda del cielo. Entrar en Cluny era como estar entre los ángeles.
Así lo entendieron la nobleza y el clero de aquella época, y también así lo acabó entendiendo el obispo de Roma, Cluny era el lugar más cercano al cielo que había en la Tierra; era un pedazo de cielo en la Tierra.
La fama del monasterio se extendió por doquier a gran velocidad y otras congregaciones de monjes se le unieron, pasando a convertirse en réplicas del original, adoptando en todos los detalles la regla de la abadía matriz.
No menor fue la admiración que despertó Cluny entre la gente común y los más pobres, pues los monjes a diario repartían pan a los necesitados en la puerta del monasterio, tras lo cual se arrodillaban ante todos los que recibían la limosna.
Pero sin duda, lo que otorgó a Cluny mayor poder sobre las conciencias de aquella época fue su independencia con respecto a los poderosos, ya que en la carta del duque Guillermo se había declarado a la abadía “libre del dominio de cualquier rey, obispo, conde o pariente de su fundador”.

Cluny en Europa.

La muestra más evidente del enorme éxito de la abadía es que su primera ampliación se hizo no demasiados años después de la fundación; los trabajos se iniciaron en 948 y la iglesia fue consagrada en 981.
Durante el siglo XI el prestigio de Cluny creció sin cesar y las donaciones de tierras, oro y plata lo hicieron en la misma proporción. El poder y la influencia de los abades aumentaba de forma imparable y numerosos miembros de las familias más ilustres de la cristiandad solicitaban su ingreso en la orden. La cima de este poder se alcanzó cuando los abades de Cluny sellaron una alianza con el papado y ambas instituciones comenzaron a difuminar la frontera que las separaba. A finales de este siglo Cluny tenía más de 1000 filiales distribuidas por todo el continente europeo.
Este crecimiento sin precedentes hizo necesarias otra serie de ampliaciones de la abadía que comenzaron en 1088 por iniciativa del abad Hugo, que a la sazón contaba con los recursos de las donaciones de varios reyes y nobles de aquellos tiempos.
Sin embargo, todas las donaciones eran pocas para un proyecto como el que había concebido Hugo, pues en él se incluía la construcción de una nueva iglesia abacial que tuviese unas proporciones muy superiores a todas las existentes hasta el momento, que fuese considerada la maior ecclesia (iglesia principal) de la cristiandad; dicho de otro modo, Hugo quería que la abadía de Cluny, en los campos de Borgoña, fuese el centro de la cristiandad, sin menoscabo de que en Roma residiese el papa, sucesor de San Pedro, vicario de Cristo.
La gran iglesia tendría un tamaño descomunal para aquella época y no se escatimaría en materiales, técnicos y mano de obra. Con planta de cruz latina y doble crucero, sus dimensiones eran de 187 m de longitud y una altura de 32 m en el crucero mayor; además poseía quince capillas radiales y cuatro campanarios mayores.








La maior ecclesia de Cluny.

              
    No cabe duda de que el abad Hugo necesitaba grandes cantidades de dinero para financiar tal proyecto arquitectónico, y no le faltaban colaboradores entre los hombres más poderosos y ricos de Europa. No obstante, el impulso económico definitivo fue posible por la voluntad de un rey hispano, un hombre que en principio había cosechado mala reputación por haberse visto involucrado en la muerte de su hermano mayor y por mostrar una actitud implacable con su desafortunado hermano menor. Este rey era Alfonso VI de León y Castilla.  

Alfonso VI de León y Castilla.



Esta mala reputación y su condición de rey periférico de la cristiandad ya habían sido remediadas en lo posible con el abandono de las primitivas formas visigóticas y la adopción del ritual romano en todos sus reinos. Aquellas medidas tomadas en 1080 agradaron sumamente al papa Gregorio y abrieron el camino a la diplomacia del rey que se hacía llamar “Emperador de Hispania”.
Si el abad Hugo tenía grandes proyectos, Alfonso tampoco le iba a la zaga. El título de emperador era una cosa muy seria en aquellos tiempos, pues hacía referencia inequívoca a la grandeza de Roma, y a la de la nueva Roma, es decir, Constantinopla. Arrogarse el poder imperial era reclamar el poder absoluto en una época en la que la autoridad real estaba muy disminuida. Además, el título de emperador era equivalente a protector y guía de toda la cristiandad.
Pero desde los tiempos de Constantino no había emperador que no hubiese tenido que contar con la Iglesia; y desde los tiempos de Carlomagno todos los emperadores habían sido coronados por el papa en Roma.
Para Alfonso, mantener buenas relaciones con la Iglesia de Roma era algo prioritario, pues sus ambiciones políticas no podían materializarse sin el apoyo del papa y de su más estrecho colaborador, el abad de Cluny.
Cierto era que cualquiera que se asomase a sus reinos vería algo muy distinto al Imperio Romano; huraños pastores, toscos campesinos y violentos guerreros que se refugiaban tras los muros erizados de almenas de los castillos, así era la mayoría de la gente que habitaba aquellas tierras. Aún así, tenía razones para sentirse un gran rey, pues tenía sometidos a todos los reinos musulmanes de la Península Ibérica, que en total suponían casi dos tercios del territorio, eran ricos y estaban repletos de poetas, músicos y artesanos de todos los oficios. No ocurría lo mismo con los navarros, aragoneses y catalanes, con los cuales mantuvo alianzas y desacuerdos alternativamente.
Por todas estas razones, y decidido a entrar de lleno en la órbita diplomática europea, comenzó a establecer vínculos a todos los niveles con Borgoña, casándose sucesivamente con tres princesas francesas, y a su vez, casando a sus dos hijas consendos nobles borgoñones.
Su afán era hacer política al otro lado de los Pirineos con la intención de buscar en aquellas tierras aliados y vasallos, y sobre todo, para que se reconociera que él era el rey más rico y poderoso de la cristiandad. Para conseguir esto encontró un medio eficaz e inequívoco, que fue implicarse en el proyecto religioso y arquitectónico más importante del occidente cristiano hasta aquel momento, es decir, financiar la construcción de la maior ecclesia de Cluny.
Y es que Alfonso VI era verdaderamente rico, probablemente el hombre más rico de la cristiandad, y por esa razón podía permitirse aportar grandes cantidades de recursos económicos para la construcción de aquel pedazo de cielo encajado en este mundo terrenal que era la gran iglesia de la orden monástica más poderosa de todos los tiempos. En total la cifra que el rey puso sobre el tapete ante el boquiabierto abad Hugo fue de 10.000 talentos de oro, una cantidad desmesurada.
Pero ¿de dónde sacaba Alfonso VI tal cantidad de dinero?¿no era un rey de campesinos y soldados sin más patrimonio que sus ovejas y su cosecha? ¿de dónde procedía tal cantidad  de oro?
En efecto Alfonso VI era rico en oro, que obtenía de una fuente que parecía ser inagotable. Esta fuente eran los pequeños reinos musulmanes de la Península Ibérica, los denominados reinos de taifas. Ricos desde su origen, la descomposición del Califato de Córdoba; ricos por sus industrias de seda, algodón, orfebrería, cerámica, cueros y metales; ricos por su agricultura, intensiva y muy productiva, ricos por sus finanzas, muy activas.
A estos reinos los extorsionaba continuamente Alfonso cobrándoles unos tributos anuales denominados parias. A cambio del pago del tributo Alfonso les proporcionaba seguridad; los enemigos no osarían devastar sus campos, y lo más importante, Alfonso no robaría sus cosechas y su ganado, no cautivaría a sus gentes, no incendiaría sus ciudades, no se llevaría su oro.
Las taifas de Toledo, Badajoz, Sevilla y otras pagaban a Alfonso estos tributos con tal de no ver sus campos arrasados y sus ciudades incendiadas, con tal de tener algo de seguridad, de no temer por las vidas de sus habitantes.


                                 Taifas a mediados del Siglo XI.

Para demostrar quién tenía el verdadero mando en 1082 el rey Alfonso encabezó una expedición que llegó hasta el extremo sur de la Península y entró en el mar con su caballo, acto simbólico con el cual afirmaba su soberanía sobre toda Hispania.
En aquellos años Alfonso VI ya había acumulado una gran cantidad de riquezas y continuaba extorsionando con ahínco a los débiles reinos de taifas. Tal era su afán recaudatorio que llegó a ocupar algunas fortalezas del sur de la Península y puso oficiales y guarniciones en ellas, todo ello para asegurar que los tributos llegasen regularmente a sus arcas.
Los reinos de taifas soportaban de mala gana el pago de estos tributos, sobre todo los artesanos, comerciantes y medianos propietarios agrícolas, sobre los que pesaba de manera más abrumadora la presión de las parias. Así fue creándose poco a poco un ambiente enrarecido, favorable a la formación de un partido antileonés en todas las ciudades musulmanas de la Península.
Los habitantes de Al-Andalus conocían bien este sistema de las parias porque habían sido sus antepasados los que lo habían inventado. En otros tiempos eran los califas cordobeses los que sangraban a los cristianos de los reinos del norte y a los propios cristianos que malvivían en las ciudades y campos de Al-Andalus. Ahora simplemente las tornas habían cambiado y los antaño expoliados se habían convertido en expoliadores.
El primer rey cristiano que impuso el cobro de las parias a las gentes de Al-Andalus fue Fernando I de León, padre de Alfonso VI. Sometió los reinos de Toledo, Sevilla, Zaragoza y Badajoz y les obligó a pagar el tributo. Alfonso no hizo otra cosa que imitar a su padre en este asunto y procuró mantener amedrentados a los reyes de las taifas con objeto de que pagasen sin retraso cuando se presentaba el oficial recaudador en sus alcázares. No obstante, Alfonso comenzó desde muy pronto a exigir más de lo que lo había hecho su padre, con lo cual el ambiente fue caldeándose y la gente de las taifas se convencieron de que la situación era insostenible.
En 1084 el partido antileonés de la ciudad de Toledo se sublevó contra el rey Al-Qádir, quien aterrado pidió ayuda a Alfonso para aplastar la revuelta y el rey leonés puso sitio a la ciudad. El 25 de mayo de 1085 Toledo se rindió y Alfonso VI considerando los antecedentes de la situación decidió anexionarse la ciudad. Para compensar a Al-Qádir le hizo rey de la taifa de Valencia.
En toda la cristiandad repicaron las campanas por la conquista de Toledo, antigua capital del reino visigodo y símbolo del sometimiento de la Península Ibérica al poder musulmán. En Cluny la noticia fue recibida con gran alegría, pues en aquel año las relaciones de Alfonso con Borgoña ya eran estrechas y el rey leonés comenzó a enviar ricas donaciones a la abadía. En 1085 el rey de León creía que había actuado correctamente en la crisis toledana. Era cierto que había tenido que forzar la situación y asediar una de las ciudades más grandes de la Península Ibérica, pero a cambio había logrado grandísima gloria al conquistar aquel símbolo de la realeza hispana que era Toledo. Además estaba convencido de que los toledanos, ya fuesen musulmanes, judíos o cristianos no iban a permitir que Al-Qádir volviera al trono del reino, y que una parte importante de la población estaba a favor de la anexión.
Sin embargo hubo alguien que no vio así las cosas. Este fue Al-mutamid, rey de la taifa de Sevilla, el más poderoso de los monarcas musulmanes de aquel tiempo. Al-Mutamid, que pagaba las parias de mala gana, interpretó la conducta de Alfonso VI como un cambio de estrategia; pensó que el rey de León había decidido conquistar Córdoba, capital del antiguo califato, en consonancia con sus deseos de declararse señor indiscutible de Hispania. La consecuencia lógica de esto es que a la postre Sevilla también sería conquistada y Al-Mutamid perdería su reino.

Reino de Sevilla durante la época de Al-Mutamid.

Que Alfonso tuviera previsto conquistar Córdoba era bastante probable, pero que tuviese intención de hacer lo mismo con Sevilla ya no lo era tanto. En principio porque le interesaba más cobrar las parias que un reino tan rico le pagaba desde hacía mucho tiempo, pero también porque carecía de recursos humanos para mantener en su poder un reino tan extenso y poblado en el que habitaban pocos cristianos en relación al número de ellos que residían en la ciudad de Toledo. Mantener sometida a una población tan numerosa y mayoritaria de musulmanes parecía difícil en unos tiempos en los que los estados tenían escasos instrumentos de control. Más bien lo que Alfonso contemplaba era debilitar al reino de Al-Mutamid troceándolo, ya que en los últimos años había experimentado una gran expansión a costa de otras pequeñas taifas.
En 1086 Al-Mutamid creía que había llegado el momento de dejar de pagar las parias y devolver a los cristianos al otro lado del Sistema Central, pero como sabía que la empresa no era fácil hizo una solicitud formal para que los almorávides entraran en la  Península Ibérica, y estos aceptaron la invitación.
Los almorávides, nombre que significa “unidos para la guerra santa” eran una secta islámica que tenía su origen entre las tribus de tuaregs del Sahara occidental; allí el faqih Ibn Yasin había predicado una versión simple, ascética y militante del Islam y en unas décadas los almorávides habían creado un estado teocrático que abarcaba todo el Sahara occidental, el norte de Senegal, oeste de Argelia y Marruecos. 


             Imperio Almorávide

Ese mismo año de 1086 el emir Yusuf Ibn Tasufin cruzó el estrecho de Gibraltar y desembarcó en Algeciras acompañado del temible ejército almorávide. Poco después se reunieron con las tropas de los reinos de taifas y se dirigieron a Extremadura, donde el día 23 de octubre de 1086 derrotaron en la batalla de Sagrajas al ejército de Alfonso VI.
La batalla fue durísima y ambos bandos sufrieron numerosas bajas. Al-Mutamid y sus guerreros andalusíes aguantaron con valentía la arrolladora carga de la caballería pesada de Alfonso, cuando al principio del encuentro la suerte parecía favorecer a los cristianos, pero después Ibn Tasufin con la infantería almorávide flanqueó a las tropas leonesas y estos, viendo en peligro su retaguardia comenzaron a retirarse. Alfonso VI y sus aliados de Aragón corrieron a refugiarse en Toledo mientras los musulmanes reconquistaban las plazas de los alrededores que hacía poco habían sido ocupadas por el rey de León. Sin embargo Toledo quedó en manos de Alfonso, pues era una ciudad grande y allí se hizo fuerte. Se aproximaba el invierno y las maniobras militares cesaron, Yusuf Ibn Tasufin pensó que había terminado con su tarea al poner en fuga a los cristianos y recibió la triste noticia de la muerte de su hijo y heredero en África, por lo cual regresó por donde había venido.
Las consecuencias de la batalla de Sagrajas fueron desastrosas para Alfonso porque perdió el cobro de las parias y dejó de ostentar la hegemonía en la Península Ibérica; pero la suerte no le dio totalmente la espalda, pues conservó la importantísima ciudad de Toledo y poco después, en 1087, fue elegido papa el prior de Cluny, Odón de Chatillón, que tomó el nombre de Urbano II. Este nombramiento significó un impulso para la política europea de Alfonso VI. Había sufrido un fuerte golpe en Sagrajas pero los almorávides habían regresado a África y ahora, además de mantener excelentes relaciones con Hugo, abad de Cluny, el papa pertenecía también a esa misma orden monástica.
Le faltó tiempo a Urbano II para predicar una cruzada contra los musulmanes de Hispania, y por extensión contra los almorávides. A la llamada acuden muchos caballeros francos, entre ellos destacados nobles de Borgoña como Raimundo de Borgoña y Enrique de Borgoña que contraerán matrimonio con dos hijas de Alfonso, Urraca y Teresa. 
En este momento es cuando Alfonso VI decide verdaderamente cambiar de estrategia orientando la cruzada hacia la zona del levante. Repuesto de la derrota de Sagrajas, y con el apoyo papal, toma el castillo de Aledo, en Murcia, desde donde acosa a las Taifas andalusíes con renovado empeño. 
Al-Mutamid y los otros reyes de taifas sintieron miedo con estas novedades, pues sabían bien que Alfonso buscaba ahora la venganza y no pararía hasta destronarlos. Por esa razón el rey de Sevilla llamó de nuevo a Yufuf Ibn Tasufin para que le acompañase en una campaña contra los cristianos. Tasufín ya había empezado a hacerse un concepto muy negativo de los reyes de Al-Andalus, los consideraba poco piadosos y nada cumplidores con los preceptos del Islam; aún así acudió.
En 1088 Ibn Tasufin cruzó de nuevo el estrecho con su ejército de almorávides y en unión de los reyes de taifas se dirigió a la fortaleza de Aledo, bastión fronterizo de Alfonso desde donde amenazaba a los andalusíes. El asedio del castillo de Aledo fue largo y frustrante para los ejércitos musulmanes porque los cristianos no se rendían y combatían ala desesperada. De Murcia vinieron técnicos en poliorcética que construyeron máquinas e ingenios de asalto, pero todo fue inútil, los asediados resistían y la moral de los musulmanes decaía rápidamente dando lugar a disputas entre ellos. Lo que más daño hizo al bando asaltante fue la deserción de los reyes andalusíes que veían como se prolongaba la campaña sin resultados, mientras ellos estaban ausentes de sus dominios. En esas circunstancias Alfonso VI se presentó ante el castillo con un poderoso ejército y los almorávides viéndolo todo perdido se retiraron.
En 1089 daba la impresión de que Alfonso VI se iba a recuperar totalmente de los reveses sufridos y que en breve acabaría con la insolencia de Al-Mutamid. Tampoco le iba mal al otro lado de los Pirineos, sus relaciones con Borgoña eran inmejorables, muchos caballeros de aquellas tierras se habían desplazado a la Península Ibérica y le habían jurado fidelidad, el abad de Cluny y el papa le habían puesto como ejemplo de rey cristiano y animaban a cuantos quisieran hacer méritos ante Dios para que se uniesen a la cruzada del rey leonés.
En Europa se estaban produciendo cambios importantes y todos eran conscientes de ello; después de un período difícil y violento el nuevo papa Urbano II aparecía claramente como el líder indiscutible de toda la cristiandad y la orden de Cluny era el símbolo del enorme poder y riqueza que había acumulado la Iglesia. El poder religioso parecía estar imponiéndose sobre el poder terrenal, los reyes se inclinaban ante el papa y buscaban la simpatía de Hugo, abad de Cluny, uno de los hombres más influyentes de su tiempo.
No solo Alfonso estaba pendiente de los asuntos de Borgoña y en especial de Cluny, sino que la cuestión hispana interesaba también a los monjes de la lejana abadía, pues en 1086, uno de sus hermanos, Bernardo, había sido nombrado arzobispo de la recien conquistada ciudad de Toledo. Así estaban las cosas cuando el rey de León decidió hacer una donación extraordinaria como contribución a la mayor ecclesia de Cluny. Se trataba de algo nunca visto en aquellos tiempos y era un alarde de riqueza y liberalidad increíbles. La suma que Alfonso VI quería aportar al proyecto arquitectónico era de 10.000 talentos de oro, una cantidad tan desmesurada que en 1090 el propio abad Hugo viajó hasta Burgos para negociar la entrega.  El rey de León iba a contribuir a la construcción del lugar más santo de la Tierra, un trozo del reino de los cielos en este mundo.
Sin embargo ese mismo año de 1090 las cosas se torcieron de forma irremediable cuando Yusuf Ibn Tasufin desembarcó por tercera vez en la Península Ibérica dispuesto a destituir a todos los reyes de taifas y anexionarse todo el territorio de Al-Andalus. El emir almorávide pensaba que las taifas eran incapaces de defenderse a sí mismas, debido a su corrupción, su abandono de la recta religión y su falta de ánimo combativo. Creía que la pérdida de los territorios de Al-Andalus en manos de los cristianos era cuestión de poco tiempo y que su deber como buen musulmán era preservarlos en la verdadera fe.
Al-Mutamid fue destronado y enviado al exilio y los almorávides se hicieron dueños de todas las taifas. Con ello la suerte da un cambio definitivo para Alfonso VI ya que se verá obligado a permanecer a la defensiva durante el resto de su reinado y sufrirá varias derrotas en múltiples enfrentamientos con los africanos; la más dolorosa, la de Uclés, en el año 1108, durísima batalla en la que murió Sancho Alfonsez, hijo de Alfonso VI y heredero de las coronas de León y Castilla. A principios del verano del año siguiente moría el rey Alfonso, cansado de guerrear, con el reino amenazado por un enemigo implacable y sin un descendiente masculino al que entregar la corona. 
Aún así, el balance de su reinado no fue totalmente negativo. Es cierto que los almorávides sometieron a los reinos cristianos de la Península Ibérica a una época de violencia y lucha frenética que no se recordaba desde los tiempos de Al-Mansur, pero a cambio la Reconquista se orientó hacia levante, donde en el siglo venidero se pondrían las bases para la definitiva conquista del valle del Guadalquivir; por otra parte, Al-Andalus entraría con la invasión africana en una fase de inevitable decadencia cultural marcada por la imposición del fanatismo religioso. Además, la política europea de Alfonso VI no cayó en saco roto, sino que supuso la introducción de las tierras hispánicas en el escenario central de la cristiandad, del que habían estado aisladas, como zona periférica, durante  más de tres siglos. En 1095 el obispo de Compostela viajó hasta Cluny para consagrar la capilla dedicada a Santiago, con lo cual se establecía un vínculo entre el santuario del patrón de España y el mayor templo del mundo cristiano.