domingo, 2 de mayo de 2021

LIMES GERMANICUS. I

 La Política siempre se desarrolla en el terreno de las ideas. Administrar los asuntos de un territorio o una población no es practicar la Política, es administrar. Por tanto, es conveniente, desde un primer momento, diferenciar entre políticos y administradores.

Cuando un político lleva a cabo grandes gestas se le califica como hombre de Estado. Esto es de suma importancia, porque un hombre de Estado es un creador; es decir, es un hombre que crea ideas, que elabora conceptos, que los maneja y los utiliza para su interés o para el interés o la ruina de los demás.

Cayo Julio César fue un gran hombre de Estado, un auténtico creador y un gran destructor, pues para construir lo que construyó, previamente destruyó muchas otras cosas. Jamás entenderemos su genio si lo vemos simplemente como un militar victorioso, que también lo fue; pero, hay que tener en cuenta que César utilizó siempre la guerra como un mero instrumento para conseguir lo que deseaba o lo que le salía al paso en la vida.

César fue uno de los más grandes creadores de ideas que han existido; a partir de cierto momento, toda su carrera se sustenta en la materialización de una serie de conceptos que consigue instalar en el pensamiento de los ciudadanos romanos. Estos conceptos mutaron con gran energía y acabaron transformados en creencias que han formado parte del pensamiento occidental durante más de dos milenios. 

                                                  Cayo Julio César.

Manejó la propaganda con gran habilidad y convenció a sus contemporáneos de ciertas cosas que con un mínimo análisis se mostraban falsas o producto de una visión muy sesgada.
Una etapa crucial de su carrera fue aquella en la que hizo la guerra en la Galia Transalpina. Él sabía que aquella guerra no estaba justificada, razón por la cual sus enemigos intentaron llevarle ante los tribunales y acabar con su carrera política. Por eso, utilizó la propaganda con absoluta maestría, para dar a aquella guerra una apariencia justa, y sobre todo, necesaria. 
En su libro De Bello Gállico, presenta la migración de los arvernos, pueblo galo, como el casus belli que desencadena la guerra; y tirando del hilo, llega hasta la ambición del rey germano Ariovisto y el peligro que esto suponía para Roma. 
En el recuerdo de los romanos estaba la invasión de los cimbros y teutones de los años 113 al 101 a. C. El temor a una nueva invasión de allende los Alpes todavía ejercía una enorme influencia en la sociedad romana del año 58 a.C.
César retrata a Ariovisto como un hombre violento que desea imponer su voluntad a toda costa; que contra todo derecho, arrebata sus tierras y libertad a los habitantes de la Galia Transalpina. Ya desde un primer momento, establece una diferencia entre los habitantes de la margen izquierda y los habitantes de la margen derecha del río Rin. A la izquierda, habitan los galos y los belgas; a la derecha, habitan los germanos.
En De Bello Gállico, se refiere con estas palabras a los germanos:
"XXI. Las costumbres de los germanos son muy diferentes. Pues ni tienen druidas que hagan oficio de sacerdotes, ni se curan de sacrificios. Sus dioses son solos aquellos que ven con los ojos y cuya beneficencia experimentan sensiblemente, como el sol, el fuego y la luna; de los demás ni aun noticia tienen. Toda la vida gastan en caza y en ejercicios de la milicia. Desde niños se acostumbran al trabajo y al sufrimiento. Los que por más tiempo permanecen castos se llevan la palma entre los suyos. Creen que así se medra en estatura, fuerzas y bríos. El conocer mujer antes de los veinte años es para ellos de grandísima infamia, y es cosa que no se puede ocultar, porque se bañan sin distinción de sexo en los ríos y se visten de pellicos y zamarras, dejando desnuda gran parte del cuerpo. 

 XXII. No se dedican a la agricultura, y la mayor parte de su vianda se reduce a leche, queso y carne. Ninguno tiene posesión ni heredad fija; sino que los magistrados y príncipes cada año señalan a cada familia y parentela que hacen un cuerpo tantas yugadas en tal término, según les parece, y el año siguiente los obligan a mudarse a otro sitio."

Presenta a los germanos como gente de creencias y prácticas religiosas toscas y rudimentarias, cuestión que para un romano es señal de salvajismo inequívoca.

También habla de ellos como un pueblo belicoso, que desprecia las comodidades, pues piensa que éstas disminuyen la fortaleza. 

A finales de marzo del año 58 a. C. el pueblo de los helvecios migró desde sus tierras en la cordillera de Los Alpes en dirección a la zona occidental de la Galia Transalpina. Este fue el hecho, que según César, desencadenó el conflicto y le obligó a intervenir en una guerra preventiva.

Terminada la guerra de los helvecios, César acudió a una asamblea de todos los pueblos de la Galia Transalpina y, al terminar la junta, algunos diputados le pidieron hablar con él en privado. Reunido con ellos, le transmitieron lo siguiente:

  "Que habiendo disputado muchos años obstinadamente la primacía, vino a suceder que los arvernos, unidos con los secuanos, llamaron en su socorro algunas gentes de la Germania; de donde al principio pasaron el Rin con quince mil hombres. Mas después que, sin embargo, de ser tan fieros y bárbaros, se aficionaron al clima, a la cultura y conveniencias de los galos, transmigraron muchos más hasta el punto que al presente sube su número en la Galia a ciento veinte mil. Con éstos han peleado los eduos y sus parciales de poder a poder repetidas veces; y siendo vencidos, se hallan en gran miseria con la pérdida de toda la nobleza, de todo el Senado, de toda la caballería." 

Según estos diputados, el responsable de esta situación era Ariovisto, rey de los suevos, cuya ambición era someter a toda la Galia. 

                      Río Rin.

De esta manera, César señala a un culpable de la guerra que él llevaría adelante durante siete años. En principio, dejaba claro que quien comenzó las hostilidades fue Ariovisto, que tenia amedrentados a todos los galos, razón por la cual, los helvecios se vieron obligados a migrar.
De forma casi imperceptible, hace ver al lector que la verdadera razón de la migración era la presión que soportaban los helvecios por causa de los germanos. Así, queda justificada la guerra.
Señalado el enemigo, capítulo a capítulo de De Bello Gállico, utiliza diversos argumentos y sugiere que la Galia Transalpina solo estará segura y libre de los germanos bajo el dominio de Roma:
"Enterado César del estado deplorable de los galos procuró consolarlos con buenas razones, prometiéndoles tomar el negocio por su cuenta, y afirmándoles que concebía firme esperanza de que Ariovisto, en atención a sus beneficios y autoridad, pondría fin a tantas violencias."

A partir de este momento, César se emplea decididamente en enumerar las diferencias entre galos y germanos y en delimitar claramente el territorio que ocupan y la frontera que los separa.

En principio, busca una frontera entre ambos territorios. Desde el punto de vista estratégico, el río Rin constituye un accidente geográfico ideal para establecer una línea divisoria. Es, por tanto, el curso de este río el elegido para marcar la separación entre Galia y Germania.

Esto lo hace a sabiendas de que en la margen derecha del río; es decir, en lo que él llama Germania, habitan varios pueblos de lengua celta y cultura semejante a los que habitan en la margen opuesta; es decir, Galia. Entre estos pueblos de lengua y cultura celta se encontraban los queruscos, los ambrones, los sicambros y los teutones. Es más, podría afirmarse, sin riesgo de faltar a la verdad, que la mayoría de los pueblos que habitaban entre el Rin y el Elba a finales del siglo I a. C., o bien hablaban una lengua celta, o bien tenían una cultura celta.

Se esmera en transmitir la idea de que todos los germanos representan un peligro para Roma, pero en especial, los suevos. pueblo al que califica como salvaje y rápido en empuñar las armas. Habla de Ariovisto como el rey de los suevos, hombre que ambiciona enseñorearse de toda la Galia.

A sabiendas, omite algunas cosas en sus escritos; la más importante que en el año 59 a. C., siendo cónsul él mismo, Ariovisto había sido reconocido como "rey y amigo" por el Senado romano. Además, con el nombre de suevos denomina a un amplio grupo de pueblos que habitaban en el valle del río Elba.

                                              Cráneo de suevo con el típico moño.


Este conglomerado de poblaciones, conocido con el nombre genérico de suevos, eran campesinos cuya economía se basaba principalmente en la ganadería del vacuno y de la oveja. Practicaban una agricultura muy primitiva, reducida casi totalmente a algunos cereales. Estas circunstancias les permitían desplazarse sin demasiadas dificultades. Entre ellos había artesanos del metal y de la madera; pero, en ningún modo comparables a los artesanos de Galia.
En la primera mitad del siglo I a. C. una parte de estas poblaciones se había acercado hasta las orillas del Rin; unos habían cruzado el río Weser, otros habían rodeado la actual región de Bohemia y se habían dirigido al territorio donde nacen, próximos, el Rin y el Danubio. Estos últimos, de entre sus caudillos, habían elegido a Ariovisto como rey por sus cualidades y fortuna en la guerra.
Tras vencer a Ariovisto, César lleva acabo una serie de campañas militares con el objetivo de someter a toda la Galia Transalpina. Ha establecido como límite de ésta por el Este al río Rin y, de hecho, ha creado una nueva provincia sin tener el consentimiento del senado romano.
A finales del año 56 a. C., siendo César ya dueño de todas las Galias, fue sorprendido mientras pasaba el invierno en Galia Cisalpina; los usípetes y los téncteros, pueblos germanos, habían cruzado el Rin y, atravesando las tierras de los menapios, saqueaban todo aquello que se cruzaba a su paso. Se desplazaban con sus mujeres e hijos, transportando sus enseres en pesados carromatos. No avanzaban en una sola columna, sino en muchas que iban en la misma dirección caminando por una amplia zona. Huían de los suevos, que durante años les habían hecho la guerra, arrasado sus campos y robado su ganado.
En aquel invierno Cesar se convenció de que para mantener sometida y en paz a la Galia era necesario disuadir a los germanos de cruzar el río Rin. Tras derrotar y aniquilar a los usípetes y los téncteros a comienzos del año 55 a. C., tomó la determinación de cruzar el Rin para meter miedo a cuantos habitaban la margen derecha, sobre todo a los suevos y sus aliados. Como llegó a la consideración de que cruzar el río en barcas era peligroso, por no saber con certeza lo que le esperaba en la otra orilla, decidió construir un puente de madera.

                                 Maqueta del puente de César sobre el río Rin.

César, prudente, dejó guarnición en ambos extremos del puente y pasó con el ejército al otro lado del río. Enterados de esto los sicambros, abandonaron sus campos y corrieron a esconderse en lugares desiertos de su territorio. Por el contrario, los ubios se presentaron ante César y le ofrecieron rehenes; por estos últimos tuvo noticias de que los suevos habían abandonado sus poblados, que habían escondido a sus mujeres y sus hijos en bosques y pantanos, y que los hombres se habían reunido todos en el centro de su amplio territorio decididos a enfrentarse allí a los romanos.
César echó cálculos y concluyó que adentrarse en suevia era arriesgado, siendo aquel país desconocido. Por otra parte, pensaba que con solo construir el puente y haber cruzado a Germania había conseguido meter miedo a todos los que vivían en aquella orilla del río. Entonces decidió volver sobre sus pasos, cruzar el Rin en dirección a la Galia y el puente.

                 El Rin entre Coblenza y Andernach, posible situación del primer puente de César.

Durante años tuvo que impedir que los germanos cruzasen el Rin; de hecho, antes de su llegada a Galia ya había muchos asentados en la margen izquierda del río. En el año 53 a. C. se vio obligado a construir otro puente sobre el Rin exacto al anterior.
En esta segunda ocasión los suevos se comportan como en la primera:
"En esto, a pocos días le avisan los ubios cómo los suevos iban juntando todas sus tropas en un lugar, obligando a las naciones sujetas a que acudiesen con sus gentes de a pie y de a caballo. Conforme a estas noticias, hace provisión de granos, y asienta sus reales en sitio ventajoso. Manda a los ubios a recoger los ganados y todas sus haciendas de los campos a poblado, esperando que los suevos, como gente ruda y sin disciplina, forzados a la penuria de alimentos, se resolverían a pelear, aun siendo desigual el partido. Encarga que por medio de frecuentes espías averigüen cuanto pasa en los suevos. Hacen dios lo mandado, y después de algunos días, vienen con la noticia de que los suevos, desde que supieron de cierto la venida de los romanos, con todas sus tropas y las auxiliares se habían retirado tierra adentro a lo último de sus confines. Allí se tiende una selva interminable llamada Bacene, que puesta por naturaleza como por barrera entre los suevos y queruscos, los defiende recíprocamente para que no se hagan mal ni daño los unos a los otros. A la entrada de esta selva tenían determinado los suevos aguardar a los romanos."

César, para su interés personal, había creado una frontera, y por tanto, dos espacios políticos y culturales en el corazón de Europa. Durante siglos aquella sería una de las fronteras del Imperio Romano y marcaría la Historia de Europa hasta la actualidad.

Como veremos en las siguientes entradas de esta serie, aquella frontera era muy distinta a lo que hizo ver César a sus contemporáneos, y la Historiografía del siglo XIX a la sociedad en su conjunto.