lunes, 20 de abril de 2015

RIO NILO. III



De forma casi instintiva, cuando traemos a la memoria el antiguo Egipto, regresan siempre a nuestra mente los tiempos de la IV dinastía, aquella que construyó las grandes pirámides de Giza. Ya en aquella época los egipcios tenían absolutamente claro que el Alto Egipto terminaba en la 1ª catarata; más allá se extendía una tierra inmensa, habitada por hombres de piel negra y sorprendentes ojos azules, Nubia.
En tiempos de Snofru (2.614-2.579 a. C.), primer faraón de la IV dinastía ya se realizaban expediciones al Sur de la 1ª catarata; su objetivo era obtener algunas materias primas de gran valor, como incienso, marfil, ébano, aceites y pieles de pantera. Se trataba de expediciones comerciales tuteladas por el faraón y dirigidas por funcionarios de alto rango.




Durante la VI dinastía, el faraón Meriré Pepi I continuó con las empresas comerciales en Nubia, y su hijo Merenré, en el año noveno de su reinado, hizo una visita a la 1ª catarata para construir un canal que hiciera navegables los rápidos de difícil travesía, y allí recibió el homenaje de los nubios. Merenré nombró al noble Uni gobernador del Sur, responsable de gran parte del Alto Egipto hasta Elefantina, muy cerca de la 1ª catarata. En el cargo le sucedió Hirkhuf, cuya tumba se encuentra, junto a la de otros nobles, en la orilla izquierda del Nilo en Asuán. Hirkhuf fue un gran conductor de caravanas e hizo cuatro viajes al Sur, tres de los cuales tuvieron lugar en el reinado de Merenré. El cuarto viaje lo hizo Hirkhuf por orden del nuevo faraón Neferkaré Pepi II, al cual da cuenta de los numerosos productos que traía, entre ellos un enano bailarín, que posiblemente fuese un regalo para el rey niño.
Como vemos, las historias de Egipto y Nubia corren paralelas desde casi el principio. Los egipcios tenían un gran interés en aquel país del Sur, al que llamaban Kush, porque era el territorio más favorable a la expansión del reino, más aún que el Sinaí y Canaán al Este. No obstante, la conquista de aquel territorio no se llevó a cabo hasta el período del Reino Nuevo, durante la XVIII dinastía. Fue el faraón Tutmosis III el primero que en una expedición militar llegó hasta la 4ª catarata, conquistando la mayor parte de Nubia; solo quedó sin someter la zona del Sur del país, la que se extendía entre la 4ª y la 6ª catarata, territorio conocido como Alta Nubia, y que los egipcios llamaban país de Kush.

                        Tutmosis III. (1479-1425).

Durante la XIX dinastía el control sobre Nubia se hizo más fuerte y se produjo un proceso de aculturación que, aunque no fue total, dejó una profunda huella entre los habitantes de la región. El último faraón que mostró un gran interés por aquella tierra fue Ramsés II (1279-1213), que construyó una serie de templos cerca de la 2ª catarata en la Baja Nubia. Ramsés II se enfrentó en una gran batalla al rey hitita Muwatalli II. La causa del enfrentamiento fue el control de Siria; la batalla acabó en tablas y ambos enemigos debieron recurrir posteriormente a la diplomacia para dejar zanjado el asunto de manera definitiva; el acuerdo llegó cuando Ramsés II firmó con Hattusili III, sucesor de Muwatalli, el tratado de Quadesh, donde ambas partes se comprometían a mantener la paz, repartirse Siria y apoyarse mutuamente contra sus respectivos enemigos.
Aunque la batalla de Qadesh no tuvo un vencedor indiscutible, Ramsés II la celebró como una gran victoria. Para conmemorar aquel acontecimiento construyó una serie de templos en el extremo opuesto de su imperio, en Nubia. Estos templos de Ramsés II se encuentran entre la 1ª y la 2ª cataratas, y entre ellos destaca el complejo de Abu Simbel. En 1964, como consecuencia de la construcción de la Presa de Assuán, estos templos fueron reubicados por un equipo de especialistas con el patrocinio de la UNESCO. Todo el complejo fue cortado en grandes bloques, desmantelado y trasladado a un lugar más alto a unos 200 m de distancia, donde se procedió al ensamblaje de las piezas.

Templo de Abu Simbel, Nubia.

El complejo de Abu Simbel está compuesto por dos speos o templos rupestres, excavados en la roca y se encuentra en la orilla izquierda del Nilo, a unos 40 km al Norte de la 2ª catarata. El mayor de los dos speos está dedicado a la gloria de Ramsés II y en su fachada hay cuatro colosales estatuas del faraón entronizado, talladas en la roca. Tienen poco más de veinte metros de altura y son, por tanto, mayores que las estatuas sentadas de Amenofis III, del llano de Tebas, que los griegos llamaron Colosos de Memnón. Encima de estas cuatro figuras gigantescas hay un friso con treinta y tres monos cinoscéfalos de cara al Este, adorando al Sol naciente. Cada uno de ellos mide más de dos metros de altura. En el interor existe una primera sala con ocho pilares osiríacos y relieves que narran la victoria del faraón en Qadesh, sobre los hititas; de ella se pasa a otro espacio más pequeño que hacía el servicio de sala hipóstila y aún hay una tercera excavación cuadrada que corresponde al santuario. El otro speos es mucho más pequeño y fue labrado para glorificar a la esposa de Ramsés II, la reina Nefertari, que aparece esculpida en su fachada, junto a las estatuas de su esposo y de la diosa Hathor.

Templo de Nefertari en Abu Simbel, Nubia.

Ramsés II tenía buenas razones para mantener sujeta a la tierra de Nubia, pues de allí procedía el oro, necesario para financiar el gigantesco ejército egipcio y las grandes construcciones del faraón. Para los egipcios, Nubia era el país del oro, ya que allí se encontraban las minas más ricas de este metal, sobre todo en Kush, la Alta Nubia.
Para fortalecer su control sobre el territorio de Nubia, los egipcios trasladaban a los hijos de la aristocracia nubia a la corte de Tebas, donde eran educados en la cultura egipcia; después, regresaban a su país de origen siendo fieles al faraón y entusiastas defensores del Estado egipcio.
Esto era solo una parte del proceso de aculturación al que nos hemos referido anteriormente, cuyo objetivo era afianzar el poder del faraón en los territorios del Sur y proporcionar un beneficio al reino de Egipto gracias a los intercambios comerciales y la obtención de materias primas, entre ellas el oro.

                            Nubios.

Sin embargo, los días de gloria de Egipto estaban contados; la XX dinastía (1192-1075) hubo de hacer frente a las terribles convulsiones que tuvieron lugar en el Mediterráneo Oriental y la autoridad del faraón menguó considerablemente. Toda la estructura política y diplomática del Próximo Oriente se estaba viniendo abajo y un mundo nuevo pugnaba por surgir de las ruinas del anterior. Desaparecido el Imperio Hitita y destruidos la mayor parte de los puertos comerciales de Siria, Egipto experimentó una crisis que, aunque no llegó a aniquilar al Estado, sí que rompió la unidad del reino. Durante la XXII dinastía los libios dominaron el delta del Nilo y establecen la capital de su reino en Tanis; en el Sur, el poder permaneció en manos de los antiguos virreyes, que mantuvieron la capital en Tebas.
Por aquel tiempo, en la Alta Nubia, se había ido fortaleciendo un reino independiente en Napata; y ahora, aprovechando la extrema debilidad de Egipto, el rey Piankhi, tras una serie de campañas militares, llegó hasta el delta, fundando la XXV dinastía, conocida también como dinastía Kushita. Varios reyes nubios se sucedieron en el trono de Egipto entre 747 y 657 a. C., pero finalmente fueron expulsados por la invasión de los asirios. Entre estos monarcas destaca Taharqa (690-664), que tuvo que hacer frente a varias campañas militares del rey Asarhaddón de Asiria. En 671 a. C. Menfis fue saqueada por los asirios. Años después, fue el rey Assurbanipal quien invadió de nuevo Egipto y derrotó a Taharqa, quien hubo de resignarse a retroceder definitivamente a Tebas

Taharqa ante los dioses Amón y Mut.


La XXV dinastía o dinastía Kushita estuvo compuesta de los siguientes faraones:

Piankhi Menkheperra (747-716 a. C.)
Shabaka Neferkara (716-702 a. C.)
Shabataka Djedkaura (702-690 a. C.)
Taharqa Khunefertemra (690-664 a. C.)
Tanutamón Bakara (664-657 a. C.)

El último de los reyes de Napata que tuvo algún control sobre el Alto Egipto fue Tanutamón (664-657). Aquellos reyes nubios, profundamente influidos por la civilización egipcia, hicieron todo lo posible por imitar a los antiguos faraones, entre los cuales deseaban incluirse. Desde tiempos de Kashta (760-747 a. C.), los reyes nubios abandonaron la antigua costumbre de enterrarse en túmulos, y a la manera de los faraones del Imperio Antiguo, lo hicieron en pirámides. Kashta, Piankhi y los primeros reyes se enterraron en un lugar cercano a la localidad de el Kurru, en el actual Sudán.

Plano de las tumbas de el Kurru, Napata, Nubia.

En el Kurru también se encuentran las tumbas de las esposas de los reyes de Napata. Dos esposas de Piankhi estaban allí enterradas, Khensa y Tabiry; también yacían Naparye, esposa de Taharqa y Qalhata, esposa de Shabataka y madre de Tanutamon.

                     Pintura mural de la tumba de Qalhata, donde se representa a la reina.

Un detalle sorprendente es que los reyes de Napata enterraron en el Kurru a sus caballos más apreciados; Shabataka construyó sendas tumbas para cuatro de sus caballos y Piankhi, Shabaka y Tanutamon dos cada uno.

Pirámide de el Kurru, Napata, Nubia.


Después, a partir del rey Taharqa, los enterramientos se hicieron en Nuri, en la otra orilla del Nilo, a unos kilómetros al Nordeste de Napata. Cuando el rey Taharqa murió en 664 a. C. luchando con los asirios, no fue enterrado en el Kurru como sus antecesores, sino que fue llevado a Nuri. Sin embargo, su sucesor, Tanutamón sí fue enterrado en el Kurru, siendo el último rey de Napata que construyó una pirámide en este lugar.

Nubia durante la XXV dinastía.

En Nuri se construyeron 74 pirámides, veinte para enterrar a reyes y cincuenta para reinas. Imitan a las pirámides egipcias, pero son distintas, pues la proporción entre la altura y la base es diferente. Esta necrópolis real siguió utilizándose cuando la capital fue trasladada a Meroe como consecuencia de la destrucción de Napata por el faraón Pasamético II en 592 a. C.


                     Pirámide de Nuri.

Los reyes de Napata fueron semejantes en muchas cosas a los faraones de las XVIII y XIX dinastías, durante el Imperio Nuevo. Como aquellos, eran reyes guerreros, como pone en evidencia el hecho de que apreciasen sobre todas las cosas a sus caballos de guerra y se enterrasen junto a ellos. Iban a la batalla al frente de su ejército, como hubiese hecho Tutmosis III en otro tiempo. Lucharon obstinadamente por mantener todo Egipto en su poder y contra la gran potencia militar de su época, Asiria. El gran faraón Taharqa prácticamente no tuvo descanso, combatió valientemente contra Asarhaddón y Assurbanipal, reyes asirios; su imagen se acerca en cierto modo a la de Ramsés II.

                                    El rey nubio Taharqa

Sin embargo, los faraones nubios también se distinguieron por comenzar una nueva tendencia que sería compartida por la XXVI dinastía, conocida como Saíta. Las nuevas formas consistían en general en imitar los tiempos del Imperio Antiguo, la época que ellos consideraban más gloriosa de la Historia de Egipto. Era un deseo de retornar a la grandeza perdida recordando el pasado de alguna forma. Por otra parte, los reyes nubios, con esta actitud pretendían legitimarse como auténticos faraones de Egipto, y no como dominadores extranjeros.
Una muestra inequívoca de la vitalidad del reino de Napata es que aunque en 671 a. C. el rey Taharqa se vio obligado a huir ante el rey asirio Asarhaddón, abandonando Menfis para refugiarse en el Sur, en la ciudad de Tebas, poco después, cuando Asarhaddón salió de Egipto, Taharqa regresó con su ejercito y se ganó el apoyo de los príncipes títeres que habían colocado los asirios en el Delta del Nilo, entre ellos Necao I.
Sin embargo, en la primera mitad del Siglo VII Asiria era una potencia colosal que jamás permitiría que se le arrebatasen territorios sometidos. El Bajo Egipto era uno de estos territorios, además de ser un país rico y de gran importancia para el control del Próximo Oriente, ya que era imposible mantener la paz en Palestina sin haber sometido previamente el Delta . La revancha no pudo tomarla Asarhaddón, porque falleció en 669 a. C. cuando emprendía una nueva expedición al Delta; lo hizo su sucesor, Assurbanipal (669- 630 a. C.), que al comienzo de su reinado emprendió una nueva expedición militar contra el Bajo Egipto. Tras derrotar a Taharqa, Assurbanipal intentó dirigirse hacia Tebas, donde se había refugiado de nuevo el rey nubio, pero las dificultades de la empresa y las dudas sobre la fidelidad de los príncipes egipcios, le hicieron abandonar la idea. Poco después, en 664 a. C. murió Taharqa, el rey faraón más poderoso de la XXV dinastía.

                         Asurbanipal, rey de Asiria.

Pero, como hemos dicho, el deseo de los reyes de Napata de ser reconocidos como faraones de todo Egipto era muy grande. Así, el sucesor de Taharqa, Tanutamón, intentó recuperar el Bajo Egipto, fracasando en la empresa. En respuesta, Asurbanipal retomó el proyecto de llegar con su ejército hasta Tebas, capital del Alto Egipto, que fue saqueada en 661 a. C.
Tanutamón huyó de Tebas, ciudad a la que nunca regresarían los reyes nubios. Se refugió en Napata y renunció definitivamente al título de faraón de Egipto.

Tumba de Tanutamón en el Kurru.

Los sucesores de Tanutamón fueron despreocupándose poco a poco de los asuntos de Egipto. Continuaron residiendo en Napata hasta los tiempos del rey Aspelta (593-568 a. C.) y sus intereses estuvieron centrados en mantener unido todo el territorio de Nubia.
Por otra parte, en el Delta del Nilo se estaban produciendo en aquel tiempo acontecimientos de gran importancia; el Imperio Asirio, agotado, era ya incapaz de mantener bajo su tutela a los príncipes del Bajo Egipto; un linaje de reyes intentó con éxito la unificación del Delta. Psamético I y sus sucesores hicieron una política inteligente con respecto a la decadente Asiria y, a pesar de las dificultades, se sacudieron el yugo de los invasores y emprendieron la enorme tarea de conquistar el Alto Egipto y unificar de nuevo todo el reino. Por primera vez en la Historia del país del Nilo el Norte era quien llevaba la iniciativa y conquistaba el Sur; lejos estaban los tiempos en que los príncipes de Tebas sometían una y otra vez el Delta; esto nos da una idea de lo mucho que habían cambiado las cosas, de la gran debilidad del Alto Egipto y de la inexorable pendiente por la que descendía la civilización Egipcia, a la cual le quedaban poco más de dos siglos de existencia.
En 592 a. C., Psamético II pasó la 1ª catarata con un ejército de mercenarios libios y griegos, llegó hasta Napata y la destruyó; la Baja Nubia volvió a estar durante unos años de nuevo en manos de Egipto, como en tiempos de Tutmosis III.
Los reyes nubios abandonaron la antigua capital para siempre, aunque los egipcios se vieron obligados a retirarse al poco tiempo, y se establecieron en Meroe, cerca de la 6ª catarata. Napata quedó reducida a ciudad santuario y lugar donde se siguieron enterrando los reyes, en la nueva necrópolis de Nuri. El nuevo reino de Meroe perduró hasta el Siglo IV d. C. en que fue destruido por los etíopes de Aksum.


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