domingo, 18 de mayo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. VI

En un lugar cercano a las minas de plata de Riotinto, conocido con el nombre de Cerro Salomón, se levantaba en el S. VII a. C. un poblado minero cuyos habitantes trabajaban la mena de plata en sus propios domicilios. Allí se han encontrado escorias, residuos de fundición, piedras-martillo y moldes de arcilla; objetos relacionados con la actividad metalúrgica. Las casas, aunque construidas con piedra, carecían de cimientos, y  los techos eran frágiles.
En la misma provincia de Huelva, en San Bartolomé de Almonte, junto al camino que iba de las minas de Aznalcóllar a Gadir, había otro poblado de metalúrgicos semejante al anterior, aunque en este caso las viviendas eran sencillas chozas. En ambos lugares, y en otros próximos a Riotinto, se producía el metal con las técnicas anteriores a la fundación de Gadir. El asentamiento de la actual ciudad de Huelva también era un centro metalúrgico donde se trabajaba el metal extraído de las minas de Riotinto.
Con la llegada de los fenicios a la Península Ibérica la producción de metales aumentó considerablemente. El aumento que experimentó la demanda de metales estimuló a las poblaciones indígenas a extraer mayores cantidades de plata y cobre y se fueron introduciendo mejoras tecnológicas que trajeron consigo los colonizadores del Mediterráneo Oriental. La fundación de Gadir supuso un enorme impulso al desarrollo de la actividad metalúrgica y el comercio, ya que los mercaderes fenicios utilizaron aquel puerto como base desde la que acceder a las rutas del estaño y gran centro comercial al que afluía gran parte de la producción de plata y cobre de las sierras de Huelva.
Esta nueva situación trajo consigo cambios en la vida de los tartesios. En las colinas de Huelva y junto a los estuarios de los ríos Tinto y Odiel se puede observar cómo en esta época los tartesios adoptan técnicas de construcción propias de los fenicios. Estos fenómenos de penetración de la cultura fenicia también pueden comprobarse en el Bajo Guadalquivir y en el estuario del río Guadalete, frente a Gadir. Los asentamientos tartésicos más importantes del Siglo VII a. C. son los de Asta Regia, Cerro del Carambolo, Cerro Macareno, Carmona, Montemolín, Mesa de Setefilla, Los Alcores, Huerto Pimentel (Lebrija) y Alhonoz, todos ellos en la provincia de Sevilla. En la provincia de Córdoba destacan Colina de los Quemados, Llanete de los Moros (Montoro), Ategua y Torreparedones.
Uno de los primeros poblados que se fortificó tras la llegada de los fenicios fue Tejada la Vieja, en Huelva, que se convirtió en centro de distribución del metal procedente de Riotinto, tanto para los tartesios como para los fenicios. Otros asentamientos siguieron el ejemplo y se fortificaron.
Los fenicios cargaban sus naves con unas grandes vasijas decoradas con bandas en las que transportaban aceite de oliva y vino; estos productos eran intercambiados por metales y grano de los tartesios.
Más tarde, desde Gadir y otras colonias, los fenicios introdujeron artículos de lujo como joyas, cajas y peines de marfil, botellas de cerámica o vidrio con perfume, platos y jarras de bronce, utensilios de hierro y telas finas.
         Anillo fenicio encontrado en la ciudad de Cádiz con el emblema de los dos delfines.

Estos artículos fenicios eran caros y exclusivos, por lo que solo un número reducido de personas tendría medios suficientes para adquirirlos. Estos consumidores de artículos de lujo eran fundamentalmente los miembros de la aristocracia tartesia, que se enorgullecían de poder distinguirse llevándose a la tumba valiosos objetos parecidos a los de los colonizadores.
Los grupos sociales en el mundo tartésico estaban claramente diferenciados. Destacaban los príncipes guerreros; armados con una variada panoplia de bronce, que en aquel tiempo debía ser muy cara. Otro de los objetos que los distinguían del resto de la población era la posesión de un carro de guerra, tirado por un par de caballos y conducido por un auriga. Controlaban la explotación de los recursos mineros, las vías de transporte del metal y los tratos comerciales con los fenicios. Ellos fueron los que más se aprovecharon de los contactos con los colonizadores del Mediterráneo Oriental y, sin duda, colaboraron con ellos en beneficio de los intereses mutuos. Imitaron desde muy pronto el modo de vida de los extranjeros y con los abundantes recursos que obtenían de los intercambios comerciales adquirieron multitud de objetos. Aquel grupo social dirigente comenzó a construirse viviendas al estilo del Mediterráneo Oriental y amuralló los poblados donde residían los príncipes y régulos. Adoptaron el sistema de escritura fenicio cuando les fue necesario llevar una incipiente contabilidad y registrar contratos, títulos y hacer inscripciones.
Estos aristócratas del Suroeste fueron los primeros en rendir culto a las divinidades de los fenicios, erigirles altares y santuarios. Melkart, Astarté, Reshef y Baal pasaron en poco tiempo a formar parte del panteón de los habitantes del Bajo Guadalquivir.
Un claro ejemplo de la riqueza acumulada por estos grupos dirigentes es el denominado Tesoro del Carambolo, encontrado en el interior de una tosca vasija en el asentamiento del cerro de El Carambolo, cercano a Sevilla. Las piezas de este tesoro probablemente tuvieron una función ritual y fueron elaboradas en talleres de artesanos fenicios.
Tesoro de El Carambolo.

Otra muestra impresionante de la riqueza de aquellos príncipes tartesios es el Tesoro de la Aliseda, encontrado en La Aliseda, Cáceres. Se trata del ajuar funerario de una dama, probablemente una princesa, compuesto por 194 prendas de vestir, una diadema, pendientes, brazaletes, collares con amuletos y un cinturón. Artesanos tartesios trabajaron en la elaboración de las piezas de oro siguiendo las técnicas orientales de orfebrería. La dama llevaba ocho anillos con sellos fenicios de importación.
Pulsera del Tesoro de Aliseda.

En el entierro de aquella princesa se practicó un ritual para el que fue necesario el uso de un jarro de vidrio sirio con inscripciones jeroglíficas, vasos de plata, un plato, un espejo de bronce y ánforas fenicias. En la liturgia funeraria, el plato y el jarro se usaron para servir comida y bebida.
            Jarra de vidrio del Tesoro de Aliseda.

Las escenas que aparecen en el cinturón de oro del ajuar de Aliseda representan magníficamente el gusto de aquel estilo y aquella época: el grifo con las alas abiertas y el héroe combatiendo con un león.
Detalle del cinturón del Tesoro de Aliseda.

La tumba de Aliseda nos sorprende no solo por la riqueza y la calidad de su ajuar, sino también por encontrarse muy al Norte del río Guadiana, en el interior de Extremadura; signo inequívoco de que la cultura tartésica se difundió por una amplia zona septentrional, siguiendo la ruta del estaño. Los fenicios fundaron varias colonias comerciales en la costa portuguesa, en la desembocadura del Tajo y en la del Mondego (https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/colonizacion-fenicia-y-griega); su influencia llegó a estos territorios y se prolongó durante mucho tiempo. Los habitantes de la zona de Extremadura adquirieron los gustos y las costumbres que eran comunes en el Bajo Guadalquivir y la Ría de Huelva. En pocas palabras, todo el cuarto Suroccidental de la Península Ibérica caminaba a finales del Siglo VII a. C. hacia una uniformidad cultural que podríamos denominar Civilización Tartésica, uno de cuyos componentes más importantes era el orientalismo sirio-fenicio.
Es bastante probable que el deseo de controlar las ricas zonas agrícolas, las minas y las rutas comerciales, desencadenara guerras constantes entre los numerosos monarcas de aquella región, lo que propició la llegada de grupos armados procedentes de la Meseta para intervenir en los litigios. Esto puede ser algo más que una mera sospecha. Ejemplo de ello es que el único rey tartesio del que tenemos constancia documental, mitología aparte, tenía un nombre de origen indoeuropeo, concretamente celta: Argantonio. Es casi seguro que se trataba de un pseudónimo, que significaba "El de la Plata"; es decir, el rey que manejaba la plata. Podemos imaginar como estos grupos de guerreros procedentes de la Meseta acabaron instalándose en las prósperas zonas mineras del Sur, llegando en algunos casos a ocupar una posición dirigente en aquella sociedad que se había desarrollado con gran rapidez en los últimos dos siglos. Los navegantes focenses, que arribaban a las costas atlánticas a principios del Siglo VI a. C., encontraron comunidades que recibían el nombre de célticos; de la misma manera, el valle del río Guadalete estaba habitado por gentes de lengua celta.
El mundo tartésico evolucionó y se transformó a finales del Siglo VI a. C.; la pérdida de la independencia de Tiro y el resto de las ciudades fenicias como consecuencia de la invasión de los persas dejó paso al nuevo colonialismo de Cartago, mucho más agresivo y pendiente de la necesidad de reclutar mercenarios entre los habitantes de la Península Ibérica. El hierro sustituyó definitivamente al bronce en la fabricación de armas y una nueva época fue abriéndose camino. Los que fueron conocidos como tartesios serían llamados ahora turdetanos.

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