martes, 8 de julio de 2014

COMENTARIOS SOBRE ESPAÑA. III



En Alarcos se derrumbaron los planes de Alfonso VIII de Castilla. En esta breve frase quedan resumidos años de grandes esfuerzos y esperanzas que quedaron defraudadas el 19 de Julio de 1195. Durante los primeros años de su reinado, Alfonso VIII empeñó todas sus energías en someter a la nobleza castellana y ajustar cuentas con Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra, y con Alfonso IX de León. Una vez afirmada su autoridad y recuperados los territorios que le habían sido arrebatados durante su minoría de edad, su objetivo era impedir que los almohades continuasen realizando campañas militares al Norte de los Montes de Toledo. Para conseguir esto último era imprescindible conquistar el valle del Guadiana, y por esta razón emprendió duras campañas militares, gracias a las cuales arrebató a los almohades extensos territorios de la margen derecha del mencionado río. Para tener firmemente sujetos estos territorios, procedió a repoblarlos, asegurando esta tarea con una serie de fortalezas que impedirían a los musulmanes realizar incursiones al Norte de la corriente del Guadiana. En cumplimiento de estos proyectos, comenzó Alfonso VIII a construir la fortaleza de Alarcos; pero aún no estaban levantados por entero sus muros, ni asentados sus pobladores cuando Abu Yusuf Ya´qub al-Mansur, califa almohade, cayó sobre Alarcos, infligiendo una terrible derrota a los castellanos y destruyendo la fortaleza.
Alfonso VIII no se hundió en el desánimo, y desde aquel año de 1195 se dedicó a preparar la revancha. Para ello contó con la inestimable ayuda de Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo. Fue éste último un hombre de sólida formación intelectual, políglota e historiador, entre cuyas obras destaca la Chronica Hispaniae, donde hace un relato de los preparativos y el enfrentamiento bélico de Las Navas de Tolosa. El arzobispo de Toledo conllevaba el cargo de Canciller de Castilla, y así, aquel hombre firmemente comprometido con la Reconquista, realizó durante años una intensa labor diplomática en busca de apoyos para la guerra contra los almohades. Entre las tareas más importantes a que contribuyó, destaca la de obtener del papa Inocencio III la declaración de cruzada para la lucha contra los almohades. Él mismo predicó esta cruzada por Europa, viajando por Francia, Bélgica, Italia y Alemania. En el Sur de Francia esta labor encontró eco y, Arnaldo, arzobispo de Narbona se unió con entusiasmo a la empresa. También la orden del Cister predicó esta cruzada hispánica en las tierras al Norte de los Pirineos.
Otro hombre de gran valor que tuvo Alfonso VIII para llevar a cabo esta empresa fue Diego López de Haro, señor de Vizcaya, Alférez del Reino de Castilla, que ya estuvo en la batalla de Alarcos y que tenía sobradamente demostrada su pericia militar y su fidelidad al rey. Él fue la punta de lanza del ejército cristiano en la batalla de Las Navas de Tolosa, y quién tuvo que soportar la parte más dura del combate.
El tercer gran colaborador de Alfonso VIII en la guerra contra los almohades fue Pedro II de Aragón, gran amigo del rey de Castilla. Cuando, al principio de su reinado, Alfonso VIII se enfrentó con Sancho VII, rey de Navarra, con el objetivo de recuperar los territorios que Sancho VI el Sabio, padre de aquel, le había arrebatado aprovechándose de su niñez, cuando tuvo que enfrentarse con Alfonso IX de León, el rey aragonés siempre estuvo a su lado, en una alianza que solo se rompió en 1213, cuando Pedro II murió en el sitio de Muret. Fue aquella, pues, una fidelidad mutua de toda la vida, que quedó patente en varios acuerdos entre ambos monarcas, gracias a los cuales el reino de Navarra fue cogido entre una férrea tenaza que acabó obligando al rey Sancho VII a entregar a Alfonso VIII La Rioja y la costa vascongada.
Desde finales del Siglo XII, Alfonso VIII lanzó una serie de campañas militares cuyo objetivo era reconquistar el valle del Guadiana, perdido tras la derrota de Alarcos. Para ello se apoyó en la capacidad combativa de las órdenes militares de Santiago y Calatrava, a las cuales hizo grandes concesiones y beneficios, porque llevaban casi todo el peso de la guerra en aquella difícil frontera. No obstante, los conflictos con Navarra y León inclinaron a Alfonso VIII a pactar unas treguas con los almohades para no tener que luchar en varios frentes a la vez. Dichas treguas eran muy inestables y había que recomponerlas a menudo; en 1198 la orden de Calatrava conquistó el castillo de Salvatierra, sitio de gran importancia estratégica, pues junto a él pasaba un abierto camino que comunicaba el valle del Guadiana con los pasos de Sierra Morena. En 1209 las treguas quedaron definitivamente rotas, cuando Alfonso VIII y Pedro II, aliados una vez más, atacaron Ademuz y Castelfabit, dos fortalezas situadas en el extremo Norte de la frontera almohade.
Por aquellas fechas el Imperio Almohade estaba regido por el califa Abu Abd Allah Muhammad Ibn Ya´qub, de sobrenombre al-Nasir, hijo de Abu Yusuf Ya´qub, el que destruyó el castillo de Alarcos. Se trataba de un hombre de carácter templado y prudente que, no obstante, informado de la audacia de los ataques cristianos, tomó la determinación de hacerles frente de forma contundente; empeñado en esto, puso en movimiento su flota y comenzó los preparativos para reunir un gran ejército en la ciudad de Marraquech, con el objetivo de cruzar el Estrecho y hacer la guerra en al-Ándalus. A su llamada acudieron todas las tribus de la cordillera del Atlas y de todo el Norte de África hasta Túnez.
En Mayo de 1211 al-Nasir cruzó el Estrecho de Gibraltar con un enorme ejército y se detuvo en Tarifa, adonde acudieron los caídes y alfaquíes de al-Ándalus para darle muestra de fidelidad; después se dirigió a Sevilla, donde se instaló, dispuesto a dirigir la guerra desde aquella ciudad. En Junio de ese mismo año se dirigió hacia el Norte, atravesó el puerto del Muradal y en Septiembre conquistó el castillo de Salvatierra, cercano a la actual población de Calzada de Calatrava, que en aquel momento estaba en manos de la orden militar del mismo nombre. Terminada esta campaña se retiró a Sevilla, confiado en que la frontera estaba más segura a partir de ese momento. Con este comportamiento al-Nasir demostró que sus intenciones se reducían a mantener la frontera en los Montes de Toledo e impedir que los castellanos bajaran hasta el Guadiana. Como hemos dicho, se trataba de un hombre prudente, que no pensaba en hacer una campaña en el valle del Tajo, ni mucho menos conquistar Toledo.
Pero Alfonso VIII tenía en mente la revancha de Alarcos, y la idea de que Castilla e Hispania entera no estarían seguras si no se derrotaba a los almohades de forma definitiva y se les devolvía al otro lado del Estrecho. En 1211, con la colaboración de Rodrigo Jiménez de Rada desarrolló una actividad diplomática sin precedentes. El arzobispo de Toledo hizo valer su influencia para que el papa Inocencio III enviase misivas a todos los reyes y príncipes de Hispania y Europa, instándoles a participar en la cruzada contra el Califato Almohade. Pedro II de Aragón, aliado y amigo de Alfonso VIII de Castilla no tardó en comprometerse con la empresa. Por el contrario, Alfonso IX de León alegó que solo iría a la guerra si el rey castellano le devolvía las plazas que le había arrebatado contra todo derecho; sin embargo permitió que aquellos caballeros leoneses que lo deseasen, pudieran acudir voluntariamente a la cruzada; esto último lo hizo para evitar desavenencias con el papa.
Tampoco Sancho VII de Navarra aceptó en un principio participar en la cruzada, porque, según él, Alfonso VIII era su enemigo, mientras que mantenía buenas relaciones con los almohades. En el último momento cambió de opinión y a finales de Junio de 1212 se dirigió al encuentro de los cruzados. Es posible que este cambio se debiera a las exhortaciones de Arnaldo, arzobispo de Narbona, que al cruzar los Pirineos camino de Toledo, se desvió hacia Navarra para entrevistarse con el rey Sancho y convencerle de que no podía estar ausente en aquella ocasión. En cualquier caso, no podemos estar seguros de la causa de aquel cambio de opinión. Por otra parte, el rey de Navarra acudió a la cita acompañado de un minúsculo ejército, compuesto por tan solo doscientos hombres; aunque es justo decir que todos ellos eran nobles caballeros, educados desde niños en el oficio de la guerra, al que se habían dedicado toda su vida. Además, iban magníficamente armados, formando una caballería pesada de gran eficacia en combate.
Las órdenes militares del Temple, San Juan, Santiago y Calatrava acudieron con entusiasmo a la cita de Toledo. Santiago y Calatrava ya llevaban muchos años luchando en la frontera Sur de Castilla y poseían una caballería excelente y con gran experiencia en combate con los musulmanes. Además, aquellos caballeros de las órdenes militares vivían la cruzada como un acto de fe y su valor en combate era extraordinario.
De Portugal también acudieron algunos voluntarios deseosos de participar en la cruzada, la mayoría de ellos, si no todos, caballeros.
El grupo más numeroso de voluntarios cruzados procedía del Sur de Francia; desde que cruzaron los Pirineos se les conoció con el nombre de transmontanos. Entre ellos se encontraban varios obispos, destacando el de Narbona, al que nos hemos referido anteriormente. Muchos eran caballeros, pero había gente de toda condición, unidos por el espíritu de cruzada y deseosos de matar infieles. Cuando llegaron a Toledo cometieron algunos abusos y crímenes contra los judíos de la ciudad, sin comprender que la convivencia de los distintos credos en aquella ciudad aún no se había roto. Junto a la gente del Sur de Francia llegaron otros procedentes de varias naciones de Europa, pero en número significativamente menor.
Según Rodrigo Jiménez de Rada, el ejército cristiano salió de Toledo el 20 de Junio de 1212 y se dirigió hacia el Sur. Llegados el 23 de Junio a la fortaleza de Malagón, en poder de los almohades, y la asaltaron con tal ímpetu que la noche del 24 cayó en sus manos, y a la mañana siguiente fueron ajusticiados todos sus defensores. Este acto de crueldad estuvo forzado por la exigencia de los transmontanos que interpretaron aquella guerra desde un primer momento como un exterminio.
El 27 de Junio de 1212 llegaron los cruzados al castillo de Calatrava, custodiado por hábiles militares almohades. Como el asalto parecía difícil hubo partidarios de tomarlo por asedio, a lo cual respondieron otros muchos que permanecer allí mucho tiempo era perjudicial, pues el ejército se agotaría y caería la moral. Finalmente, se optó por probar el asalto, y el día 29 de Junio se produjo el ataque. Al día siguiente, 30 de Junio, los defensores solicitaron conversaciones e inmediatamente después se rindieron. La fortaleza volvió a manos de la orden de Calatrava y Alfonso VIII permitió que los vencidos fuesen tratados de forma humanitaria y pudieran salir de Calatrava sin recibir daño. Esto último hizo montar en cólera a los transmontanos, que aducían que ellos habían venido a luchar contra los infieles, no a pactar con ellos. Acto seguido, el grueso de los transmontanos tomó el camino de regreso, abandonando la empresa. Aquello supuso la pérdida de varios miles de combatientes, lo que redujo considerablemente el ejército cristiano. Solo permanecieron junto a Alfonso VIII el arzobispo de Narbona y un grupo de caballeros del Languedoc. Según las últimas estimaciones, el ejército cristiano que combatió en las Navas de Tolosa debió estar compuesto por 12.000 hombres como mucho, cifra muy alejada del número de combatientes del que hablan las crónicas cristianas.
El día 4 de Julio Alfonso VIII abandonó Calatrava y se dirigió a Alarcos; en los dos días siguientes fueron conquistados los castillos de Piedrabuena, Benavente, Alarcos y Caracuel. En este momento es cuando se incorpora a la cruzada Sancho VII, rey de Navarra, con sus doscientos caballeros.
El 9 de Julio el ejército cristiano desfiló frente al castillo de Salvatierra, en poder de los almohades desde hacía casi un año. Pasaron de largo y no lo asaltaron ni le pusieron sitio, probablemente por considerar aquella fortaleza demasiado difícil de conquistar; actitud que no parece descabellada, teniendo en cuenta el tiempo y los trabajos que invirtió al-Nasir en tomarla meses antes. De esta manera, aquella fortaleza estuvo pasando de unas manos a otras durante décadas, pero siempre como premio que se alcanza tras duros esfuerzos.
La ruta que habían seguido desde su salida de Toledo es la que se conoce con el nombre de Real Cañada de las Merinas. Las etapas de la marcha y el aprovisionamiento estuvieron organizados por Rodrigo Jiménez de Rada, auténtico estratega de esta campaña, una de las más complejas que hicieran los cristianos durante la Edad Media.
El día 11 de Julio de 1212 el alférez del rey de Castilla, Diego López de Haro, que mandaba la vanguardia envió por delante a su hijo López Díaz, a Sancho Fernández y a Martín de la Finojosa, sobrino del arzobispo de Toledo, para que ocupasen las alturas del puerto del Muradal antes de que lo hiciesen los almohades. El 12 de Julio los exploradores cristianos avistaron a la vanguardia almohade que intentaba tomar los puertos de montaña para impedir el paso a los cruzados.
El 13 de Julio de 1212 los tres reyes cristianos subieron a los puertos y tomaron el castillo del Ferral, que fue abandonado por sus defensores cuando avistaron al enemigo.
Según cuenta Rodrigo Jiménez de Rada en su crónica, el califa Miramamolín, que es así como llamaban los cristianos a al-Nasir, se encontraba en Baeza, y conociendo la llegada de los cristianos, envió a su gente para que cortasen el paso a los cristianos en un punto estrecho del puerto de montaña:

donde hay una roca casi inaccesible y un torrente de agua, y para que si los cristianos no se habían apoderado de la cima de la montaña, se apostaran en la cornisa del monte para impedir la subida del ejército cristiano, según confesaron después los que fueron apresados en la batalla”.

Aquel camino, conocido como Paso de la Losa era fácil de defender y el ejército cristiano se vio incapaz de proseguir su marcha a través de Sierra Morena. Sin embargo, según las crónicas, un pastor indicó a los cruzados una ruta alternativa que les permitió sortear el paso y acampar el día 14 de Julio en los cerros de las laderas de la sierra.
Los tres reyes acamparon en una meseta llamada Mesa del Rey, mientras que al-Nasir acampó frente a ellos, en dos cerros, el más cercano a los cruzados conocido como de Los Olivares, y junto a éste y de más altura el de Las Viñas. Ambos ejércitos quedaban separados por una zona suavemente hundida.
Como hemos dicho anteriormente, el ejército cristiano, tras la deserción de los ultramontanos, estaba compuesto por unos 12.000 hombres, mientras que el ejército almohade posiblemente sobrepasaba los 20.000; existía, por tanto, un desequilibrio de fuerzas evidente. No obstante, hay que tener en cuenta que los andalusíes que formaban en las filas de al-Nasir estaban poco motivados para el combate; en realidad, habían acudido forzados a la batalla. Los andalusíes detestaban a los almohades, a los cuales consideraban extranjeros invasores.
El Domingo 15 de Julio de 1212 Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, ante todos reunidos, lanzó una arenga, dando ánimo a los soldados y prometiendo indulgencias para los que se comportasen valientemente en la batalla.
Al día siguiente, Lunes 16 de Julio de 1212, al amanecer, se confesaron los cruzados y formaron para la batalla campal. Lo hicieron en tres cuerpos de ejército; El Rey de Aragón mandó el ala izquierda, que se desplegó, a su vez, en tres líneas, sucesivas: García Romero dirigió la vanguardia y Jimeno Coronel, junto con Aznar Pardo se hicieron cargo del centro, mientras que el propio Rey dirigía la zaga. Según la crónica de Jiménez de Rada, estas fuerzas fueron reforzadas por algunas milicias de las ciudades de Castilla.
El cuerpo central del ejército cristiano lo mandaba Alfonso VIII, con D. Diego López
de Haro, en la vanguardia. El conde Gonzalo Núñez con los frailes del Temple, del Hospital, de Uclés (Santiago) y de Calatrava formaban la segunda línea, cuyo flanco era protegido por Rodrigo Díaz de los Cameros, con su hermano, Álvaro Díaz, y Juan González. La zaga estaba al mando del Rey castellano, rodeado por el Arzobispo de Toledo y los demás obispos, así como por los barones, Gonzalo Ruiz y sus hermanos, Rodrigo Pérez de Villalobos, Suero Téllez y Fernando García.
El tercer cuerpo de ejército situado en el ala derecha, estaba al mando del Rey Sancho el Fuerte de Navarra, reforzado por las milicias de Segovia, Ávila y Medina.
La vanguardia almohade estaba formada por beréberes de las tribus del Atlas y gente de Marrakech. Detrás de ellos formaban los andalusíes a pie y a caballo. Cerrando esta formación estaban los caballos y los infantes almohades, muchos de ellos soldados de fortuna. Al fondo formaban varias líneas de honderos y arqueros. En las alas se encontraban sendas unidades de caballería ligera, algunos de ellos turcos, que sabían disparar el arco mientras cabalgaban.
En la zaga almohade, situada en el cerro de Las Viñas, al-Nasir había plantado su tienda, grande y lujosa. Para protegerla había colocado alrededor un vallado sujeto con cadenas y había apostado a su guardia, compuesta por guerreros subsaharianos de raza negra, armados con picas.


Alfonso VIII tomó la iniciativa y dio orden a Diego López de Haro, alférez del rey, para que avanzase la vanguardia. Ésta estaba compuesta en su mayor parte por gente de a pie armada a la ligera, vasallos y milicias concejiles de Castilla.
Las dos vanguardias trabaron combate en la pendiente que subía al cerro de Los Olivares; a pesar de encontrarse los cristianos en peor posición, pues iban cuesta arriba, desbarataron rápidamente a los beréberes de de la vanguardia de al-Nasir, que en su mayoría eran campesinos de la cordillera del Atlas deficientemente armados. Los beréberes se vieron flanqueados por la caballería costanera de los cristianos y fueron muertos allí mismo casi todos ellos.
La vanguardia de López de Haro, ya en lo alto del cerro de Los Olivares, hubo de enfrentarse con el grueso del ejército almohade, compuesto por jinetes y milicias andalusíes y gran cantidad de mercenarios y voluntarios africanos llamados a la guerra santa. Allí se trabó un feroz combate, tras el cual la vanguardia cristiana comenzó a ceder y muchos corrieron cuesta abajo. Viendo aquello el rey Alfonso VIII, dio la orden a la segunda línea de cruzados para que fuese en ayuda de la maltrecha vanguardia. En esta segunda línea formaban muchísimos caballeros de la pequeña nobleza concejil y otros muchos villanos que combatían a pie. Sin embargo, los soldados de elite de esta línea eran los caballeros de las órdenes militares, a caballo la mayoría y con armadura completa; eran gente muy entrenada en el uso de las armas y una altísima moral de combate.
El choque entre ambos cuerpos de ejército debió ser atronador, y es sabido que ambos se portaron valientemente, mientras el cielo se oscurecía por la nube de flechas que disparaban los arqueros almohades.
En este momento picó espuelas la caballería costanera almohade, compuesta de experimentados jinetes del Norte de áfrica y jinetes turcos armados con arcos y hábiles conocedores de la táctica de torna y fuga. Los caballeros de las órdenes militares encajaron bien los golpes que recibían en varios flancos, pero las milicias concejiles, sufriendo muchas bajas, retrocedieron ante el entusiasmo de los almohades.
Ocurrió entonces lo que suele cuando quién todavía no ha ganado, cree que ya lo ha hecho. Los almohades se desparramaron por la cuesta del cerro de Los Olivares, rompiendo la formación, en persecución de los que creían ya vencidos.
Viendo aquello, el rey Alfonso VIII le dijo delante de todos al arzobispo de Toledo:

¡Arzobispo, muramos, aquí yo y vos!”

A lo que Jiménez de Rada le respondió:

¡De ningún modo; antes bien, aquí os impondréis a los enemigos!”

Entonces, Fernando García, hombre fiel al rey y de gran experiencia en la guerra aconsejó a Alfonso que aún no se lanzase al combate con toda la zaga y esperase a que la caballería almohade estuviese todavía más dispersa. Así lo hizo el rey en aquel momento de gran tensión y esperó la ocasión oportuna, tras de lo cual se dirigió de nuevo al arzobispo:

¡Arzobispo muramos aquí. Pues no es deshonra una muerte en tales circunstancias!”

Y de nuevo Jiménez de Rada le respondió:

¡Si es voluntad de Dios, nos aguarda la corona de la victoria, y no la suerte; pero si la voluntad de Dios no fuera así, todos estamos dispuestos a morir junto a Vos!”

Cruzadas estas palabras el rey dio orden a toda la zaga para que arremetiese contra los almohades; entre todos ellos destacaba Jiménez de Rada, lanzándose a la carga junto a Alfonso.
La zaga cristiana estaba compuesta por caballería pesada en su totalidad; reyes, nobles y caballeros diestros todos en el manejo de grandes caballos acorazados y cubiertos ellos mismos de acero de pies a cabeza.
El impacto debió ser brutal, porque la caballería almohade, descompuesta, volvió grupas y dejó indefensa a la infantería que ya sufría muchas bajas. Aprovechando el momento, los caballeros de las órdenes militares volvieron a subir al cerro de Los Olivares, donde una masa humana, sin espacio para moverse y presa del pánico se agitaba sin encontrar vía de escape. Cruel matanza sufrieron los arqueros almohades, que carecían de escudos y armaduras.
Los cruzados comenzaron entonces a subir la ladera del cerro de Las Viñas, cuya cima estaba repleta de gente que venía huyendo perseguida por la caballería enemiga. En lo alto de aquel cerro tuvieron lugar feroces combates, pues todos luchaban a la desesperada. La última línea defensiva la componían la estacada con cadenas y los soldados de la guardia subsahariana, dispuestos a morir hasta el último.
Verdaderamente así ocurrió, y aquella colina quedó cubierta de cadáveres, de tal manera que no se podía andar por allí. Sancho VII, rey de Navarra, hombre de gran altura y corpulencia, se hizo famoso al ser el primero en romper la línea de las cadenas, motivo por el cual alguno ha interpretado que esta es la causa de que en el escudo de Navarra figuren unas cadenas. Sin embargo, parece ser que no es así y que las cadenas fueron puestas en el escudo en época muy posterior y por otros motivos.
Al-Nasir huyó a Jaén junto a otros muchos almohades, tras de lo cual embarcó de nuevo rumbo a África, adonde murió el 25 de Diciembre de 1213 en Marraquech.
El rey Pedro II de Aragón murió ese mismo año de 1213 y Alfonso VIII poco después, el 6 de Octubre de 1214.
La batalla de las Navas de Tolosa tiene una enorme importancia en la Historia de España. Su primera consecuencia fue que supuso el comienzo del fin del Islam en la Península Ibérica. Además, acabó con el intervencionismo africano en la Península que comenzó en 711 con la invasión de Tarik; todavía hubo un último intento de invasión norteafricana por parte de los benimerines, pero acabó en fracaso.
Es la primera batalla de gran importancia en la que el pueblo llano toma un papel principal, como hemos podido comprobar con la participación de las milicias concejiles formando compañías de caballería e infantería. Durante la minoría de edad de Alfonso VIII, estos concejos de Castilla tomaron parte a favor del rey, lo protegieron y lo defendieron de las ambiciones de la alta nobleza.
Las Navas de Tolosa se convirtieron en un símbolo capaz de trazar un objetivo que uniese a todos los habitantes de la Península. Sé que a muchos no agradará esta idea, pero las cosas son objetivamente como son, no como nos gustaría que fueran. El concepto de España, tan buscado una y otra vez por los intelectuales del 98 y por Ortega y Gasset, es un concepto que se labra en la oposición al proyecto político y cultural de Al-Ándalus. Aquel Estado fracasó en 1031; tan solo unas décadas después un rey de León y Castilla, Alfonso VI, reclamaba el señorío de toda la Península. El fracaso del Estado Omeya fue absoluto y los reinos de taifas siempre fueron residuos de algo que había desaparecido. Aunque los norteafricanos intervinieron una y otra vez en la Península, siempre aparecieron a los ojos de los hispanos como meros invasores. Aquí hunde sus raíces la Historia de España.

domingo, 29 de junio de 2014

AQUELLOS SOLDADOS VALIENTES.

En el último artículo que publiqué en este blog, titulado HACE 100 AÑOS (http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2014/06/hace-100-anos.html), afirmé que la clase dirigente europea de principios del Siglo XX fue incapaz de evitar el estallido de la Primera Guerra Mundial porque vivía sumergida en un sentimiento de triunfo y superioridad moral. Esta actitud inconsciente tuvo como consecuencia que los conflictos no se pudiesen solucionar mediante la negociación y se actuase precipitadamente y con una perspectiva absolutamente equivocada. En aquel asunto todos tenían altas probabilidades de perder más que ganar, y sin embargo, se lanzaron a la Guerra asegurando que habían hecho todo lo posible por evitarla. Falso.
Como dije en aquel artículo, aquellos dirigentes tenían el alma horadada por la soberbia. En el fondo sentían un gran desprecio por todo lo que no fuera ellos mismos. El Siglo XIX había sido una época optimista, y los logros alcanzados en la ciencia, la tecnología y el desarrollo económico así lo atestiguaban. El peligro de las revueltas sociales que incendiaron Europa desde finales del Siglo XVIII hasta mediados del XIX parecía haber pasado y el socialismo, de carácter internacional, había encontrado una línea insalvable en el espíritu nacional que poseía la clase obrera. ¿Pero quién aseguraba a aquellos prohombres que nacionalismo y socialismo eran tan incompatibles? Hoy sabemos que son dos fluidos que pueden mezclarse; con nefastas consecuencias.
Desde luego que aquellos políticos europeos de 1914 no tuvieron escrúpulos para mandar a millones de soldados al sacrificio; aunque hay que alegar en su descargo que ni siquiera imaginaban que aquello iba a ocurrir. Sí que estaban dispuestos a sacrificar a unas decenas de miles en coloridas batallas en las que los oficiales lucirían bellas cimeras. Después, pensaban, volverían a la mesa de negociaciones, y algunos esperaban llevarse alguna presa.
Pero por desgracia no fue así, y a principios de 1915 ya sabían todos que aquella guerra iba a ser extremadamente cruel; las bajas serían abrumadoras. Por esta razón, la maquinaria de la propaganda se puso a funcionar a todo rendimiento. Cuando miles de familias comenzaron a recibir la dolorosa noticia de un padre o un hijo caído en combate, los gobiernos europeos empezaron a no sentirse tan seguros de sí mismos.
Curiosamente, la clase trabajadora de todos los Estados combatientes tuvo una actitud leal y colaboradora, aún ante el hecho de las bajas masivas. Sin duda el espíritu nacional funcionaba eficazmente, eran gente sencilla que creía en la defensa de su patria, de sus familias y de sus vecinos. Durante un tiempo los conflictos sociales quedaron aparcados; había que luchar por la nación, y el orgullo de ser francés, alemán, británico o ruso actuaba como estimulante que enardecía los ánimos.
Para mantener aquella moral alta la propaganda actuó en dos escenarios: la vanguardia y la retaguardia. En la primera había que convencer al soldado de la importancia de su labor y de que era admirado por sus familias, que esperaban su regreso. En la retaguardia era necesario convencer a la población civil de que la guerra acabaría con la victoria final, de que los soldados se encontraban bien atendidos y contentos.
El correo entre el frente y la retaguardia fue uno de los instrumentos básicos para mantener firmes los ánimos, tarea difícil, porque en el verano de 1915 el conflicto ya parecía no tener solución.
En la siguiente postal los esposos o amantes se juran fidelidad en la separación cuando el soldado debe acudir al frente. La fidelidad es una virtud que se elogia por encima de todo.


En esta otra imagen se insiste en la fidelidad del soldado con su esposa y con su patria.

Otra imagen de fidelidad es la siguiente:

En esta otra imagen el soldado se despide de su familia y se refiere a la probable muerte como "entrar en Valhalla".

En el lado británico la propaganda pone menos énfasis en el deber y la fidelidad, prefiriendo dar más importancia al tono romántico, al de los sentimientos personales.

Como el soldado británico lucha en los campos de Francia, las postales podían incluir una frase en francés, para dar sensación de proximidad:

En el bando francés también se remarcaba el tono romántico; todo ello envuelto en una atmósfera idílica:

La propaganda hace continua referencia a la defensa de las fronteras frente al exterior. En la siguiente imagen este espíritu de defensa nacional aparece representado como un perro guardián:

Otro aspecto que había que cuidar era que en retaguardia se tuviese la seguridad de que los soldados estaban bien cuidados y atendidos:

Además, era necesario resaltar que se trataba de héroes, que se sacrificaban por la patria, aunque en un principio no aparezcan heridos y agotados:


El tono procura ser animado, quitando hierro al asunto; como en esta imagen donde se dice: "Un buen sombrero".

Pero, al prolongarse la guerra, los efectos devastadores del conflicto comenzaron a ser evidentes en retaguardia. La propaganda no pudo ocultar o disimular los cientos de miles de bajas que se producían en esta o aquella batalla. A la exaltación de la fidelidad conyugal y patriótica y al espíritu romántico los sustituyó el deseo de sobrevivir y la encomienda a Dios:


En la siguiente postal puede leerse: "Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden".


Sin duda los soldados de ambos bandos se comportaron valientemente; mucho más de lo que se puede esperar de un ser humano. Padecieron todo tipo de privaciones y trabajos, murieron en masa y miles de ellos quedaron terriblemente mutilados. Todo este inmenso caudal de valor y sacrificio fue malgastado en aquella guerra; los derrochadores fueron aquellas clases dirigentes a las que nos hemos referido, que dominaban la política y la economía. Sus intereses particulares primaron siempre sobre los de una población ingenua, que creía todavía en los grandes ideales de la nación. Aquel baño de sangre acabó por desengañar a muchos ciudadanos europeos, y el sentimiento de amor a la patria se trocó en odio de clase y acción política basada en la violencia. El socialismo y los movimientos obreros, que en un principio aceptaron colaborar en la defensa nacional, se fracturaron y surgió una nueva corriente partidaria de tumbar el sistema e instaurar una dictadura de la clase obrera. La revolución estaba en marcha.

Para una información más detallada sobre los combates en el frente Occidental, ver:https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/la-guerra-en-las-trincheras

domingo, 22 de junio de 2014

HACE 100 AÑOS

Hoy, 28 de Junio de 2014 hace 100 años que el nacionalista serbio Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro en la ciudad de Sarajevo. Aquel atentado sangriento puso en marcha las ruedas de una febril actividad diplomática que es conocida con el nombre de Crisis de Julio, que, tras agotadores esfuerzos, desembocó en el estallido de la Primera Guerra Mundial (https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/siglo-xx).
Con ello, un mundo entero caminó directamente hacia el suicidio. No quiero que se me interprete mal; aquel mundo era el de los grandes Imperios europeos, construidos durante varios siglos, amos del mundo en aquel tiempo. Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia eran potencias formidables, con economías en rápido crecimiento, sociedades prestas a alcanzar un alto nivel de desarrollo humano, dueñas de la inmensa mayoría del volumen de intercambios comerciales a nivel mundial. Manejaban los hilos de una porción abrumadora del capital financiero y controlaban ferreamente los mercados de África, Asia y Oceanía. Dominaban el Mundo y a gran parte de los pueblos de la Tierra.
                              Francisco Fernando de Austria.

Y a pesar de todo esto, fueron incapaces durante la Crisis de Julio de evitar el enfrentamiento armado que los llevaría a verse envueltos en un conflicto que se prolongó hasta 1945, a través de dos temibles guerras, al final del cual perdieron todos ellos la supremacía política, económica, militar y cultural en el Mundo. El caso de Rusia es especial, pues el antiguo imperio zarista quedó transformado en la punta de lanza de una ideología totalitaria con vocación internacional, la Unión Soviética(http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2013/12/europa-sin-historia.html).
¿Qué le ocurrió a la clase dirigente de la Europa de principios del Siglo XX para no darse cuenta de que estaban preparando su autodestrucción? La única respuesta posible es de carácter muy humano: soberbia y ambición, dos ingredientes habituales del espíritu de los que se consideran triunfadores.
Desde mediados del Siglo XIX se había ido gestando en Europa una clase política ávida de prestigio y poder; los escrúpulos eran escasos cuando se apreciaba la posibilidad de enriquecerse o ascender en la escala social. Esto suponía a la vez que la línea que separaba el ámbito político del ámbito estrictamente económico era extremadamente difusa; política y gran capital eran prácticamente la misma cosa. Aquella clase dirigente miraba con desdén a las clases trabajadoras y justificaba su encumbramiento por causa de una cierta superioridad con respecto a la mayoría, a la cual consideraba degradada moralmente.
No obstante, esta actitud altiva tenía una fuerte contestación desde principios del Siglo XIX por parte del socialismo y del anarquismo. Las organizaciones obreras fueron aumentando su capacidad de movilización de las masas y la efectividad de su propaganda ideológica, y con ello saltó la alarma entre las clases dirigentes de todos los Estados Europeos.
Cartel  sindicalista que anima a los trabajadores a la lucha social.

         
Impedir el desarrollo de la organización obrera y paralizar sus reivindicaciones no era tarea fácil; aunque se fuese cediendo poco a poco en ciertas parcelas, nadie podía evitar que las posturas maximalistas se resistiesen a desaparecer. A principios del Siglo XX el sufragio era prácticamente universal para los varones en toda Europa Occidental y muchas reivindicaciones de las organizaciones sindicales habían sido satisfechas, aunque todavía quedaban muchas otras sin alcanzar, y en conjunto aquella sociedad se hallaba muy lejos del bienestar.
La herramienta que pareció más eficaz a las clases dirigentes del Siglo XIX para mantener el sistema económico, social y político fue un concepto que había surgido paralelamente y como hermano gemelo de los derechos individuales; estamos hablando del Nacionalismo.
Las ideas que cuajaron definitivamente en la Revolución Francesa proclamaban una serie de derechos y libertades del individuo; es lo que los americanos habían denominado Derechos Humanos. Pero el individuo no estaba solo, los seres humanos se organizaban en sociedad. El sujeto físico de aquella sociedad era el pueblo, es decir, el conjunto de individuos que la componían, que, a su vez, era soberano en cuanto a decidir su destino. Los pueblos de la Tierra no estaban unidos, sino divididos en multitud de comunidades; a cada una de ellas se le llamaba Nación.
El concepto de Nación hundía muy profundamente sus raíces en la Historia de Europa; no en vano había sido indispensable para la formación del Estado moderno, pero ahora, vinculado a los ideales de la Revolución Francesa daba lugar a un nuevo engendro, un ismo, es decir una idea que pasaba a la categoría de creencia.
Durante todo el Siglo XIX las clases dirigentes de los Estados europeos utilizaron el Nacionalismo como argamasa capaz de mantener estrechamente vinculados a todos los grupos sociales que presentaban múltiples desavenencias entre ellos. Cuando la situación económica parecía estancarse, se emprendió la tarea de colonizar Asia y África como forma de conseguir materias primas, recursos energéticos y crear nuevos mercados; en esta faena participó toda la sociedad, fue una auténtica empresa nacional y proporcionó, a la vez, el argumento de la supuesta superioridad de la civilización europea, y por ende, de las naciones europeas.
                      Extracción de recursos en el África colonial.

Sin duda el espíritu nacional sirvió bien a los intereses de unas clases dirigentes que llegaron a creer que el momento de peligro había pasado porque las organizaciones políticas y sindicales obreras comenzaban a ser domesticadas gracias a ciertas concesiones y a la bonanza económica que había traído consigo el colonialismo. Tan importante era esto último que una de las causas de la tensión entre los Estados europeos anterior a 1914 era la opinión de que el reparto colonial no se había hecho de manera equitativa y que Alemania había quedado fuera del mismo a pesar de ser una de las mayores potencias industriales.
Las sociedades europeas de principios del Siglo XX se percibían a sí mismas como triunfantes. Dominaban el mundo, los avances de la ciencia eran espectaculares, en ciertos Estados estaba surgiendo una clase media cada vez más numerosa, la sociedad de consumo se imponía poco a poco, cada vez había más productos al alcance de todos. Y este exceso de confianza, esta ceguera ante los enormes problemas subyacentes fueron decisivas en la incapacidad para resolver la Crisis de Julio y evitar el estallido de la Primera Guerra Mundial.
El 29 de Julio de 1914 Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia y con ello comenzó el conflicto armado más importante que había conocido la Historia hasta el momento. Todos creían al principio que se trataría de una guerra corta, de apenas cinco meses, en la que cada nación europea pondría de relieve su valentía y su poder, pero los vistosos uniformes y las cargas de caballería acabaron ahogados en el barro de las trincheras. La matanza fue estúpida y, si ustedes me lo permiten, inútil.
Cuando aquellos políticos con la pechera llena de medallas e insignias cayeron en la cuenta ya era demasiado tarde para retroceder; no se habían dado cuenta de que la prosperidad europea se basaba en un delicado equilibrio que hacía mucho tiempo que costaba enormes esfuerzos para ser mantenido. El sistema había prosperado tras las guerras napoleónicas y poco a poco se había impuesto el Estado de Derecho y la ciudadanía, pero ahora las ambiciones gobernaban las mentes y se lanzó alegremente a los soldados a una guerra en la que aparecieron armas nuevas y terribles, en la que quedó enterrado el romanticismo y el optimismo del Siglo XIX.
 La caballería francesa es despedida en París entre vítores del público.

El conflicto se cerró en falso y abrió la puerta inmediatamente a las ideologías totalitarias, que proporcionaron a Europa un baño de sangre entre 1917 y 1945. Sus efectos se prolongaron hasta la desaparición de la Unión Soviética a finales del Siglo XX.

domingo, 1 de junio de 2014

COMENTARIOS SOBRE ESPAÑA. II

Hay ocasiones en que las cosas van tan absolutamente mal que es difícil que empeoren; contrariando a los pesimistas, que piensan que todo siempre puede ir a peor. A veces, digo, surge alguien providencial, alguien dispuesto a no dejarse avasallar por las circunstancias; y entonces ocurre que todo da un vuelco inesperado y rápido. Esto ocurrió con Alfonso VIII de Castilla entre finales del Siglo XII y principios del Siglo XIII.
El Siglo XII había sido nefasto para los reinos cristianos de la Península Ibérica. Alfonso VI había estado a punto de resolver la cuestión de la Reconquista definitivamente, pero la invasión de los almorávides desbarató esta posibilidad. Es cierto que el final de su reinado no fue tan desastroso desde el punto de vista militar como puede pensarse; fue capaz de detener la avalancha norteafricana y no perdió ningún territorio que hubiera conquistado previamente; incluso retuvo la ciudad de Toledo, punto crítico de toda la estrategia del Sur de la Meseta. Otra cuestión es que no dejó herederos varones, cosa que en aquella época era fuente de conflictos, porque según las leyes del Reino de León una mujer no podía reinar sola, y por esta razón su hija Urraca, viuda, se desposó por segunda vez para poder ceñir la corona. Contrajo matrimonio con su primo lejano Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Navarra, que como su apodo indica, dedicó buena parte de sus esfuerzos en combatir a los almorávides, que continuaban belicosos, aunque cada vez más acomodados al lujo de las ciudades hispanomusulmanas.

Moneda de Alfonso I el Batallador acuñada en Castilla.

Alfonso I el Batallador tuvo la oportunidad de unificar todos los reinos cristianos de la Península a comienzos del Siglo XII, pero la situación aún no estaba suficientemente madura y la nobleza de León, celosa de sus privilegios, se sublevó contra el enérgico rey aragonés, que entregaba castillos y dominios a los señores aragoneses y navarros. Finalmente, tras muchos enfrentamientos, el Papa anuló el matrimonio con la excusa de no haberse consumado y la nobleza del Reino de León se impuso, consiguiendo que fuese nombrado heredero del trono Alfonso VII, hijo del primer matrimonio de Urraca con un príncipe borgoñón.
Alfonso VII ciñó las coronas de León y Castilla en 1126, cuando el Imperio almorávide daba señas de cansancio. Antes de hacer la guerra a los norteafricanos impuso su autoridad a la nobleza, llegó a un acuerdo sobre las fronteras entre Castilla y Aragón e intentó extender su influencia al Norte de los Pirineos; por todos estos éxitos en 1135 se hizo coronar "Emperador de toda Hispania" en la catedral de León.
                       Moneda de Alfonso VII con el título de Emperador.

Sin embargo, y de forma un tanto semejante a lo que le ocurrió a su abuelo Alfonso VI, sus logros iniciales se cerraron al final de su reino con una serie de reveses que poco después conducirían a la Hispania cristiana al borde de la catástrofe. Confiado en la debilidad de los almorávides, realizó varias campañas militares en territorio musulmán; entre 1146 y 1149 ocupó la ciudad de Córdoba; por estas fechas el Imperio almorávide se desmoronaba y surgían de nuevo los reinos de taifas. Sin embargo, esta situación fue poco duradera, porque casi simultáneamente llegan a la Península los primeros ejércitos almohades, llamados por los débiles reyes de las taifas, que temían ser aniquilados por los castellano-leoneses.
Los almohades (al-muwahhidun, "defensores de la unidad religiosa") eran una secta islámica surgida en las montañas del Atlas que propugnaba una versión más compleja y mística del Islam, en lugar de la religión simple que predicaban los almorávides. Hacia 1147 se habían adueñado de Marruecos y habían comenzado a intervenir en la Península Ibérica; en 1172 ejercían ya un firme control sobre las nuevas taifas.



 En 1157 Alfonso VII murió demostrando que sus ambiciones imperiales corrían parejas a su sentido patrimonial de la Corona; tuvo la ruinosa idea de repartir sus reinos entre sus hijos; al primogénito, Sancho III, entregó Castilla, mientras que al menor, Fernando II, entregó León. Ambos reinos permanecieron separados durante casi tres cuartos de siglo, hasta que Fernando III el Santo los reunió en 1230.
Esta división puso fin a las ambiciones leonesas de establecer un imperio sobre toda la Hispania cristiana. Durante mucho tiempo, León había sido el mayor y más importante de los Estados hispanocristianos, pero la Reconquista del Siglo XI había permitido la expansión de Castilla hasta casi igualar las dimensiones de aquel.
Sancho III solo sobrevivió un año a su padre y al morir dejó el trono en manos de un niño de tres años de edad, Alfonso VIII.
Alfonso VIII
     
Este rey niño era la ocasión que estaban esperando los nobles castellanos para imponer su voluntad y socavar la autoridad real. Se formaron dos bandos rivales en torno a las familias de los Castro y los Lara; durante diez años los nobles usurparon la autoridad real e incrementaron sus dominios señoriales. Aumentaron los tributos y se expandieron los derechos señoriales; el pueblo sufrió toda clase de arbitrariedades y abusos.
Si no hubiera sido por la resistencia desesperada de los concejos establecidos a lo lago del río Tajo, dirigidos por la pequeña nobleza de los caballeros, los almohades hubieran hecho retroceder la Reconquista a los tiempos de Almanzor, pero las fronteras aguantaron, a pesar de los enfrentamientos civiles que padecían Castilla y León.
¿Quién iba a pensar que aquel niño tendría años después el necesario carácter para devolver a la nobleza al sitio que le correspondía, recuperar lo perdido cuando, por su corta edad, no podía defenderse y asestar un golpe mortal al Islam que acabaría con más de un siglo de invasiones norteafricanas.
Verdaderamante, aunque los siglos XI y XII fueron una sucesión de contratiempos para el nuevo proyecto de un Estado español unido, hay que reconocer que también hubo una sucesión de grandes reyes que lucharon sin descanso. Sin figuras como las de Alfonso VI, Alfonso I el Batallador, Alfonso VII y Alfonso VIII no hubiera sido posible la expulsión de los norteafricanos y el avance del proyecto español.
Como hemos afirmado, la minoría de edad de Alfonso VIII fue una calamidad para Castilla, no solo porque la nobleza intentase una feudalización total del reino, sino también porque los reyes de León y Aragón aprovecharon para arrebatarle tierras al rey niño e intervenir en las disputas de los nobles castellanos.
Finalmente, quienes acudieron en ayuda del joven rey fueron los concejos de las villas de Castilla. Los caballeros de las ciudades y el pueblo llano entendían que su único protector era el rey; debían, por tanto, preservarlo de peligros y acrecentar su autoridad; en caso contrario, se verían todos en manos de la gran nobleza, sometidos a los abusos feudales.
Ávila fue la más empeñada en dar protección y refugio al rey. En torno al joven monarca se reunieron hombres fieles que lo apartaron de las garras de los Lara y los Castro, y de esta manera en 1170 fue proclamado rey de Castilla en las Cortes de Burgos.
Podemos ver con asombro cómo el pueblo llano toma la iniciativa en fechas muy tempranas en el reino de Castilla, y cómo la nobleza feudal retrocede en sus exigencias ante aquel monarca, paso previo en la consolidación de la autoridad del Estado. La idea de España se concreta, el camino hacia la unidad peninsular parece más firme y abierto. Este camino hacia la unidad de los reinos hispanos comienza con la desaparición del Califato de Córdoba y termina con los Reyes Católicos.
El joven rey tomó la iniciativa y ajustó cuentas con Sancho VI, rey de Navarra, que aprovechando su minoría de edad le había arrebatado parte de La Rioja. También obligó a su tío Fernando II, rey de León a devolverle la ciudad de Burgos, de la que se había apoderado tiempo atrás. Para llevar a cabo estas hazañas se alió con Alfonso II el Casto, rey de Aragón, con el cual acabó firmando el tratado de Cazorla en 1179, por el que se repartían las respectivas influencias en la Península y las zonas de Reconquista en territorio musulmán.
Los almohades provenían de una sociedad más urbana y desarrollada que los almorávides y Al-Ándalus les ofrecía un nivel cultural y económico elevado. Establecieron su capital peninsular en Sevilla y desde sus dominios continuaron durante todo el Siglo XII la mayor amenaza para los territorios fronterizos de Castilla y Aragón. Alfonso VIII se propuso someter el valle del Guadiana y repoblarlo, paso indispensable para detener las ofensivas almohades. Conquistó la ciudad de Cuenca en 1177 e hizo retroceder a los musulmanes a la margen Sur del río. No obstante, sufrió una grave derrota en 1195, en Alarcos, villa recién fundada, que quedó totalmente destruida. La causa de la batalla fue la respuesta almohade a las expediciones militares que habían llevado a cabo poco antes las gentes de Alfonso VIII en el Valle del Guadalquivir.

                             Ruinas del Castillo de Alarcos en la provincia de Ciudad Real.

La derrota fue catastrófica, porque los castellanos se batieron en retirada y los almohades llegaron hasta las mismas puertas de Toledo; retrocedió de esta manera la Reconquista en todo el Sur de La Mancha y todas las plazas que tenía Alfonso VIII en aquella zona se perdieron.
Podríamos pensar que en aquellas fechas el rey castellano había recibido tal golpe que abandonaría el proyecto de devolver a los almohades a África; pero no fue así.
Hemos dicho al principio que en ocasiones, cuando las cosas se ponen difíciles, un carácter basta para dar la vuelta a la situación; pues bien, este era el carácter de Alfonso VIII.
Diecisiete años después, casi al final de su reinado Alfonso VIII se vengo de la derrota de Alarcos. En lugar de caer en la desesperación, se dedicó insistentemente a recuperar lo perdido, dando protagonismo a las órdenes militares de Alcántara, Calatrava y Santiago, buscando el apoyo del Papa y urdiendo una coalición con todos los reinos cristianos de la Península.
Inocencio III, Papa desde 1198, declaró la cruzada contra los almohades; en ello colaboró fervientemente Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo, hombre partidario de la lucha sin tregua contra el Islam. Enterado de estos acontecimientos Muhammad An-Nasir, califa almohade conocido como Miramamolín por los cristianos, tomó la determinación de cruzar el estrecho y dirigirse a Al-Ándalus para enfrentarse a la ofensiva de los cruzados. Alfonso VIII había alcanzado un acuerdo con los reyes de Aragón, Navarra, León y Portugal para, todos unidos, derrotar definitivamente a los almohades. Esto ocurrió el Lunes 16 de Julio de 1212 en las Navas de Tolosa, provincia de Jaén.
La batalla de Las Navas de Tolosa supuso la derrota total de los almohades en la Península Ibérica y el comienzo de la descomposición de su imperio en el Norte de África. Al-Ándalus se dividió de nuevo en taifas que volvieron inmediatamente a pagar tributos a los reinos cristianos y el Valle del Guadalquivir quedó abierto a la Reconquista y posterior repoblación castellana. El fin de la lucha secular entre cristianos y musulmanes se acercaba, pero no era inminente; las dificultades de la repoblación y el rebrote de los conflictos señoriales y dinásticos en Castilla permitió la supervivencia del último reducto del Islam en la Península: el reino de Granada, última taifa.
Navas de Tolosa, provincia de Jaén.

      Alfonso VIII solo fue rey de Castilla, pero su importancia en el proceso de unificación peninsular y formación de España es inmensa. Como hemos afirmado anteriormente, en tiempos difíciles surgen personalidades dispuestas a no ceder una vez decidida la empresa. Durante el reinado de AlfonsoVIII se producen tres fenómenos sin los cuales la unidad peninsular hubiera sido imposible.
En primer lugar el sometimiento de la alta nobleza, que se ve obligada a abandonar sus pretensiones feudales y a aceptar la autoridad real. Los nobles volverían a las andadas, pero en este momento especialmente importante la Corona quedó afirmada.
En segundo lugar la aparición del pueblo llano como actor principal de los acontecimientos históricos a través de los concejos, forma de organización de las comunas urbanas.
En tercer lugar el fin del dominio norteafricano sobre la Península Ibérica gracias a la gran victoria obtenida en Las Navas de Tolosa.
En la siguiente entrada de esta serie comentaremos detalladamente los acontecimientos previos a esta batalla, su desarrollo y sus consecuencias.                                                                                                                                                  

viernes, 30 de mayo de 2014

COMENTARIOS SOBRE ESPAÑA. I

Solo en una ocasión anterior a la actual, se debatió tanto sobre la sustancia y el ser de España; esto ocurrió tras la pérdida de las colonias de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas en 1898. En aquella ocasión un grupo de intelectuales y escritores, conocidos como la Generación del 98, se dedicó a reflexionar sobre los españoles, su Historia, su forma de entender la vida y la construcción política que habían llevado a cabo durante siglos.
Hoy en día el instrumento que agita las aguas del concepto de España no es la reflexión intelectual, sino la ambición descarnada, la demagogia más tosca y un torbellino de odios y rencillas alimentados día tras día, año tras año.
Veo conveniente, por tanto, que la reflexión se imponga al elemento irracional o a los argumentos interesados. Por ello me referiré en este Comentario a un tema que ha surgido últimamente en la prensa y en ciertos debates públicos; se trata del momento en que fue fundado el Estado Español, concepto que creo que hay que diferenciar del de Nación Española.
Porque el concepto de nación siempre ha sido difuso; ¿ qué vincula a los individuos que pertenecen a una nación?, ¿la genética?, ¿la lengua?, ¿las tradiciones? Y la hipotética existencia de estos vínculos, ¿tiene como consecuencia necesaria que todos los individuos que participan de ellos deban organizarse políticamente en una sola entidad?
El concepto de nación es absolutamente escurridizo por consistir en una abstracción cuyos trazos recuerdan muy lejanamente un fugitivo objeto.
Otra cosa es el Estado. El Estado es algo que se afirma sobre la tierra, posee herramientas y reglas muy precisas, tiene voluntad de mando y no permite agresiones. El Estado existe sin lugar a dudas, utiliza símbolos que lo representen y es susceptible de adjudicársele una fecha de nacimiento y otra de muerte.
Alfonso VI de León y Castilla se hacía llamar "Emperador de Hispania". Como argumento a favor de este título exponía que, excepto Navarra, Aragón y los condados catalanes, todos en la Península le pagaban tributos. De esta manera se convirtió en el rey más rico de su tiempo. La mayor parte de estos ingresos procedían de los tributos que pagaban anualmente los reinos musulmanes de la Península; estos pagos se denominaban parias.
Aunque Alfonso VI encontrase placer en ser conocido como "Emperador de Hispania", estaba muy lejos de su intención anexionarse los reinos musulmanes, conocidos con el nombre de taifas. Prefería obligarles a pagar, ofreciéndoles su protección; en caso contrario, los amenazaba con hacer incursiones de saqueo, arrasar sus campos y apresar a centenares de cautivos. Otra amenaza que se podía esgrimir era apoyar a la facción contraria a la familia reinante en aquel momento. Tanto es así, que cuando conquistó Toledo, lo hizo solamente porque pensó que no le quedaba otra alternativa, pues la situación social y política de aquella taifa era tan explosiva que peligraba el cobro de tributos. No tenía, por tanto, intención de crear un proyecto de Estado que abarcase toda la Península Ibérica, aunque no dudó en hacer toda la propaganda posible tras la conquista de Toledo el 25 de Mayo de 1085, afirmando que al recuperar para la cristiandad la antigua capital del reino visigodo, se establecía un vínculo entre aquella desaparecida monarquía y su corona.
El conflicto radicaba en que en la Península había otro rey que tenía también pretensiones de grandeza; éste era Al-Mutamid, rey de la taifa de Sevilla. Al-Mutamid pagaba de muy mala gana las parias a Alfonso VI, sobre todo porque se veía a sí mismo como un rey tan poderoso o más que aquel. La Taifa de Sevilla había ido incorporando extensos territorios a su dominio, en especial la ciudad de Córdoba, antigua capital del Califato, conquista que cubría de prestigio a Al-Mutamid y lo presentaba como posible emir de todo Al-Andalus.

Taifa de Sevilla y su expansión en el Siglo XI.

En resumidas cuentas, la taifa de Sevilla era un reino rico y poderoso que había aumentado su territorio extraordinariamente en solo cincuenta años. Era, por tanto, natural que Al-Mutamid desease dejar de pagar el tributo a Alfonso. Sin embargo, las dudas asaltaban a Al-Mutamid; aunque conocía perfectamente los acontecimientos que habían desembocado en la conquista de Toledo por parte de Alfonso, y que éste no tenía intención de conquistar Sevilla, dudó de las intenciones del rey cristiano y se sintió amenazado. Así pues, Al-Mutamid se movía entre el miedo y la ambición.

Que Alfonso tuviera previsto conquistar Córdoba era bastante probable, pero que tuviese intención de hacer lo mismo con Sevilla ya no lo era tanto. En principio porque le interesaba más cobrar las parias que un reino tan rico le pagaba desde hacía mucho tiempo, pero también porque carecía de recursos humanos para mantener en su poder un reino tan extenso y poblado en el que habitaban pocos cristianos en relación al número de ellos que residían en la ciudad de Toledo. Mantener sometida a una población tan numerosa y mayoritaria de musulmanes parecía difícil en unos tiempos en los que los Estados tenían escasos instrumentos de control. Más bien lo que Alfonso contemplaba era debilitar al reino de Al-Mutamid troceándolo, ya que en los últimos años había experimentado una gran expansión a costa de otras pequeñas taifas.

En 1086 Al-Mutamid creía que había llegado el momento de dejar de pagar las parias y devolver a los cristianos al otro lado del Sistema Central, pero como sabía que la empresa no era fácil hizo una solicitud formal para que los almorávides entraran en la  Península Ibérica, y estos aceptaron la invitación.
Aquí cometió Al-Mutamid una gran equivocación que a la postre le costaría el trono. Esta fue la segunda ocasión en que desde la Península se solicitó ayuda a los amos del Norte de África. En ambas ocasiones y en las que siguieron después el resultado fue siempre letal para los solicitantes. La primera vez fue cuando la nobleza visigoda del partido de los hijos de Witiza llamó en su ayuda a Muza, emir de África, hombre que debía todos los honores de que disfrutaba a la familia de los Omeyas. El asunto se saldó con la desaparición del reino visigodo y el sometimiento de Hispania a los nuevos señores venidos de Oriente. Sin embargo, la masa de invasores, los que realmente llevaron a cabo la conquista fueron los bereberes, es decir, norteafricanos.
                 Caballería musulmana dirigiéndose al combate.

En 1086 fueron los almorávides los que oyeron la llamada de auxilio que procedía de la Península Ibérica. 

Los almorávides, nombre que significa “unidos para la guerra santa” eran una secta islámica que tenía su origen entre las tribus de tuaregs del Sahara occidental; allí el faqih Ibn Yasin había predicado una versión simple, ascética y militante del Islam y en unas décadas los almorávides habían creado un estado teocrático que abarcaba todo el Sahara occidental, el norte de Senegal, oeste de Argelia y Marruecos. Ese mismo año de 1086 el emir Yusuf Ibn Tasufin cruzó el estrecho de Gibraltar y desembarcó en Algeciras acompañado del temible ejército almorávide. Poco después se reunieron con las tropas de los reinos de taifas y se dirigieron a Extremadura, donde el día 23 de octubre de 1086 derrotaron en la batalla de Sagrajas al ejército de Alfonso VI.

En este momento es cuando Alfonso VI decide verdaderamente cambiar de estrategia orientando la cruzada hacia la zona del levante. Repuesto de la derrota de Sagrajas, y con el apoyo papal, toma el castillo de Aledo, en Murcia, desde donde acosa a las Taifas andalusíes con renovado empeño.

Al-Mutamid y los otros reyes de taifas sintieron miedo con estas novedades, pues sabían bien que Alfonso buscaba ahora la venganza y no pararía hasta destronarlos. Por esa razón el rey de Sevilla llamó de nuevo a Yufuf Ibn Tasufin para que le acompañase en una campaña contra los cristianos. Tasufín ya había empezado a hacerse un concepto muy negativo de los reyes de Al-Andalus, los consideraba poco piadosos y nada cumplidores con los preceptos del Islam; aún así acudió.

En 1088 Ibn Tasufin cruzó de nuevo el estrecho con su ejército de almorávides y en unión de los reyes de taifas se dirigió a la fortaleza de Aledo, bastión fronterizo de Alfonso desde donde amenazaba a los andalusíes. El asedio del castillo de Aledo fue largo y frustrante para los ejércitos musulmanes porque los cristianos no se rendían y combatían a la desesperada. De Murcia vinieron técnicos en poliorcética que construyeron máquinas e ingenios de asalto, pero todo fue inútil, los asediados resistían y la moral de los musulmanes decaía rápidamente dando lugar a disputas entre ellos. Lo que más daño hizo al bando asaltante fue la deserción de los reyes andalusíes que veían como se prolongaba la campaña sin resultados, mientras ellos estaban ausentes de sus dominios. En esas circunstancias Alfonso VI se presentó ante el castillo con un poderoso ejército y los almorávides viéndolo todo perdido se retiraron.
Sin embargo en el año 1090 las cosas se torcieron de forma irremediable cuando Yusuf Ibn Tasufin desembarcó por tercera vez en la Península Ibérica dispuesto a destituir a todos los reyes de taifas y anexionarse todo el territorio de Al-Andalus. El emir almorávide pensaba que las taifas eran incapaces de defenderse a sí mismas, debido a su corrupción, su abandono de la recta religión y su falta de ánimo combativo. Creía que la pérdida de los territorios de Al-Andalus en manos de los cristianos era cuestión de poco tiempo y que su deber como buen musulmán era preservarlos en la verdadera fe.
Al-Mutamid fue destronado y enviado al exilio y los almorávides se hicieron dueños de todas las taifas. Con ello la suerte da un cambio definitivo para Alfonso VI ya que se verá obligado a permanecer a la defensiva durante el resto de su reinado y sufrirá varias derrotas en múltiples enfrentamientos con los africanos; la más dolorosa, la de Uclés, en el año 1108, durísima batalla en la que murió Sancho Alfonsez, hijo de Alfonso VI y heredero de las coronas de León y Castilla. A principios del verano del año siguiente moría el rey Alfonso, cansado de guerrear, con el reino amenazado por un enemigo implacable y sin un descendiente masculino al que entregar la corona. 
Aún así, el balance de su reinado no fue totalmente negativo. Es cierto que los almorávides sometieron a los reinos cristianos de la Península Ibérica a una época de violencia y lucha frenética que no se recordaba desde los tiempos de Al-Mansur, pero a cambio la Reconquista se orientó hacia levante, donde en el siglo venidero se pondrían las bases para la definitiva conquista del valle del Guadalquivir; por otra parte, Al-Andalus entraría con la invasión africana en una fase de inevitable decadencia cultural marcada por la imposición del fanatismo religioso.
Por otra parte hay que considerar que la llegada de los almorávides a la Península Ibérica tuvo grandes consecuencias que hicieron que los acontecimientos históricos se orientasen en un sentido concreto. Podemos decir que esta invasión norteafricana retrasó la Reconquista durante unos 130 años; de hecho, sin la intervención de los almorávides y los almohades, los reinos musulmanes podrían haber sido anexionados en conjunto a principios del Siglo XII. Castilla no hubiera tenido rival entre el resto de los reinos cristianos y hubiese acaudillado la reunificación del territorio peninsular. Pero esto último pertenece al terreno de la especulación, no de la Historia.

domingo, 18 de mayo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. VI

En un lugar cercano a las minas de plata de Riotinto, conocido con el nombre de Cerro Salomón, se levantaba en el S. VII a. C. un poblado minero cuyos habitantes trabajaban la mena de plata en sus propios domicilios. Allí se han encontrado escorias, residuos de fundición, piedras-martillo y moldes de arcilla; objetos relacionados con la actividad metalúrgica. Las casas, aunque construidas con piedra, carecían de cimientos, y  los techos eran frágiles.
En la misma provincia de Huelva, en San Bartolomé de Almonte, junto al camino que iba de las minas de Aznalcóllar a Gadir, había otro poblado de metalúrgicos semejante al anterior, aunque en este caso las viviendas eran sencillas chozas. En ambos lugares, y en otros próximos a Riotinto, se producía el metal con las técnicas anteriores a la fundación de Gadir. El asentamiento de la actual ciudad de Huelva también era un centro metalúrgico donde se trabajaba el metal extraído de las minas de Riotinto.
Con la llegada de los fenicios a la Península Ibérica la producción de metales aumentó considerablemente. El aumento que experimentó la demanda de metales estimuló a las poblaciones indígenas a extraer mayores cantidades de plata y cobre y se fueron introduciendo mejoras tecnológicas que trajeron consigo los colonizadores del Mediterráneo Oriental. La fundación de Gadir supuso un enorme impulso al desarrollo de la actividad metalúrgica y el comercio, ya que los mercaderes fenicios utilizaron aquel puerto como base desde la que acceder a las rutas del estaño y gran centro comercial al que afluía gran parte de la producción de plata y cobre de las sierras de Huelva.
Esta nueva situación trajo consigo cambios en la vida de los tartesios. En las colinas de Huelva y junto a los estuarios de los ríos Tinto y Odiel se puede observar cómo en esta época los tartesios adoptan técnicas de construcción propias de los fenicios. Estos fenómenos de penetración de la cultura fenicia también pueden comprobarse en el Bajo Guadalquivir y en el estuario del río Guadalete, frente a Gadir. Los asentamientos tartésicos más importantes del Siglo VII a. C. son los de Asta Regia, Cerro del Carambolo, Cerro Macareno, Carmona, Montemolín, Mesa de Setefilla, Los Alcores, Huerto Pimentel (Lebrija) y Alhonoz, todos ellos en la provincia de Sevilla. En la provincia de Córdoba destacan Colina de los Quemados, Llanete de los Moros (Montoro), Ategua y Torreparedones.
Uno de los primeros poblados que se fortificó tras la llegada de los fenicios fue Tejada la Vieja, en Huelva, que se convirtió en centro de distribución del metal procedente de Riotinto, tanto para los tartesios como para los fenicios. Otros asentamientos siguieron el ejemplo y se fortificaron.
Los fenicios cargaban sus naves con unas grandes vasijas decoradas con bandas en las que transportaban aceite de oliva y vino; estos productos eran intercambiados por metales y grano de los tartesios.
Más tarde, desde Gadir y otras colonias, los fenicios introdujeron artículos de lujo como joyas, cajas y peines de marfil, botellas de cerámica o vidrio con perfume, platos y jarras de bronce, utensilios de hierro y telas finas.
         Anillo fenicio encontrado en la ciudad de Cádiz con el emblema de los dos delfines.

Estos artículos fenicios eran caros y exclusivos, por lo que solo un número reducido de personas tendría medios suficientes para adquirirlos. Estos consumidores de artículos de lujo eran fundamentalmente los miembros de la aristocracia tartesia, que se enorgullecían de poder distinguirse llevándose a la tumba valiosos objetos parecidos a los de los colonizadores.
Los grupos sociales en el mundo tartésico estaban claramente diferenciados. Destacaban los príncipes guerreros; armados con una variada panoplia de bronce, que en aquel tiempo debía ser muy cara. Otro de los objetos que los distinguían del resto de la población era la posesión de un carro de guerra, tirado por un par de caballos y conducido por un auriga. Controlaban la explotación de los recursos mineros, las vías de transporte del metal y los tratos comerciales con los fenicios. Ellos fueron los que más se aprovecharon de los contactos con los colonizadores del Mediterráneo Oriental y, sin duda, colaboraron con ellos en beneficio de los intereses mutuos. Imitaron desde muy pronto el modo de vida de los extranjeros y con los abundantes recursos que obtenían de los intercambios comerciales adquirieron multitud de objetos. Aquel grupo social dirigente comenzó a construirse viviendas al estilo del Mediterráneo Oriental y amuralló los poblados donde residían los príncipes y régulos. Adoptaron el sistema de escritura fenicio cuando les fue necesario llevar una incipiente contabilidad y registrar contratos, títulos y hacer inscripciones.
Estos aristócratas del Suroeste fueron los primeros en rendir culto a las divinidades de los fenicios, erigirles altares y santuarios. Melkart, Astarté, Reshef y Baal pasaron en poco tiempo a formar parte del panteón de los habitantes del Bajo Guadalquivir.
Un claro ejemplo de la riqueza acumulada por estos grupos dirigentes es el denominado Tesoro del Carambolo, encontrado en el interior de una tosca vasija en el asentamiento del cerro de El Carambolo, cercano a Sevilla. Las piezas de este tesoro probablemente tuvieron una función ritual y fueron elaboradas en talleres de artesanos fenicios.
Tesoro de El Carambolo.

Otra muestra impresionante de la riqueza de aquellos príncipes tartesios es el Tesoro de la Aliseda, encontrado en La Aliseda, Cáceres. Se trata del ajuar funerario de una dama, probablemente una princesa, compuesto por 194 prendas de vestir, una diadema, pendientes, brazaletes, collares con amuletos y un cinturón. Artesanos tartesios trabajaron en la elaboración de las piezas de oro siguiendo las técnicas orientales de orfebrería. La dama llevaba ocho anillos con sellos fenicios de importación.
Pulsera del Tesoro de Aliseda.

En el entierro de aquella princesa se practicó un ritual para el que fue necesario el uso de un jarro de vidrio sirio con inscripciones jeroglíficas, vasos de plata, un plato, un espejo de bronce y ánforas fenicias. En la liturgia funeraria, el plato y el jarro se usaron para servir comida y bebida.
            Jarra de vidrio del Tesoro de Aliseda.

Las escenas que aparecen en el cinturón de oro del ajuar de Aliseda representan magníficamente el gusto de aquel estilo y aquella época: el grifo con las alas abiertas y el héroe combatiendo con un león.
Detalle del cinturón del Tesoro de Aliseda.

La tumba de Aliseda nos sorprende no solo por la riqueza y la calidad de su ajuar, sino también por encontrarse muy al Norte del río Guadiana, en el interior de Extremadura; signo inequívoco de que la cultura tartésica se difundió por una amplia zona septentrional, siguiendo la ruta del estaño. Los fenicios fundaron varias colonias comerciales en la costa portuguesa, en la desembocadura del Tajo y en la del Mondego (https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/colonizacion-fenicia-y-griega); su influencia llegó a estos territorios y se prolongó durante mucho tiempo. Los habitantes de la zona de Extremadura adquirieron los gustos y las costumbres que eran comunes en el Bajo Guadalquivir y la Ría de Huelva. En pocas palabras, todo el cuarto Suroccidental de la Península Ibérica caminaba a finales del Siglo VII a. C. hacia una uniformidad cultural que podríamos denominar Civilización Tartésica, uno de cuyos componentes más importantes era el orientalismo sirio-fenicio.
Es bastante probable que el deseo de controlar las ricas zonas agrícolas, las minas y las rutas comerciales, desencadenara guerras constantes entre los numerosos monarcas de aquella región, lo que propició la llegada de grupos armados procedentes de la Meseta para intervenir en los litigios. Esto puede ser algo más que una mera sospecha. Ejemplo de ello es que el único rey tartesio del que tenemos constancia documental, mitología aparte, tenía un nombre de origen indoeuropeo, concretamente celta: Argantonio. Es casi seguro que se trataba de un pseudónimo, que significaba "El de la Plata"; es decir, el rey que manejaba la plata. Podemos imaginar como estos grupos de guerreros procedentes de la Meseta acabaron instalándose en las prósperas zonas mineras del Sur, llegando en algunos casos a ocupar una posición dirigente en aquella sociedad que se había desarrollado con gran rapidez en los últimos dos siglos. Los navegantes focenses, que arribaban a las costas atlánticas a principios del Siglo VI a. C., encontraron comunidades que recibían el nombre de célticos; de la misma manera, el valle del río Guadalete estaba habitado por gentes de lengua celta.
El mundo tartésico evolucionó y se transformó a finales del Siglo VI a. C.; la pérdida de la independencia de Tiro y el resto de las ciudades fenicias como consecuencia de la invasión de los persas dejó paso al nuevo colonialismo de Cartago, mucho más agresivo y pendiente de la necesidad de reclutar mercenarios entre los habitantes de la Península Ibérica. El hierro sustituyó definitivamente al bronce en la fabricación de armas y una nueva época fue abriéndose camino. Los que fueron conocidos como tartesios serían llamados ahora turdetanos.